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Vio la mirada de perplejidad en el arrugado rostro de ella.

– ¿No quiere saber qué la está matando?

– ¿Acaso importa?

– Lo cierto es que podría, y mucho.

– Entonces, mi nuevo amigo, que ha venido a hacer sabe Dios qué, continúe, por favor.

Vincenti valoró su actitud.

– El VIH es especial porque puede sustituir el material genético de otra célula por el propio, por eso se le llama retrovirus. Se pega a la célula y la convierte en un duplicado suyo. Es un ladrón que le roba a otra célula su identidad. -Hizo una pausa para que la metáfora calara-. Doscientas mil células de VIH juntas apenas resultarían visibles al ojo humano. Es extremadamente resistente, casi indestructible, pero necesita una mezcla precisa de proteínas, sales, azúcares y, lo más importante, el pH exacto para vivir. Demasiado de uno, demasiado poco de otro y -chasqueó los dedos- muere.

– Me figuro que ahí es donde entro yo.

– Así es. Mamíferos de sangre caliente. Sus cuerpos son perfectos para el VIH. Tejido cerebral, líquido cerebroespinal, médula ósea, leche materna, células del cuello del útero, fluido seminal, membranas mucosas, secreciones vaginales: todo ello puede albergarlo. La sangre y la linfa, no obstante, son sus lugares preferidos. Al igual que usted, señorita Walde -observó-, el virus sólo quiere sobrevivir.

Miró el reloj de la mesilla. O'Conner y los otros dos hombres montaban guardia fuera. Había decidido mantener esa charla allí porque nadie los molestaría. Kamil Revin le había contado que los guardas de la casa cambiaban todas las semanas. Ninguno de los miembros del Batallón Sagrado desempeñaba ese cometido, de forma que, a menos que tocara cambio de turno, nadie prestaba mucha atención al lugar. Otra de las numerosas obsesiones de Zovastina.

– Ahora viene lo interesante -anunció Vincenti-. El VIH ni siquiera debería ser capaz de vivir en su interior; por su sangre corren demasiadas células defensivas. Sin embargo, ha adoptado una refinada forma de guerra de guerrillas microscópica y juega al escondite con sus glóbulos blancos. Ha aprendido a ocultarse en un sitio en el que éstos ni siquiera se plantearían mirar. -Dejó la frase en el aire un momento y añadió-: En los ganglios linfáticos, abultamientos del tamaño de un guisante diseminados por todo el cuerpo. Actúan de filtros, atrapando intrusos confiados para que los glóbulos blancos puedan destruirlos. Los ganglios son el cubil de su sistema inmunológico, el último lugar en el que debería esconderse un retrovirus, y sin embargo han resultado ser el escondrijo perfecto. Asombroso, la verdad. El VIH ha aprendido a duplicar el revestimiento proteínico que el sistema inmunológico produce de manera natural en el interior de los ganglios linfáticos. Así, inadvertido, en las mismísimas narices del sistema inmunológico, vive pacientemente transformando las células de los ganglios linfáticos de enemigos que combaten la infección en duplicados suyos. Lo hace durante años hasta que los ganglios se hinchan, se deterioran y el flujo sanguíneo se inunda de VIH, lo que explica por qué se tarda tanto en detectar el virus en la sangre una vez que se produce la infección.

En su cerebro bullía el pensamiento analítico del científico que fue durante muchos años. Ahora, sin embargo, era un empresario internacional, un manipulador, como Karyn Walde, que estaba a punto de protagonizar la mayor manipulación de todas.

– Y, ¿sabe lo que es más asombroso aún? -preguntó-. Cada réplica de una célula por parte del VIH es individual. Así que cuando los ganglios linfáticos se colapsan, en lugar de un invasor hay miles de millones de invasores distintos, un ejército de retrovirus diferentes corriendo libremente por su sangre. Su sistema inmunológico reacciona, como se supone que ha de hacer, pero se ve obligado a generar nuevos glóbulos blancos distintos para combatir cada tipo de virus. Lo cual es imposible. Y, por si eso no fuera poco, todas las variantes del retrovirus pueden destruir los glóbulos blancos. Las probabilidades son de miles de millones contra uno; los resultados, de todo menos inevitables: usted es la prueba viviente de ello.

– Seguro que no ha venido solamente a darme una clase de ciencia.

– He venido a ver si quería usted vivir.

– A menos que sea usted un ángel o el mismísimo Dios, eso es imposible.

– Ése es precisamente el quid. El VIH no es capaz de matar a nadie, pero sí lo deja a uno indefenso cuando otro virus, bacteria, hongo o parásito entra en el torrente sanguíneo en busca de un hogar: no hay bastantes glóbulos blancos para limpiar el torrente. De manera que la cuestión es: ¿qué infección le causará la muerte?

– ¿Y si se va a la mierda y me deja morir en paz?

Karyn Walde sin duda era una mujer amargada, pero hablar con ella le había hecho soñar. Se imaginaba dirigiéndose a la prensa, los periodistas pendientes de cada una de sus palabras, convirtiéndose de la noche a la mañana en una autoridad reconocida en el mundo entero. En su mente vio libros, derechos de películas, especiales en la televisión, charlas, premios. Con toda seguridad el Albert Lasker, la Medalla Nacional de la Ciencia, tal vez incluso el Nobel. ¿Por qué no?

Sin embargo, todo ello dependía de la decisión que estaba a punto de tomar.

Clavó la vista en aquel despojo humano; sólo sus ojos parecían vivos.

A continuación cogió la jeringa que colgaba del catéter.

– ¿Qué es eso? -se interesó ella al ver el líquido transparente que contenía la jeringuilla.

Él no contestó.

– ¿Qué está haciendo?

Vincenti presionó el émbolo y vació el contenido de la jeringa en el fluido intravenoso.

Ella intentó levantarse, pero el esfuerzo resultó inútil. Se desplomó en la cama, las pupilas desorbitadas. Vincenti vio cómo sus párpados se tornaban pesados y su respiración se ralentizaba. Su cuerpo se relajó, sus ojos se cerraron.

Y no volvieron a abrirse.

CINCUENTA Y DOS

Venecia

Zovastina se levantó y se encaró con el intruso. Era bajo, contrahecho, de pelo y cejas abundantes, y hablaba con una voz madura y quebradiza. Las arrugas, las mejillas chupadas, el cabello erizado y las manos venosas eran todos rasgos indicativos de la edad.

– ¿Quién es usted? -demandó ella.

– Henrik Thorvaldsen.

La ministra lo conocía: era uno de los hombres más ricos de Europa, danés. Pero ¿qué estaba haciendo allí?

Viktor reaccionó en el acto y levantó la pistola. Ella extendió una mano y lo contuvo, sus ojos diciendo: vamos a ver qué quiere.

– He oído hablar de usted.

– Y yo de usted. De burócrata soviética a forjadora de naciones. Todo un logro.

Zovastina no estaba de humor para cumplidos.

– ¿Qué está haciendo aquí?

Thorvaldsen se acercó a la caja de madera.

– ¿De verdad pensaba que Alejandro Magno se encontraba ahí?

El tipo sabía de qué iba aquello.

– «Y tú, aventurero, ya que mi voz inmortal, aunque lejana, inunda tus oídos, escucha mis palabras. Navega hasta la capital que fundó el padre de Alejandro, donde los sabios montan guardia. Toca lo más íntimo de la ilusión dorada. Divide el fénix. La vida proporciona la medida de la verdadera tumba. Pero sé cauteloso, pues sólo dispondrás de una oportunidad.»

Zovastina hizo un esfuerzo por disimular su sorpresa al oír el recitado del danés.

Sin duda sabía de qué iba aquello.

– ¿Cree que es la única que está al tanto? -le preguntó él-. ¿Tan presuntuosa es?

Ella agarró la pistola de Viktor y apuntó a Thorvaldsen. -Lo bastante para matarlo.

Malone estaba preocupado. Él y Cassiopeia se encontraban quince metros más arriba y a una distancia de tres cuartas partes de un campo de fútbol de donde Thorvaldsen desafiaba a Irina Zovas

tina mientras Viktor miraba. Michener los había introducido en la basílica por el atrio oeste y acompañado hasta una empinada escalera. En lo alto, los muros, los arcos y las cúpulas reflejaban la arquitectura de debajo, pero en lugar de una imponente fachada de mármol y mosaicos centelleantes, el museo y la tienda de regalos de la parte superior de la basílica sólo estaban revestidos de paredes de ladrillo.