Sin embargo, era la parte superior de la herramienta lo que preocupaba a Ember. Era un simple torno, pero con aberturas que iban hacia arriba como si fueran dos labios. Cuando estaba cerrado, era como un par de escoplos extraordinariamente grandes apretados el uno contra el otro. El torno se accionaba mediante una fuerte tuerca en un lateral, en cuyo extremo había una bola metálica, y donde el orificio encajaba en el extremo de la palanca de la llave inglesa.
Ember insertó los labios del gato en la hendidura situada por debajo de la bisagra superior, poniendo la palanca en su lugar. Lentamente comenzó a girar la llave hasta que los dos labios comenzaron a presionar hacia fuera a ambos lados de la hendidura. Al empujar con gran fuerza, se conseguía una enorme presión sobre la puerta y los principales revestimientos de la caja, con lo que literalmente se rompía en dos partes. [13]
Ember jadeaba, descansaba y volvía a jadear, empleando toda su fuerza en cada empuje sobre la palanca, y más tarde paró para descansar y recuperar el aliento. Al sexto intentó notó que la puerta se movía ligeramente en las bisagras. A continuación llegó la señal de que debían parar el trabajo. Rápidamente recogió la palanca y se retiró a su rincón hasta que el policía se alejó.
Urgía el tiempo y necesitaba que el policía estuviera fuera de su ronda. También tenía que estar seguro del cochero. Dejando la palanca junto a la pequeña bolsa en la pared, Ember se deslizó por el agujero y se dejó caer con suavidad en el interior del sótano. Ya eran las cuatro y veinte minutos.
– Cuando vuelva necesitaré ahí arriba algo de fuerza bruta -dijo a Franz-. ¿Has avisado a Evans?
– Ya está hecho, pero te aviso, Ember, si me das de lado, te veré en el infierno -le amenazó con un acento entrecortado y verdaderamente en serio.
– ¿Por qué te iba a dar de lado? Estamos todos juntos en esto y compartiremos el botín. [14]
– Te aconsejo que no me hagas ninguna faena, Ember.
Franz se presentaba difícil, pero pasó por la mente de Ember que si el Profesor estaba satisfecho con los resultados de esta noche de trabajo -si acababa con Scheifstein- Franz no sería alguien por quien preocuparse en el futuro.
Salió silenciosamente por la puerta del sótano, subió los escalones y atravesó el patio hasta llegar al final.
– No hay rastro ni del policía ni del cochero -susurró Evans-. ¿Qué debo hacer?
– Vuelve al sótano y espérame. No tardaré mucho. Sólo quédate quieto.
Evans salió, como una sombra silenciosa, trepando por el muro. Ember se colocó en el extremo de la finca, mientras esperaba al policía y sus oídos estaban atentos a la llegada del cochero. Un par de minutos después llegó el coche desde Cornhill y, cuando paró al lado del callejón, Ember se abalanzó, abriendo la puerta y diciendo al conductor «lléveme a Oíd Broad Street y aléjeme del camino de cualquier poli.»
El cochero salió, pasó por el cruce de Threadneedle Street y continuó hasta el siguiente giro a la derecha, hasta que llegaron a Oíd Broad Street, que era una calle paralela a Bishopsgate.
Se pararon justo antes de la Oficina de Recaudación, en la acera de la izquierda. No había ni un alma, sólo las sombras que arrojaban las lámparas de gas sobre las húmedas calles. La noche estaba llegando a su fin; eran las últimas horas antes del amanecer.
– ¿Puede permitirse una mentira por esta noche? -preguntó Ember al conductor-. Ha habido un cambio. Quiero que deje el coche como si fuera mañana.
– ¿En Helen's Place?
– Eso es.
Saint Helen's Place era el lugar que se había fijado como punto de reunión para la noche siguiente. Estaba situado en el lado opuesto a Bishopsgate y muy lejos del lugar del robo. También era un lugar que no presentaría sospechas.
– Si el precio es el adecuado -susurró el cochero entre dientes.
– Otras veinte guineas -afirmó Ember.
– Me parece bien. ¿Cuándo?
– Con el resto, tal como lo acordamos. Ya me conoce.
El cochero asintió con la cabeza
– ¿Lo dejo allí ahora? -dijo.
– Lléveme a Cornhill y déjeme en el lado derecho de la calle. Yo le diré dónde. A continuación vaya a Helen's Place lo más rápido que pueda.
– En un momento, jefe.
Cuatro minutos después Ember estaba dando pequeños golpecitos sobre la puerta de la tienda situada enfrente de Freeland & Son.
– Es mejor que cojas al ciego Fred -dijo Ben Tuffnell al joven Saxby después de un largo movimiento de cabeza.
– ¿Dónde? -preguntó el muchacho. Tenía frío y estaba muy cansado. También tenía hambre. Demasiado licor y pocos alimentos sólidos mientras estaba esperando al Nob en Whitechapel.
– En esta ocasión él estará por la mañana cerca de Angel. Iría yo mismo, pero… -Tuffnell no dijo el resto. No era una excusa. Su tarea era permanecer vigilando en la casa del alemán.
Saxby tardó una hora en encontrar al ciego Fred, que estaba jugando a las cartas en una especie de taberna, que no era otra cosa que un sótano. El muchacho le llamó aparte y le susurró en su oído lleno de cera que el asunto era urgente. Fred se sintió incómodo cuando comprendió perfectamente el mensaje.
– Ben Tuffnell dijo que tenía que decírselo -Saxby parecía apologético-. Me dijo que usted ya sabría lo que tenía que hacer.
– Tengo que acudir a la propia fuente -susurró el ciego Fred-. Nada más al respecto. Tengo que ir con Bert Jacobs. No con Ember, porque tendrá que hacer. La chica está durmiendo -movió la cabeza hacia la esquina del pequeño y húmedo sótano donde se encontraba un fardo de trapos, la joven hermana del ciego Fred, que se encargaba de guiarle por las calles para que su ceguera pareciera real.
– Tendrás que llevarme a Notting Hill, muchacho.
Saxby se estremeció y se sintió resignado ante la tarea de llevar al ciego Fred donde él quisiera ir. A los cinco minutos ya estaban de nuevo en las calles.
Ember contó con brusquedad el embuste a Spear, cuyo malestar fue más aparente.
– ¿Qué desgracia le ha sucedido a Nob? Le romperé los huesos si ésa es su manera de hacer las cosas.
– Tengo que regresar antes de que me sigan la pista -Ember comenzaba a sonar patético-. Y quiero que ese policía esté fuera de mi camino.
– No temas por el muchacho de azul. Le mandaremos a dormir. Yo estoy preocupado porque tú puedas llevarte limpiamente las joyas y no podamos echaros la vista encima.
Terremant estaba junto a Spear.
– Tendremos que atraparlos en Edmonton, eso es todo -añadió.
Spear asintió con la cabeza:
– Betteridge, ponte un traje azul y harás la ronda; reza para que al sargento no se le antoje darse una vuelta a primera hora de la mañana. Y tú vuelve a tu trabajo -dijo a Ember.
En cuanto Ember salió de la habitación, vio a Betteridge subir por un pequeño montón de uniformes que se habían dejado preparados para la noche siguiente.
Spear observó al pequeño criminal mientras se escabullía por la calle y desaparecía en Bishopsgate. Sintió en su bolsillo, mientras enrollaba sus dedos alrededor de la piel de anguila, el alargado bulto de lona lleno de arena que le había tocado llevar. Intercambió algunas palabras con Terremant e hizo una mueca a Betteridge, que ya se había puesto todo el uniforme, con el casco de ala ancha sobre la cabeza. A continuación hizo un gesto de asentimiento a Terremant y salieron de la tienda.
– Oh, policía, no me arreste. Tengo mujer y seis niños que mantener -sonrió Terremant mientras seguía a Spear por la puerta.
[13] El gato era capaz de levantar tres toneladas de peso. Podía abrir cualquier caja o puerta que no se hubiera construido para soportar esta presión. (Noel Currer-Briggs: Contemporary Observations on Security from the Chubb Collectanea 1818-1968). Hay que advertir que ésta era una caja fuerte antigua, que databa de 1860.
[14] Es una extraña expresión, pero la he puesto en boca de Ember porque aparece tres veces en el diario de Moriarty. Es probable que Moriarty la oyera en América, por lo que Ember la conocería. Significa, por supuesto, «compartir el botín». Eric Partridge, en su valiosísimo Dictionary ofthe Underworld, cita su utilización en 1895 por J. W. Sullivan, Tenement Tales of New York. Flexner, en su Dictionary of American Slang no recoge esta variante y puntualiza que en 1893 la palabra «boodle» ya era arcaica.
(N. del T.: la nota anterior se refiere a la expresión inglesa «to bleed the boodle», que significa «compartir el botín».)