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Malone esperaba en la caballeriza. Viktor lo había introducido en el palacio en el interior del maletero de un coche. Nadie había registrado ni hecho ninguna pregunta al jefe de la guardia. Una vez que el coche estuvo aparcado en el garaje había salido sigilosamente y Viktor le había proporcionado las credenciales de palacio. Sólo Zovastina podía reconocerlo; eso, unido al hecho de que Viktor lo escoltara, permitió que llegaran sin dificultades a los establos, un lugar seguro para esperar, según él.

A Malone no le gustaba esa situación. Cassiopeia y él estaban a merced de un hombre del que no sabían nada, por mucho que Edwin Davis asegurara que Viktor no había traicionado su confianza hasta el momento. Sólo esperaba que Davis pudiera confundir lo bastante a Zovastina como para proporcionarles algo de tiempo. Todavía llevaba su arma y había esperado pacientemente durante la última hora. En el exterior no se oía nada.

Los establos eran imponentes, como correspondía a la ministra de la gran Federación. Había contado cuarenta caballerizas cuando Viktor lo había llevado hasta allí. La cuadra estaba equipada con diversas sillas de excelente calidad y otros accesorios exquisitos. Malone no era un jinete experto, pero sabía cómo manejar un caballo. La única ventana de la habitación se abría a la parte trasera del establo; no se veía nada.

Ya era suficiente. Había llegado el momento de actuar.

Desenfundó el arma y abrió la puerta.

Nadie a la vista.

Giró a la izquierda y se dirigió a la puerta de los establos, que estaba abierta, al fondo, avanzando entre caballerizas que albergaban impresionantes ejemplares.

Más allá de las puertas divisó a un jinete que galopaba directamente hacia los establos. Retrocedió, pegándose a la pared, y fue aproximándose a la salida con el arma en ristre. El jinete dio el alto, el animal se detuvo y Malone pudo oírlo resoplar, exhausto tras el galope.

El jinete saltó de la silla.

Sus pies tocaron el suelo.

Estaba listo. Un hombre entró a toda velocidad en el recinto; entonces, se detuvo de manera brusca y se volvió. Viktor.

– No sigue usted demasiado bien las instrucciones. Le dije que se quedara en las caballerizas.

Malone bajó el arma.

– Necesitaba un poco de aire.

– Ordené que despejaran este lugar, pero aun así podría haber venido alguien.

No estaba de humor para aguantar un sermón.

– ¿Qué está pasando?

– Es Vitt. Tiene problemas.

SETENTA Y UNO

Stephanie observó cómo Thorvaldsen abrazaba cálidamente a Ely Lund, como un padre que ha encontrado a un hijo perdido.

– Es estupendo verte -dijo Thorvaldsen-, pensé que te habías ido para siempre.

– ¿Qué demonios estás haciendo aquí? -preguntó Ely, sorprendido.

Thorvaldsen pareció recuperar la compostura y le presentó a Stephanie.

– Ely -dijo ella-, somos algo así como una momia egipcia: el tiempo se nos acaba. Han pasado muchas cosas. ¿Podemos hablar?

Los condujo al interior de la cabaña. Ésta era sencilla, apenas amueblada, pero estaba llena de libros, periódicos y papeles amontonados. Stephanie reparó en que no había ningún aparato eléctrico.

– No tengo electricidad -explicó Ely-. Cocino con gas y me caliento con el fuego de la chimenea. Pero hay agua potable y mucha intimidad.

– ¿Cómo llegaste aquí? -preguntó Thorvaldsen-. ¿Eres prisionero de Zovastina?

Una mirada de desconcierto asomó al rostro del joven.

– No, en absoluto. Ella me salvó la vida. Ha estado protegiéndome.

Escucharon a Ely, quien les explicó cómo un hombre había irrumpido en su casa de Samarcanda y lo había amenazado con un arma. Pero antes de que ocurriera nada, otro hombre lo había salvado matando al primero. Luego, incendiaron la casa con su atacante dentro y lo llevaron ante Zovastina, quien le explicó que sus enemigos políticos lo habían señalado como objetivo. A continuación lo condujeron en secreto a esa cabaña, donde había pasado los últimos meses. Sólo un único guardia, que vivía en el pueblo, pasaba por allí un par de veces al día para llevarle provisiones y comprobar que todo estaba en orden.

– El guardia tiene un teléfono móvil -dijo Ely-. Así es como nos comunicamos Zovastina y yo.

Stephanie necesitaba saber.

– ¿Le has hablado del enigma de Ptolomeo, de los medallones y de la tumba perdida de Alejandro Magno?

Ely sonrió.

– A la ministra le encanta hablar de ello. La Ilíada es su pasión. Bueno, todo lo griego en general. Me hizo muchas preguntas. Todavía me las hace, casi a diario. Y sí, le hablé de los medallones y de la tumba perdida.

Ella comprendió que Ely no tenía ni idea de lo que estaba ocurriendo y del peligro que todos, incluido él, corrían.

– Zovastina tiene prisionera a Cassiopeia. Su vida puede estar en peligro.

Stephanie vio que la confianza lo abandonaba.

– ¿Cassiopeia está aquí? ¿En la Federación? ¿Por qué querría hacerle daño la ministra?

– Ely -intervino Thorvaldsen-, digamos que Zovastina no es tu salvadora, sino más bien tu carcelera; aunque ha construido tu prisión de un modo muy inteligente, por lo que estás preso sin que ni siquiera te des cuenta.

– No sabes cuántas veces he querido llamar a Cassiopeia, pero la ministra dijo que necesitábamos mantener el secreto. Podía poner a otros en apuros, incluida Cassiopeia, si los involucraba. Me aseguró que todo esto acabaría muy pronto y que podría llamar a quien quisiera y volver a mi vida.

Stephanie decidió ir al grano.

– Resolvimos el enigma de Ptolomeo. Encontramos un escitalo que contenía una palabra. -Le entregó un pedazo de papel en el que se leía RAIMAS-. ¿Puedes traducirlo?

– Klimax. «Cima» en griego clásico.

– ¿Qué significado podría tener? -preguntó ella.

Ely pareció deshacerse de cualquier especulación.

– ¿En el contexto del acertijo?

– Supuestamente es el lugar donde está situada la tumba. «Toca lo más íntimo de la ilusión dorada. Divide el fénix. La vida proporciona la medida de la verdadera tumba.» Hicimos todo eso y -señaló el papel- esto fue lo que encontramos.

Ely pareció captar la enormidad del asunto. Se acercó a una de las mesas y cogió un libro de una de las estanterías. Lo hojeó, encontró lo que buscaba y luego lo dejó sobre la mesa. Stephanie y Thorvaldsen se acercaron y vieron un mapa bajo la leyenda «Conquistas de Alejandro en Bactriana».

– Alejandro avanzó hacia el este y conquistó lo que actualmente es Afganistán y la Federación, lo que en sus días fue Turkmenistán, Tayikistán y Kirguistán. Nunca llegó a cruzar el Pamir, hacia China. En vez de eso, se dirigió al sur, hacia la India, donde sus conquistas acabaron cuando su ejército se amotinó. -Ely señaló el mapa-. Esta área, entre los ríos Yaxartes y Oxus, fue conquistada por Alejandro en el año 330 a. J.C. Al sur estaba Bactriana; al norte, Escitia.

Stephanie encajó inmediatamente todas las piezas.

– Aquí fue donde Alejandro conoció la medicina de los escitas -señaló.

Ely parecía impresionado.

– Exacto. Samarcanda existía ya entonces, en la región llamada Sogdiana, aunque la ciudad se llamaba Maracanda. Alejandro estableció allí una de sus muchas Alejandrías y la llamó Alejandría Escate, la más lejana. Era la ciudad más oriental de su imperio, y una de las últimas que fundó.