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El hombre estaba paralizado, con la mirada fija en el arma. Zovastina hizo un gesto y uno de los soldados empujó a Lyndsey hacia ella. El hombre trastabilló y cayó al suelo, intentó ponerse de pie pero ella se lo impidió justo cuando estaba de rodillas, acercando el cañón del AK-74 a su nariz.

– Dime exactamente qué está pasando aquí. Contaré hasta tres. Uno…

Silencio.

– Dos…

Más silencio.

– Tres…

El mal presagio de Malone empeoraba por momentos. Todavía se encontraban a unos tres kilómetros de la mansión, usando las montañas como resguardo, y aún no se veían signos de actividad ni dentro ni fuera de la casa. Sin duda, la finca que estaba allí abajo costaba decenas de millones de dólares. Y estaba en una región del mundo donde sencillamente no había tanta gente que pudiera permitirse tales lujos, exceptuando, quizá, a la propia ministra Zovastina.

– Hemos de examinar este lugar -dijo.

Volvió a fijarse en el sendero que ascendía por la inhóspita montaña y en el conducto a ras de suelo. El calor del atardecer danzaba en oleadas a lo largo de la vertiente de roca. Volvió a pensar en el enigma de Ptolomeo: «Asciende por las paredes que esculpieron los dioses. Cuando alcances la cima, contempla el ojo ambarino y atrévete a hallar el refugio remoto.»Paredes esculpidas por los dioses.

Montañas…

Malone decidió que no podían seguir sobrevolando la zona.

Así que se despojó del auricular y cogió su teléfono.

Stephanie contempló al hombre que estaba de rodillas en el suelo, gimiendo, mientras Zovastina contaba hasta tres.

– Por favor, Dios mío -dijo-. No me mate.

El arma todavía apuntaba hacia él.

– Dime lo que quiero saber -le ordenó Zovastina.

– Vincenti tenía razón. Lo que dijo en el laboratorio… Viven en una montaña, allí atrás, siguiendo el camino, en un estanque verde. Hay electricidad, luces. Las encontró hace mucho tiempo. -Hablaba de prisa, con las palabras agolpándose en una confesión frenética-. Me lo contó todo. Yo lo ayudé a modificarlas. Conozco su trabajo.

– ¿Qué son? -preguntó ella tranquilamente.

– Bacterias. Arqueas. Una forma única de vida.

Stephanie percibió un cambio de tono en su voz, como si el hombre sintiera que había encontrado un nuevo aliado.

– Devoran a los virus. Los destruyen, pero no dañan al organismo. Por eso hicimos todos esos ensayos clínicos, para ver cómo reaccionaban con sus virus.

La ministra parecía estar considerando lo que oía. Stephanie captó la referencia a Vincenti y se preguntó si la casa pertenecería a él.

– Lyndsey -dijo Zovastina-, estás diciendo tonterías. No tengo tiempo…

– Vincenti le mintió acerca de los antígenos.

Eso le interesaba.

– Usted creyó que había uno para cada zoonosis. -Lyndsey negó con la cabeza-. No es así. Sólo hay uno. -Señaló el lado opuesto de la habitación, hacia las ventanas, hacia la parte trasera de la casa-. Ahí atrás. Las bacterias están en el estanque verde. Eran los antígenos para todos los virus que encontramos. Le mintió. Le hizo creer que había muchas variedades, pero no es así. Sólo hay una.

Zovastina presionó el cañón de su arma contra la cara de Lyndsey.

– Si Vincenti me mintió, entonces tú hiciste lo mismo.

El teléfono móvil de Stephanie sonó en su bolsillo.

Zovastina alzó la vista.

– El señor Malone, finalmente -dijo, y con el arma le indicó lo que debía hacer-. Conteste.

Stephanie vaciló.

Entonces, Zovastina apuntó con el rifle a Thorvaldsen.

– Él no me sirve de nada, salvo para que responda.

Stephanie cogió el teléfono. Zovastina se acercó y escuchó.

– ¿Dónde estás?

Zovastina asintió con la cabeza.

– Aún no hemos llegado -respondió Stephanie.

– ¿Cuánto os falta?

– Una media hora. Está más lejos de lo que creía.

Zovastina asintió, aprobando la mentira.

– Pues nosotros estamos aquí -dijo Malone-, contemplando una de las casas más condenadamente grandes que he visto jamás, en especial, en medio de la nada. El lugar parece desierto. Hay un camino empedrado, quizá a un kilómetro y medio, que conduce a la cima. Estamos en el aire, a unos tres kilómetros del edificio. ¿Puede darnos Ely algo más de información? Hay un camino que conduce a la cima de la montaña, hacia una grieta. ¿Deberíamos investigarlo?

– Déjame preguntar.

Zovastina asintió de nuevo.

– Dice que es una buena idea -mintió Stephanie.

– Le echaremos una ojeada. Llámame cuando lleguéis.

Stephanie colgó el teléfono y Zovastina se lo arrebató de las manos.

– Bien, ahora veremos cuánto saben realmente Cotton Malone y Cassiopeia Vitt.

OCHENTA Y TRES

Cassiopeia encontró tres armas en el armario. Conocía la marca: Makarov, un poco más corta y contundente que la habitual Beretta, pero sin duda una arma bastante buena.

El helicóptero empezó a descender y a través de las ventanas vio que estaban bajando rápidamente, cada vez más cerca del suelo. Malone había hablado con Stephanie por teléfono. Por lo visto, aún no estaban allí. Quería ver a Ely, para asegurarse de que estaba bien. Le había llorado, aunque no plenamente, siempre albergando dudas, siempre esperando. Pero eso ya se había acabado. Había tenido razón al continuar con la búsqueda de los medallones. Razón al apuntar hacia Zovastina. Razón al matar a los hombres de Venecia. E incluso si hubiera estado equivocada sobre Viktor, no sentía el menor remordimiento por su compañero. Zovastina, y no ella, había empezado la batalla.

El helicóptero tocó el suelo y las turbinas se apagaron. El rugido del motor fue sustituido por un escalofriante silencio. Abrió la puerta del compartimento trasero. Malone y Viktor la vieron salir. El atardecer era seco, el sol agradable, el aire cálido. Miró su reloj: las tres y veinticinco. Había sido un día muy largo, y no veía el final. Sólo había dormido un par de horas en el vuelo desde Venecia, con Zovastina, pero había sido un sueño inquieto.

Entregó un arma a cada hombre.

Malone tiró su otra pistola en el helicóptero y sujetó el arma al cinto. Viktor lo imitó.

Estaban a unos ciento cincuenta metros de la casa, justo detrás de la arboleda. El camino que conducía a la montaña se extendía a la derecha. Malone se agachó y vio el grueso cable eléctrico que corría en paralelo.

– Definitivamente, alguien está interesado en que aquí haya electricidad.

– ¿Qué hay ahí? -preguntó Viktor.

– Quizá lo que su antigua jefa ha estado buscando.

Stephanie comprobó que Thorvaldsen estaba bien mientras Zovastina ordenaba a dos de los soldados que bajaran al laboratorio.

– ¿Estás bien? -le preguntó.

Él asintió.

– He estado peor.

Pero ella lo dudaba. Pasaba de los sesenta, tenía la columna desviada y no se encontraba en lo que ella consideraba una buena forma física.

– No deberías escuchar a esta gente -dijo Zovastina dirigiéndose a Ely.

– ¿Por qué no? Está usted encañonando a todo el mundo. Ha golpeado a un anciano. ¿Va a hacerlo también conmigo?

Zovastina rió entre dientes.

– ¿Un erudito que quiere pelea? No, mi brillante amigo. Tú y yo no necesitamos luchar. Necesito que me ayudes.

– Entonces detenga todo esto, deje que se vayan y tendrá mi ayuda.

– Desearía que fuera así de simple.

– Tiene razón. No puede ser tan simple -intervino Thorvaldsen-. No cuando está planeando una guerra biológica, y convertirse en una versión moderna de Alejandro Magno, que matará a millones de personas para reconquistar todo lo que él conquistó y más aún.

– No se burle de mí -advirtió Zovastina.

Thorvaldsen parecía imperturbable.