No había espacio para subirla más.
Michener le indicó a Zovastina que lo acompañara hasta el iconostasio, lejos del altar, donde dijo en un susurro:
– El Santo Padre está intentando acceder a su petición con la esperanza de que usted satisfaga la suya, pero, seamos realistas, usted no cumplirá su promesa.
– No estoy acostumbrada a que me insulten.
– Y el Santo Padre no está acostumbrado a que le mientan.
Por lo visto, el diplomático se había dejado de fingimientos.
– Tendrán acceso a la Federación, como les aseguré.
– Queremos más.
Ahora lo entendía: el nuncio había esperado a que la tapa estuviese retirada. Se odió a sí misma, pero por Karyn y por Alejandro Magno y por lo que pudiera haber en alguna parte no le quedaba elección.
– ¿Qué quieren?
Michener metió la mano en la chaqueta y sacó unos papeles doblados.
– Hemos redactado un concordato entre la Federación y la Iglesia, garantías por escrito de que se nos concederá ese acceso. De acuerdo con su petición de ayer, la Federación se reserva el derecho de aprobar la construcción de iglesias.
Ella desdobló el legajo y vio que el texto incluso estaba en kazajo.
– Creímos que sería más fácil redactarlo en su idioma.
– Creyeron que sería más fácil de difundir en mi idioma. Mi firma es su seguro. De ese modo no podré renegar de ustedes.
Zovastina echó una ojeada al concordato. El texto detallaba la colaboración entre la Iglesia católica y la Federación de Asia Central en un esfuerzo por «promover y alentar conjuntamente la libre práctica de la religión mediante la autorización sin cortapisas de la labor misionera». Había más párrafos, en los que se ratificaba que la violencia contra la Iglesia no sería tolerada y se castigaría a los transgresores. Cláusulas adicionales garantizaban que se extenderían visados a discreción al personal de la Iglesia y no se tomarían represalias contra los conversos.
Ella volvió la vista al altar. La mitad inferior del sarcófago seguía en la oscuridad. No veía el interior ni siquiera desde diez metros.
– Me gustaría tenerlo a usted en mi equipo -alabó.
– Me gusta servir a la Iglesia.
Zovastina consultó su reloj: la una menos diez. Viktor ya debería estar allí; nunca llegaba tarde, era tan formal… Observó la nave, deteniéndose en las zonas superiores del atrio occidental, donde sólo los techos dorados gozaban de iluminación. Había montones de lugares sombríos donde esconderse. Se preguntó si, cuando diera la una y le fueran concedidos sus treinta minutos, estaría realmente a solas.
– Si firmar el concordato le supone algún problema, podemos olvidarnos del asunto -dijo Michener.
Las palabras que había pronunciado ella misma el día anterior, cuando lo desafió.
Y entonces lo dejó en evidencia al preguntar:
– ¿Tiene un bolígrafo?
Malone divisó a unos cuatrocientos metros unas luces de navegación rojas que revoloteaban erráticamente en las negras aguas, como si la embarcación no tuviera piloto.
– ¿Ves eso de ahí? -le preguntó a Stephanie al tiempo que extendía un dedo.
Ella se encontraba al otro lado del timón.
– Es más allá del canal señalizado.
Eso mismo opinaba él. Continuó avanzando. Ahora estaban más cerca de la lancha a la deriva, tal vez a unos doscientos metros. Sin duda la otra motora, de forma y dimensiones similares a la suya, se aproximaba a los bajos. Entonces, con el resplandor del casco, vio caer a alguien al agua.
Luego surgió otra figura y en la noche resonaron tres disparos.
– Cotton -dijo Stephanie.
– Ya.
Viró a la izquierda y fue directo a las luces. La otra lancha cobró vida y se alejó. Malone hendió las aguas, levantando oleaje hacia la otra embarcación. El agua golpeaba el casco. Cuando Malone estaba todavía a quince metros, la otra lancha se cruzó con ellos. Al timón se vislumbró la vaga silueta del piloto, una arma en el extremo de un brazo extendido.
– ¡Abajo! -le gritó Malone a Stephanie.
Al parecer, ella también había visto el peligro y se había pegado a la mojada cubierta. Malone se agachó con ella cuando dos proyectiles pasaron rozando, uno de ellos haciendo añicos una ventana del camarote de popa.
Malone se levantó de un salto y recuperó el control del timón. La otra lancha se dirigía hacia Venecia a toda velocidad. Quería perseguirla, pero le preocupaba la persona que había caído al agua.
– Busca una linterna -pidió mientras aflojaba la marcha y maniobraba para aproximarse al punto en que habían visto la otra embarcación en un principio.
Stephanie entró en el camarote delantero y él la oyó rebuscar en los compartimentos. Al cabo, volvió con una linterna en la mano.
Malone puso el motor al ralentí, y Stephanie comenzó a barrer el canal con el haz de la linterna. A lo lejos oyó sirenas y vio que tres barcos con las luces de emergencia bordeaban la costa de una de las islas en dirección a Torcello.
Al parecer, era una noche ajetreada para la policía italiana.
– ¿Ves algo? -preguntó Malone-. Alguien ha caído al agua.
Y él debía ser cuidadoso para no pasarle por encima, lo cual sería difícil en medio de aquella negrura.
– ¡Ahí! -exclamó Stephanie.
Malone corrió a su lado y vio a una figura que forcejeaba. Sólo le llevó un segundo averiguar que se trataba de Cassiopeia. Antes de que pudiese reaccionar, Stephanie soltó la linterna y se arrojó al agua.
Malone regresó al timón y colocó la embarcación debidamente. Acto seguido volvió al otro lado de la cubierta justo cuando Stephanie y Cassiopeia se acercaban. Extendió la mano, agarró a esta última y la sacó del agua.
Depositó su cuerpo sin fuerzas en la cubierta. Su amiga estaba inconsciente.
Al hombro llevaba un arco y un carcaj con flechas. Una historia en sí misma, sin duda, pensó él. Puso a Cassiopeia de lado.
– Échalo todo.
Ella pareció no hacerle caso, y él le propinó unos golpes en la espalda.
– Tose.
Cassiopeia empezó a escupir agua, atragantándose cada vez que lo hacía, pero al menos respiraba.
Stephanie salió del agua.
– Está grogui, pero no la ha alcanzado ninguna bala.
– Es difícil disparar a oscuras desde una cubierta en movimiento.
Siguió dándole palmaditas en la espalda mientras sus pulmones expulsaban más agua. Parecía que Cassiopeia iba volviendo en sí.
– ¿Estás bien? -se interesó Malone.
Los ojos de ella parecieron enfocar nuevamente. Conocía esa mirada: Cassiopeia se había golpeado en la cabeza.
– ¿Cotton? -inquirió.
– Supongo que no tendría sentido preguntar por qué vas con un arco y unas flechas a cuestas, ¿eh?
Ella se frotó la cabeza.
– Ese pedazo de…
– ¿Quién era el tipo? -preguntó Stephanie.
– ¿Stephanie? ¿Qué estás haciendo aquí? -Cassiopeia alargó la mano y tocó la empapada ropa de su amiga-. ¿Tú me has sacado?
– Te lo debía.
A Malone sólo le habían contado parte de lo que había sucedido el pasado otoño en Washington mientras él se encontraba sitiado en el Sinaí, pero por lo visto las dos habían congeniado. Sin embargo, en ese instante sólo quería saber una cosa:
– ¿Cuántos muertos hay en el museo de Torcello?
Cassiopeia desoyó la pregunta y llevó la mano atrás, en busca de algo. De pronto sacó una Glock, a la que sacudió el agua y secó el cañón. Lo bueno de las Glock, Malone lo sabía por propia experiencia, era que las condenadas estaban hechas casi a prueba de agua.
Cassiopeia se levantó.
– Hemos de irnos.
– ¿El que iba en la lancha contigo era Viktor? -inquirió él, ahora irritado.
Pero Cassiopeia se había recuperado y sus ojos volvían a reflejar ira.