Выбрать главу

«Atrévete a hallar el refugio remoto.»Malone volvió al estanque de aguas ambarinas.

– Recuerda el medallón y el manuscrito que Ely encontró. Aquel extraño símbolo.

Trazó la forma con el dedo en el suelo de arenisca.

– No podía determinar qué era. ¿Letras? ¿Dos B unidas a una A? Ahora sé exactamente de qué se trata. Ahí. -Señaló la roca que estaba unos dos metros por debajo de la superficie del estanque-. Mira esa abertura. ¿Te resulta familiar?

Cassiopeia se concentró en lo que él ya había detectado. La abertura tenía la forma de dos B unidas a una A.

– Se parece a ese símbolo.

– «Cuando alcances la cima, contempla el ojo ambarino y atrévete a hallar el refugio remoto.» ¿Sabes lo que significa?

– No, Malone, díganoslo usted.

Él se volvió.

Zovastina estaba de pie, en la entrada.

Stephanie se acurrucó junto a la puerta y escuchó atentamente los sonidos que procedían del otro lado. Oyó el zumbido de un motor eléctrico: arrancó, se paró, golpeó la puerta. Tras un momento de vacilación, el murmullo mecánico empezó de nuevo.

– Está claro -dijo Thorvaldsen-. Los robots están esparciendo la poción antes de estallar e incendiarlo todo.

Ella percibió un olor tan dulzón que mareaba; más intenso en la parte baja de la puerta.

– ¿Fuego griego? -preguntó.

Thorvaldsen asintió.

– Tu descubrimiento -le dijo a Ely.

– Esa chalada pretende freímos a todos -señaló Lyndsey-. Estamos atrapados aquí.

– Díganos algo que no sepamos -murmuró Stephanie.

– ¿Ha matado a alguien con eso? -preguntó Ely.

– No, que yo sepa -contestó Thorvaldsen-. Quizá tengamos el honor de ser los primeros. Aunque Cassiopeia ciertamente lo usó a su favor en Venecia. -El anciano vaciló-. Mató a tres hombres.

Ely parecía desconcertado.

– ¿Por qué?

– Para vengarte.

La amigable cara del joven se contrajo en una mueca de asombro.

– Estaba dolida, furiosa. Cuando descubrió que Zovastina estaba detrás de todo esto, no hubo modo de detenerla.

Stephanie examinó la puerta. Bisagras de acero arriba y abajo. Cerrojos sujetos con sólidas clavijas y ningún destornillador a la vista. Apoyó la mano en la madera.

– ¿Vincenti era el dueño de esta monstruosidad? -le preguntó a Lyndsey.

– Sí. Ella lo mató.

– Por lo que parece, está afianzando su poder -intervino Thorvaldsen.

– Es una loca -dijo Lyndsey-. Aquí están ocurriendo muchas más cosas. Yo podría haberlo tenido todo, el oro y el moro. Él me lo ofreció.

– ¿Vincenti? -quiso saber Stephanie.

Lyndsey asintió.

– ¿Y no lo tiene? -inquirió ella-. Zovastina está en posesión de los ordenadores con los datos, y tiene también sus virus. Incluso leha dicho que sólo hay un antígeno y dónde puede encontrarlo. Usted ya no es de ninguna utilidad para ella.

– Eso no es cierto, me necesita -replicó-. Ella lo sabe.

A Stephanie se le estaba acabando la paciencia.

– ¿Qué es lo que sabe?

– Que esas bacterias son la cura para el sida.

OCHENTA Y CINCO

Viktor oyó la inconfundible voz de Zovastina. ¿Cuántas veces le había dado órdenes con el mismo tono crispado? Se había situado cerca de la salida, a un lado, fuera de la trayectoria de Malone y Vitt, escuchando. Incluso estaba fuera del campo visual de Zovastina, quien aún había de entrar en la cámara iluminada y estaba en el oscuro corredor.

Vio cómo Malone y Vitt miraban a Zovastina. Ninguno de los dos lo delató. Lentamente, Viktor se acercó al punto en que la roca se abría. Con su mano derecha cogió firmemente su pistola y esperó el momento en que Zovastina entró para colocar el arma a la altura de su cabeza.

Ella se detuvo.

– Mi traidor… Me preguntaba dónde estarías.

Viktor vio que iba desarmada.

– ¿Vas a dispararme? -preguntó ella.

– Sí, si me da motivos para hacerlo.

– No llevo armas.

Eso lo preocupaba, y al intercambiar una mirada con Malone percibió que él también estaba preocupado.

– Iré a echar un vistazo -dijo Cassiopeia acercándose a la entrada.

– Lamentarás haberme atacado -le espetó la ministra.

– Me alegrará darle la oportunidad de recibir incluso más.

Zovastina sonrió.

– Dudo que el señor Malone o mi traidor me concedan ese placer.

Cassiopeia desapareció en la grieta. Pocos segundos después regresó.

– No se ve a nadie fuera. La casa y sus alrededores están tranquilos.

– Entonces, ¿de dónde ha salido? -preguntó Malone-. ¿Y cómo ha sabido llegar hasta aquí?

– Cuando eludieron a mis emisarios, en las montañas -dijo Zovastina-, decidimos dar media vuelta y ver adonde se dirigían.

– ¿De quién es este lugar? -preguntó Malone.

– De Enrico Vincenti. O, al menos, lo era. Acabo de matarlo.

– Qué alivio -dijo Malone-. Si no lo hubiera hecho usted, habría tenido que hacerlo yo.

– ¿Y qué razón tenía usted para odiarlo?

– Mató a una amiga mía.

– ¿Y también ha venido a salvar a la señorita Vitt?

– La verdad es que he venido a detenerla a usted.

– Pues eso puede ser un problema.

La actitud tan cortés de la ministra preocupaba a Malone.

– ¿Puedo examinar los estanques? -preguntó Zovastina.

Él necesitaba tiempo para pensar.

– Adelante.

Viktor bajó su pistola, pero la mantuvo preparada. Malone no estaba seguro de lo que estaba ocurriendo, pero su situación planteaba un problema. Sólo había una salida, y eso nunca era bueno.

Zovastina se acercó al estanque de aguas turbias y miró al fondo.

Luego fue hacia el verde.

– ZH, como en los medallones -dijo-. Me preguntaba por qué Ptolomeo habría añadido esas letras a las monedas. Seguramente, él mismo hizo que grabaran esto en el fondo de los estanques. ¿Quién, si no, podría haberlo hecho? Ingenioso. Ha costado mucho tiempo descifrar el enigma. ¿A quién se lo hemos de agradecer? ¿A usted, Malone?

– Digamos que ha sido un trabajo en equipo.

– Un hombre modesto. Es una pena que no nos hayamos encontrado antes y en otras circunstancias. Me hubiera encantado que trabajara usted para mí.

– Ya tengo un trabajo.

– Agente norteamericano.

– La verdad es que soy librero.

Ella rió.

– Y además tiene sentido del humor.

Viktor estaba alerta, en guardia, detrás de Zovastina, mientras Cassiopeia vigilaba la salida.

– Dígame, Malone, ¿resolvió usted solo el enigma? ¿Está aquí Alejandro Magno? Iba a explicarle algo a la señorita Vitt cuando los interrumpí.

Malone todavía tenía la linterna en la mano. Muy resistente. Parecía sumergible.

– Vincenti hizo que trajeran electricidad hasta aquí. Incluso iluminó los estanques. ¿No siente curiosidad por saber por qué esto era tan importante para él?

– Parece que no hay nada aquí.

– En eso se equivoca.

Malone dejó la linterna en el suelo y se quitó la chaqueta y la camisa.

– ¿Qué estás haciendo? -preguntó Cassiopeia.

Se despojó de sus zapatos y también de los calcetines; sacó de los bolsillos de sus pantalones el teléfono y el monedero.

– Ese símbolo grabado en el fondo de la piscina conduce al «refugio remoto».

– Cotton… -dijo Cassiopeia.

Él se arrojó al agua. Estaba caliente, pero la calidez alivió sus músculos agarrotados.

– Vigílala -dijo.

Tomó aliento y se sumergió.

– ¿La cura para el sida? -preguntó Stephanie a Lyndsey.