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– ¡Caigamos sobre él, capitán! -exclamaron a una sola voz los enanos, y alzaron sus grandes pies para iniciar la marcha.

Pero uno de ellos, el diminuto bizco jorobado que portaba la corona de espinas, se agarró a un arbusto y se enfrentó con el cabecilla.

– ¡Yo no voy a ninguna parte! -gritó-. Estoy harto. ¿Cuántas noches hace que lo buscamos? ¿Cuántos países y aldeas hemos recorrido? Contad: inspeccionamos uno por uno los monasterios de los esenios, en el desierto de Idumea; pasamos a Betania, donde aporreamos gratuitamente a ese pobre Lázaro; llegamos al Jordán, pero el Bautista nos arrojó de allí; al parecer, no es Aquél que buscamos. Partimos, entramos en Jerusalén, registramos el Templo, los palacios de Anas, de Caífas, las casas de los escribas y de los fariseos: ¡no lo hallamos! Sólo hallamos pillos, prostitutas, embusteros, ladrones, asesinos y tuvimos que partir. Cruzamos al galope Samaría la excomulgada, llegamos a Galilea, registramos minuciosamente Magdala, Canaá, Cafarnaum, Betsaida. Registramos cabaña por cabaña, barca por barca y cuando hallábamos al más virtuoso, al más viejo, le gritábamos: «Eres tú. ¿Por qué te ocultas? ¡Levántate y salva a Israel!» Y al ver los instrumentos que llevábamos, lo poseía el terror, se agitaba y se ponía a gritar: «¡No soy yo! ¡No soy yo!” Y se daba al vino, a los naipes, a las mujeres, se emborrachaba, blasfemaba, se prostituía para que viéramos que era pecador, que no era Aquél que buscábamos, para escapar al castigo… Perdóname, capitán, pero lo mismo nos ha de ocurrir aquí. Es inútil que lo busquemos. No lo encontraremos porque aún no ha nacido.

– ¡Incrédulo Tomás! -dijo el pelirrojo, al tiempo que lo tomaba por la nuca y, riéndose, lo mantenía durante un buen rato suspendido en el aire-. ¡Incrédulo Tomás, me diviertes!

Se volvió hacia sus compañeros:

– El es la aguijada y nosotros somos los bueyes de labranza. ¡Dejad que nos aguije para que nunca tengamos paz!

El calvo Tomás lanzó un estridente grito de dolor. El pelirrojo lo dejó en tierra, se echó a reír y paseó su mirada por la heterogénea compañía.

– ¿Cuántos somos? -preguntó-. Doce, uno por cada tribu de Israel. ¡Diablos, ángeles, enanos, arrapiezos, todas las criaturas y los abortos de Dios! ¡Elegid!

Estaba de buen humor; sus ojos redondos de gavilán centelleaban. Adelantó la mano y los tomó por los hombros, uno tras otro, con cólera, con ternura. Los calificaba mientras los mantenía suspendidos en el aire, reía. En cuanto dejaba a uno, levantaba a otro:

– ¡Aquí estás tú, avaro, lengua de víbora, ladrón, inmortal hijo de Abraham! ¡Y tú, matasiete orgulloso de tus músculos, glotón! Y tú, devoto, timorato; no robas, no te acuestas con la mujer del prójimo, no matas porque tienes miedo; todas tus virtudes son hijas del miedo. Y tú, asno cándido que soportas los palos; soportas el hambre, la sed, el frío, los azotes, bestia de carga sin amor propio, lamedor de los restos que dejan los demás; todas sus virtudes son hijas de la miseria. Y tú, viejo zorro que te quedas a la entrada de la gruta del león, de Jehová, y no entras en ella. Y tú, carnero ingenuo que sigues lanzando balidos al Dios que te devorará. Y tú, charlatán, hijo de Levi, mercader de Dios que vendes a Dios a tanto la onza; explotador de Dios que sirves a Dios en las copas de los hombres, quienes se emborrachan con él y te abren su bolsa y su corazón. Y tú, malvado, fanático, asceta, terco, que miras tu propia figura y te fabricas un Dios malvado, fanático, terco, y caes de rodillas ante él y le adoras porque se te parece. Y tú, que tu alma es la tienda de un cambista; estás sentado en el umbral, hundes la mano en una talega, das limosna al pobre, prestas a Dios, llevas un registro y escribes: di tantos céntimos de limosna a fulano, tal día a tal hora; y ordenas que pongan el registro en tu tumba para poder abrirlo ante Dios, arreglar sus cuentas con él y cobrar los millones de la eternidad. Y tú, reverendo embustero que pisoteas todos los mandamientos de Dios, robas, te acuestas con la mujer del prójimo, asesinas y luego te deshaces en lágrimas, te golpeas el pecho, descuelgas la guitarra y conviertes tu pecado en una canción; sabes, viejo astuto, que Dios se lo perdona todo al cantor porque a él le apasionan las canciones. Y tú, que eres como un puntiagudo aguijón hundido en nuestras nalgas, Tomás y yo, yo, pobre insensato, ¡que sentí la aguijada dentro de mí y abandoné a mi mujer y mis hijos para buscar al Mesías!

Se echó a reír, escupió en sus manos y adelantó los enormes pies:

– ¡Caed sobre él, compañeros! -gritó una vez más y se lanzó corriendo por el camino que llevaba a Nazaret.

Los hombres y las montañas se convirtieron en humo y desaparecieron. Los párpados adormecidos se poblaron de una oscuridad sin ensueños. Ahora, por fin, en el sueño infinito sólo se oían dos pies descalzos, inmensos y pesados, que golpeaban el suelo de la montaña y descendían.

El corazón del joven que dormía latía violentamente: «¡Ya llegan! ¡Ya llegan!» -oyó un grito desgarrador en su carné-. «¡Ya llegan!» Se incorporó de un salto -así le pareció en su sueño-, arrimó contra la puerta el banco en que trabajaba y sobre él amontonó todas sus herramientas -cepillos, garlopas, sierras, mazas, martillos, destornilladores- así como una cruz pesada que estaba construyendo. Luego volvió a echarse sobre las virutas y el serrín, y esperó.

Reinaba una calma extraña, inquietante, ahogada, espesa. No podía oírse la respiración de la aldea ni tampoco la de Dios. Todo el universo -hasta el demonio, que jamás duerme- se había hundido en un foso profundo y negro: ¿era el sueño, la muerte, la inmortalidad, Dios? El terror poseyó al joven; vio el peligro, reunió sus fuerzas, extendió las manos para cogerse la cabeza, que se extraviaba, y se despertó.

Estaba bañado en sudor. De su sueño sólo recordaba esto: que alguien lo perseguía. ¿Quién? ¿Uno? ¿Una multitud? ¿Hombres? ¿Demonios? Ya no recordaba. Aguzó el oído, escuchó. Oíase ahora la respiración múltiple de las almas y de los cuerpos en el silencio de la noche; de cuando en cuando percibíase una leve agitación de las hojas de los árboles, el gemido lúgubre de un perro, se oía a una madre que arrullaba lenta, mecánicamente a su bebé… Poblaban la noche murmullos y suspiros familiares y queridos, la tierra hablaba, Dios hablaba, y el joven se apaciguó. Durante un instante había tenido miedo, se había creído completamente solo en el mundo.

Al lado, en la casita donde dormían sus padres, oyó la respiración jadeante de su anciano padre. El desdichado no podía dormir; contorsionaba la boca, trabajosamente abría y cerraba sus labios intentando hablar. Hacía ya muchos años que se atormentaba tratando de pronunciar una palabra humana, pero permanecía sentado en la cama, paralítico, sin poder mover la lengua. Sudaba, sufría, su saliva fluía y de vez en cuando, después de un combate terrible, lograba articular desesperadamente, sílaba tras sílaba, una palabra, una sola, siempre la misma: A-d-o-n-a-y, Adonay. Cuando pronunciaba toda la palabra, se calmaba durante una o dos horas. Luego, volvía a invadirle la congoja y se ponía de nuevo a abrir y cerrar la boca.

– Yo tengo la culpa… yo tengo la culpa… -murmuraba el joven, y sus ojos se arrasaban de lágrimas-. Yo tengo la culpa…

El hijo oía en la noche tranquila la lucha angustiada de su padre, y la angustia hizo presa en él a su vez. Involuntariamente comenzó a abrir y cerrar la boca y a sudar. Cerró los ojos; escuchó atentamente para imitar a su anciano padre. Suspiraba, emitía junto con él gritos desesperados e inarticulados… hasta que el sueño lo venció.

En el momento en que se dormía, la casa se conmovió, el banco cayó al suelo, las herramientas rodaron por tierra, la puerta se abrió y vio erguido en el umbral, inmenso, con los brazos abiertos y lanzando risotadas, al Pelirrojo.

El joven gritó y se despertó.

II

Se incorporó, se sentó sobre las virutas y apoyó la espalda contra la pared. Por encima de su cabeza pendía una correa con dos hileras de clavos puntiagudos; todas las noches, antes de dormirse, flagelaba su cuerpo hasta arrancarle sangre para que lo dejara tranquilo durante la noche y no se rebelara. Un leve temblor se había apoderado de él. No recordaba qué tentaciones lo habían asaltado durante el sueño, pero sentía que había escapado a un gran peligro.