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– De eso estoy segura. Yo también. Pero antes hay cosas que debo acabar.

– Mi tiempo en el Consejo acabará pronto. Por tanto, tendrás que tratar con otros. Quizá no sea tan cómodo.

– Disfruto mucho tratando contigo, Enrico. Nos entendemos muy bien.

– Tenemos que hablar.

– Pronto. Primero, tenemos otro problema que tratar. Los norteamericanos.

– No te preocupes. Había planeado encargarme de ello hoy mismo.

Davis apagó el dispositivo.

– Vincenti se ocupó del problema. Mató a uno de nuestros agentes. Encontramos su cadáver junto al de otro hombre, el mismo que intentó asesinarla.

– ¿Y permitieron que muriera estando al corriente de esa conversación?

– Lamentablemente, no tuvimos esta grabación hasta después de su desaparición.

No le gustaba el modo en que sus ojos iban de la grabadora a ella misma, al tiempo que una extraña inquietud acompañaba su creciente ira.

– Aparentemente, usted y Vincenti estaban embarcados en una aventura en la que eran aliados. Estoy aquí, como amigo, insisto, para decirle que él pretende cambiar ese trato. Eso es lo que creemos. Vincenti la necesita fuera del poder. Con Karyn Walde puede avergonzarla, o como mínimo causarle enormes problemas políticos. La homosexualidad no es aceptada aquí. Los fundamentalistas religiosos, a los que ha mantenido a raya, tendrían finalmente munición para volver a la carga. Tendría problemas tan graves que ni siquiera sus gérmenes podrían solucionarlos.

No había considerado esa posibilidad, pero lo que los norteamericanos decían tenía sentido. ¿Por qué, si no, querría llevarse Vincenti a Karyn? Pero aún había algo que mencionar.

– Como ha dicho, se está muriendo de sida; de hecho, quizá ya esté muerta.

– Vincenti no es idiota. Tal vez crea que una declaración en el lecho de muerte podría tener más relevancia. Usted tendría un montón de preguntas que responder: sobre esa casa, sobre por qué estaba aquí, sobre la enfermera… Me han dicho que sabe cosas, ella y muchos de su Batallón Sagrado, quienes vigilaban la casa. Vincenti también tiene a la enfermera. Eso es mucha gente a la que controlar.

– Esto no es Estados Unidos. Se puede controlar la televisión.

– Pero ¿puede controlarse el fundamentalismo? Y si a eso añadimos el hecho de que tiene un montón de enemigos a quienes les gustaría ocupar su lugar… Creo que precisamente ese hombre al que acabamos de dejar entra en esa categoría. Por cierto, se encontró con Vincenti anoche; lo recogió en el aeropuerto y lo llevó a la ciudad.

Ese hombre estaba muy bien informado.

– Ministra, no queremos que Vincenti tenga éxito, sea lo que sea lo que está planeando. Ésa es la razón por la que estoy aquí, para ofrecerle nuestra ayuda. Conocemos su viaje a Venecia y que Cassiopeia Vitt ha regresado con usted. Como digo, ella no es un problema. De hecho, sabe bastante acerca de lo que estaba usted buscando en Venecia. Hay algo que usted pasó por alto.

– Dígame qué es.

– Si lo supiera, lo haría. Tendría que preguntarle a Vitt. Ella y sus colegas, Henrik Thorvaldsen y Cotton Malone, saben algunas cosas respecto a algo llamado el enigma de Ptolomeo y sobre unos objetos conocidos como medallones. -Davis alzó las manos en un gesto que parodiaba una rendición-. No lo sabemos ni nos importa; es asunto suyo. Todo cuanto sé es que había algo que usted buscaba en Venecia y que por lo visto no encontró. Si ya lo sabía, le pido disculpas por hacerla perder el tiempo. Pero el presidente Daniels quería que lo supiera; como la Liga Veneciana, él también se preocupa por sus amigos.

Suficiente. Ese hombre necesitaba que lo pusieran en su sitio.

– Debe de tomarme por una idiota.

Intercambiaron unas miradas en silencio.

– Dígale a su presidente que no necesito su ayuda -declaró finalmente Zovastina.

Davis pareció ofendido.

– Si yo fuera usted -añadió ella-, abandonaría la Federación tan rápidamente como ha venido.

– ¿Es eso una amenaza, ministra?

Ella negó con la cabeza.

– Sólo un comentario.

– Extraño modo de hablarle a un amigo.

La ministra se mantuvo firme.

– Usted no es mi amigo.

La puerta se cerró tras Edwin Davis, que acababa de salir de la estancia. La mente de Irina Zovastina se agitaba con una habilidad que siempre había sabido canalizar cuando se presentaba el momento oportuno.

Kamil Revin volvió a entrar y se acercó a su escritorio. Ella examinó a su ministro de Asuntos Exteriores. Vincenti se creía muy listo, se las daba de ser un buen espía. Pero ese asiático de educación rusa, que decía ser un musulmán pero que nunca había pisado una mezquita, había actuado como el perfecto emisario de la desinformación. Lo había hecho salir de la reunión porque así no podría repetir lo que no sabía.

– Olvidaste mencionar que Vincenti estaba en la Federación -dijo ella.

Revin asintió.

– Llegó anoche, por negocios. Está en el Intercontinental, como siempre.

– Está en su finca, en las montañas.

Pudo percibir la sorpresa en la mirada del joven. ¿Era sincera o tal vez una buena actuación? Era difícil decirlo. Pero él parecía sentir sus sospechas.

– Ministra, he sido su aliado. He mentido por usted. Le he entregado a sus enemigos. He vigilado durante años a Vincenti y he actuado fielmente siguiendo sus órdenes.

Zovastina no tenía tiempo para discutir.

– Entonces, demuéstrame tu lealtad. Tengo una misión especial que sólo tú puedes llevar a cabo.

SESNTA Y NUEVE

A Stephanie le gustaba ver a Henrik Thorvaldsen totalmente exhausto. Habían volado desde Aviano en dos F-16, ella en uno y Thorvaldsen en otro. Habían seguido a Malone y a Edwin Davis, que ya habían aterrizado en Samarcanda, mientras que ella y Thorvaldsen habían seguido en dirección este y aterrizado en Kashgar, justo en la frontera de la Federación con China. A Thorvaldsen no le gustaba volar. Era un mal necesario, según había dicho antes de despegar. Pero un vuelo en un avión supersónico no era un vuelo ordinario. Había ocupado la posición tras el piloto, donde habitualmente se sentaba el supervisor del armamento. Excitante y terrorífico, los giros y las piruetas a más de 2.000 km/h la habían mantenido en tensión durante las dos horas que había durado el vuelo.

– No puedo creer que haya hecho esto -decía Thorvaldsen.

Ella reparó en que todavía estaba temblando. Un coche los esperaba en el aeropuerto de Kashgar. El gobierno chino había cooperado plenamente en todo lo que Daniels les había pedido. Por lo visto, estaban bastante preocupados por su vecino y deseaban colaborar con Washington para descubrir si sus miedos eran reales o imaginarios.

– No ha sido tan malo -dijo Stephanie.

– Una cosa que no he de olvidar: nunca, jamás, no importa lo que digan, he de volver a volar en una de esas cosas.

Ella sonrió. Estaban conduciendo a través de la cordillera del Pamir, ya en territorio de la Federación: la frontera era poco más que un cartel de bienvenida. Habían ido ascendiendo, pasando a través de una sucesión de colinas rocosas y valles igualmente rocosos. Ella sabía que pamir era el nombre de este tipo particular de valle, lugares donde el invierno era largo y la lluvia, escasa. Abundaban las extensiones de matorral y maleza, pino enano y pedazos dispersos de pasto. La mayor parte de la zona estaba deshabitada, pueblos aquí y allá y alguna yurta ocasional, lo que claramente distinguía el escenario de los Alpes o los Pirineos, donde ella y Thorvaldsen habían estado juntos tiempo atrás.

– Había leído algo sobre esta zona -dijo ella-, pero nunca había estado aquí. Es increíble.

– Ely amaba el Pamir. Hablaba de él de un modo casi religioso, y ahora comprendo por qué.

– ¿Lo conocías bien?

– Oh, sí. Conocía a sus padres. Él y mi hijo eran amigos. Prácticamente vivía en Christiangarde cuando él y Cal eran niños.

Thorvaldsen, sentado en el asiento del copiloto, parecía inquieto, y no a causa del vuelo. Ella sabía la razón.

– Cotton cuidará de Cassiopeia.

– No sé si Zovastina tiene a Ely. -Thorvaldsen pareció súbitamente resignado-. Viktor tiene razón: probablemente esté muerto.

La carretera se suavizaba mientras avanzaban entre las montañas en dirección a otro valle. El aire era sorprendentemente cálido, y ya no había nieve en los picos más bajos. Sin duda, la Federación de Asia Central había sido bendecida por la naturaleza, pero ella leía los informes de la CIA. La Federación había convertido el área en un objetivo para generar desarrollo económico. Electricidad, teléfono, agua y servicios de saneamiento se estaban implantando; también se estaban mejorando las carreteras. Ésa daba la impresión de ser un buen ejemplo; el asfalto parecía nuevo.

La vela con la tira de oro todavía enrollada estaba depositada en un contenedor de acero inoxidable en el asiento trasero. Un escitalo actualizado que mostraba una única palabra en griego clásico: KAIMAE. ¿Adónde conducía? No tenían ni idea, pero quizá hubiera algo en el retiro de las montañas de Ely Lund que podría ayudar a explicar su significado. Ambos viajaban armados. Dos nueve milímetros y sus respectivas municiones, cortesía del ejército norteamericano que los chinos habían permitido.

– El plan de Malone debería funcionar -dijo Stephanie.

Pero estaba de acuerdo con Cotton. Los agentes infiltrados, como Viktor, no eran de fiar. Prefería, con diferencia, un agente ordinario, alguien que se preocupaba de su jubilación.

– Malone está preocupado por Cassiopeia -repuso Thorvaldsen-. No lo admitirá, pero se preocupa. Lo veo en sus ojos.

– Pude ver el dolor en su rostro cuando le dijiste que está enferma.

– Ésa es una de las razones por las que creo que ella y Ely se relacionaron. Sus penurias, de algún modo, también formaban parte de su atracción.

Dejaron atrás otros dos pueblos aislados y siguieron conduciendo hacia el oeste. Finalmente, tal como Cassiopeia le había dicho a Thorvaldsen, la carretera se bifurcaba; tomaron el ramal que conducía al norte. Diez kilómetros después, el paisaje se fue haciendo más boscoso. Enfrente, junto a un sendero de tierra que desaparecía entre los oscuros bosques, divisaron un poste clavado en el suelo. Pendiendo de él había un pequeño cartel en el que se leía «Soma».

– Ely bautizó este lugar con propiedad -dijo ella-. Como la tumba de Alejandro en Egipto.

Tomó el desvío y el coche traqueteó y se balanceó al entrar en el rudo camino. La calzada ascendía unos cuatrocientos metros entre los árboles y acababa en una cabaña de una sola planta. Un porche cubierto protegía la puerta delantera.

– Parece una cabaña del norte de Dinamarca -comentó Thorvaldsen-. No me sorprende. Estoy seguro de que para él era algo así como su hogar.

Aparcó y salieron al cálido atardecer. Los bosques a su alrededor se extendían en silencio. Entre los árboles, al norte, se veían más montañas. Una águila volaba por encima de sus cabezas.

La puerta delantera de la cabaña se abrió y ambos se volvieron.

Un hombre salió.

Era alto y atractivo, de pelo rubio y ondulado; llevaba vaqueros, una camisa por fuera y unas botas. Thorvaldsen lo contempló, rígido, pero sus ojos se suavizaron al instante; el danés había adivinado fácilmente la identidad del hombre.

Ely Lund.