– Adelante -dijo ella.
Sacó un mando plateado con tres botones.
– A esas habitaciones se accede desde determinadas puertas de esta casa. Pero a la habitación del sótano sólo se llega desde aquí. -Accionó el dispositivo-. Uno de estos botones abre todas las puertas en caso de incendio. El otro actúa como alarma. El tercero… -señaló al otro lado de la estancia y pulsó- abre esto.
Un vistoso gabinete de estilo chino giró sobre sí mismo, revelando un pasadizo apenas iluminado.
La ministra se sintió llena de la calidez de la victoria.
Se acercó a uno de sus soldados de infantería y desenfundó su Makarov de nueve milímetros.
Luego se volvió y disparó a O'Conner en la cabeza.
– No necesito lealtades perecederas.
Las cosas no iban bien, y Vincenti lo sabía. Pero si se quedaba quieto, mantenía la calma y tenía cuidado, eso podría jugar a su favor. O'Conner sabría manejar el asunto, como siempre. Pero Karyn Walde y Grant Lyndsey eran otro cantar.
Karyn andaba de un lado a otro del laboratorio, como un animal enjaulado; sus fuerzas parecían haber regresado, alimentadas por la ansiedad.
– Debe relajarse -dijo él-. Zovastina me necesita. No va a hacer ninguna estupidez.
Sabía que sus antígenos la mantendrían a raya, lo que era la razón por la que, precisamente, no había permitido que ella supiera mucho al respecto.
– Grant, asegura tu ordenador. Protégelo todo con contraseña, tal como convinimos.
Vincenti se daba cuenta de que Lyndsey estaba incluso más ansioso que Karyn, pero mientras ella parecía estar nutriéndose de la ira, él estaba atenazado por el miedo. Necesitaba que ese hombre pensara con claridad, así que dijo:
– Estaremos bien aquí. No te preocupes.
– Ella ha desconfiado de mí desde el principio. Odiaba tener que tratar conmigo.
– Puede que te odie, pero te necesita, todavía te necesita. Utiliza eso a tu favor.
Lyndsey no lo escuchaba. Estaba inclinado sobre el teclado, murmurando entre dientes, aterrado.
– Pero ¿queréis calmaros? -dijo, alzando la voz-. Ni siquiera sabemos si está aquí.
Lyndsey levantó la mirada del ordenador y la dirigió hacia él.
– Ya ha pasado mucho tiempo. ¿Qué están haciendo esas tropas aquí? ¿Qué demonios está pasando?
Eran buenas preguntas, pero Vincenti debía confiar en O'Conner.
– La mujer que se llevó del laboratorio el otro día… -dijo Lyndsey-, estoy seguro de que nunca volvió a la Federación. Lo vi en sus ojos. Zovastina iba a matarla. Por diversión. Está dispuesta a matar a millones de personas. ¿Qué somos para ella?
– Su salvación -declaró Vincenti.
O, al menos, eso esperaba.
Stephanie salió de la autopista y se desvió por una calzada flanqueada por grandes álamos, alineados a lo largo del vial como si de centinelas se tratara. Habían hecho un buen tiempo, recorriendo los ciento cincuenta kilómetros en menos de dos horas. Ely había comentado durante el trayecto cómo viajar había cambiado mucho en los últimos años, pues la construcción de carreteras y túneles se había convertido en una prioridad para la Federación. Así, se había abierto una nueva red viaria a través de las montañas, que había disminuido considerablemente las distancias de norte a sur.
– Este lugar está distinto -dijo Ely desde el asiento trasero-. Hace dos años estuve aquí. Esta carretera era de piedra y grava.
– Este asfalto es reciente -señaló ella.
La fértil tierra del valle, salpicada de pastos, se extendía bajo los árboles y acababa en una serie de desnudas colinas que rápidamente se convertían en riscos y luego en montañas. Divisó a algunos pastores guiando sus rebaños de corderos y cabras. Los caballos cabalgaban libremente. La carretera avanzaba, recta, bajo los árboles, llevándolos al este, hacia una galería distante de laderas plateadas.
– Vinimos aquí en una misión de exploración -explicó Ely-. Hay muchos chids, las casas típicas del Pamir, construidas con piedra y yeso, de tejado plano. Nos alojamos en una de ellas. Había un pequeño pueblo cerca de aquí, en ese valle, pero ya no está.
No habían sabido nada más de Malone, así que Stephanie intentó no sacar conclusiones y, simplemente, alcanzarlo. No tenía ni idea de cuál era su situación; sólo sabía que se las había ingeniado para liberar a Cassiopeia y comprometer a Viktor. Edwin Davis y el presidente Daniels no estarían muy contentos, pero las cosas raramente salían como se planeaban.
– ¿Por qué está todo tan verde? -preguntó Henrik-. Siempre pensé que esta zona era seca y abrupta.
– La mayoría de los valles lo son, pero donde hay agua el paisaje es bastante bonito. Como un pedazo de Suiza. Hemos padecido sequía últimamente y temperaturas cálidas. Es bastante habitual en la zona.
Delante de ellos, en una posición elevada, más allá de la delgada línea de los árboles, divisó una imponente estructura de piedra asentada sobre un promontorio, tras el que se erigían los picos, desprovistos de nieve, de las montañas. La casa se alzaba airosa, coronada por empinados tejados de pizarra negra; su exterior era un mosaico de piedra lisa en varios tonos de marrón, plata y oro. Diversas ventanas con parteluces se repartían simétricamente, rompiendo la uniformidad de la elegante fachada; cada una de ellas estaba enmarcada por gruesas cornisas, y reflejaban los rayos de sol del atardecer. Tres pisos. Cuatro chimeneas de piedra. Andamiajes en uno de los lados. Todo el conjunto le recordaba a una de las muchas mansiones que se podían ver en el norte de Atlanta, o a alguna de las que aparecían en el Architectural Digest.
– Eso sí que es una casa -dijo ella.
– Pues no estaba aquí hace dos años -apuntó Ely.
Thorvaldsen miró a través del parabrisas.
– Por lo que parece, su propietario es un hombre de posibles.
La morada se erguía unos ochocientos metros más allá, sobre un verde valle que se elevaba directamente hacia el promontorio. Enfrente, una puerta de hierro cerraba el camino. Dos pilares de piedra, como minaretes, sostenían un arco de hierro forjado en el que se leía la palabra «Attico».
– Ático, en italiano -dijo Thorvaldsen-. Parece que el nuevo propietario está al corriente de la denominación local.
– Aquí, los nombres de los lugares son sagrados -explicó Ely-. Ésa es una de las razones por las que los asiáticos odiaban a los soviéticos. Los cambiaron todos. Por supuesto, se restauraron cuando la Federación se creó. Otro motivo por el cual Zovastina es tan popular.
Stephanie buscó algún modo de contactar con la casa, un interruptor o un portero automático, pero no vio nada. No obstante, de detrás de los minaretes salieron dos hombres. Jóvenes, delgados, vestidos con ropa de camuflaje y armados con rifles AK-74. Uno los apuntó con el arma mientras el otro abría la puerta.
– Interesante bienvenida -dijo Thorvaldsen.
Uno de los hombres se acercó al coche e hizo una señal, gritando algo en una lengua que Stephanie no entendía.
Aunque no era necesario entenderlo.
Sabía exactamente lo que quería.
Zovastina entró en el pasadizo. Había cogido el mando de la mano yerta de O'Conner y lo había usado para cerrar el portal. Una hilera de bombillas conectadas por cables colgaban a intervalos dentro de armazones de metal. El estrecho corredor acababa diez metros más adelante, ante una puerta metálica.
Se acercó a ella y escuchó. No se oía nada. Probó con el pestillo. Se abrió.
Al otro lado, una escalera de piedra excavada en la roca descendía abruptamente. Impresionante. Su oponente, ciertamente, había sido previsor.
Vincenti consultó su reloj. A esas alturas ya debería haber sabido algo de O'Conner. El teléfono que colgaba en la pared proporcionaba línea directa con el piso de arriba. Había resistido la tentación de llamar para no revelarse; había permanecido escondido durante casi tres horas y estaba hambriento, aunque sus entrañas rugían más a causa de la ansiedad que del hambre.