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Principal, a través de la que él había pasado; otra justo enfrente, en la Galería d'Apollon, que guardaba lo que había quedado de las Joyas de la Corona de Francia [15] y denominada así por el panel de Delacroix en el techo, que representa a Apolo asesinando a la Pitón: la tercera entrada era a través de la puerta de la pequeña habitación que contenía La virgen y los donantes de Hans Memling, y los frescos de Luini.

Moriarty pensó que sólo podría ser visto desde escasas zonas de la Galería Principal y de la Galería d'Apollon, aunque también era posible que los visitantes o los encargados entraran sigilosamente desde la habitación del fresco sin que él se diera cuenta. Cuando llegara el momento, tendría que trabajar rápidamente y con gran sigilo.

Permaneció allí, ajustado su cámara, mirando a través de las lentes y observando la pintura durante casi diez minutos. Durante ese tiempo sólo entraron dos visitantes en el Salón, sin prisa, de camino hacia la Galería Principal. Fue el momento más importante. Sus oídos estaban pendientes de cualquier sonido, tos, pasos o cualquier ruido inesperado. Estaba tan concentrado en escuchar que podía detectar hasta la vibración más pequeña. Por fin, se agachó y abrió la oblonga caja fotográfica que tenía a sus pies, sin apenas mirarla, ya que sus ojos intentaban visualizar las peligrosas entradas y salidas.

Palpando con la punta de los dedos, Moriarty encontró la cerradura oculta en el lateral derecho más largo de la caja. Presionó hacia abajo y el lateral se retiró, mostrando un escondrijo en el que se encontraba la copia de Labrosse acolchada entre terciopelo, que encajaba perfectamente excepto en una pequeña zona que contenía unas tenacillas de punta larga.

Agarrando las tenacillas con fuerza, con sus sentidos en tensión hasta el límite, Moriarty empezó a cruzar la pequeña área que quedaba entre su cámara y el trozo de pared que contenía la pintura. Estaba a punto de asir el reborde inferior del marco cuando le llegaron los apagados sonidos de lejanas voces en el otro extremo de la sala adyacente, en la Galería d'Apollon.

Tres zancadas y de nuevo se encontraba junto a la caja, colocando las tenazas en su lugar y cerrando el lateral partido antes de volver a adoptar su posición detrás de la cámara.

Las voces se iban elevando y cada vez estaban más cerca: un constante monólogo puntuado por una especie de gruñido de una segunda parte; el golpeteo de un bastón y el sonido de al menos cuatro pares de pies.

El Profesor escondió su cabeza bajo el paño negro detrás de su cámara justo cuando el cuarteto entró en el Salón.

– Sé que mi vista casi ha desaparecido, Monsieur le Directeur -una voz parloteaba incansablemente-. Pero incluso en este nublado otoño de mi vista, puedo ver la verdad.

Moriarty levantó su cabeza, preparado para dar a los intrusos el completo tratamiento de Moberly. Un impresionante cuadro atrajo su mirada. La figura central llevaba gafas con gruesas lentes y caminaba con precisión con un bastón que iba golpeando delante de él. A su lado, la figura de barba gris del director del Louvre se inclinaba con respeto. Detrás de ellos, les seguían dos acompañantes.

– Sé que soy una molestia para usted, Directeur-continuó el hombre de corta vista-. Pero, como otros artistas, sólo estoy interesado en preservar la verdad fundamental y la belleza.

– Me doy cuenta de eso -sonrió indulgentemente el director-. De la misma forma que me doy cuenta de que tiene de su lado a un gran número de artistas de peso y de gran influencia. Sin embargo, yo tengo que enfrentarme a los testarudos, Degas [16].

– Testarudos, imbéciles, locos, todos los que no son capaces de distinguir óleos de acuarelas. Todo lo que quieren son bonitas pinturas colgadas en sus paredes. Cuadros que parezcan limpios y recién barnizados.

– Parece que estamos interrumpiendo a uno de nuestros fotógrafos -intervino el director.

Uno de sus acompañantes tosió, el otro caminó hacia Moriarty arrastrando los pies, como para proteger a los dos hombres importantes.

– No importa, Monsieur le Directeur -le lisonjeó Moriarty, y se inclinó en una reverencia.

– Un inglés -lanzó Degas-. Tiene que venir a París para poder ver inapreciables trabajos ¿eh?

– Tengo el privilegio de realizar fotografías, señor, de algunas de las mejores pinturas del mundo -Moriarty tomó aliento, como para emprender una de las charlas de Moberly.

– Espero que sus fotografías sean mejores que su francés -dijo rápidamente Degas. Y luego, más lentamente, a beneficio de Moriarty-: ¿y está fotografiando La Joconde? ¿Es, quizá, un experto en esta pintura?

– Conozco su incalculable valor. De la misma manera que soy consciente del gran honor que supone el estar hablando con un artista como usted, Monsieur Degas -se burló para sus adentros: un mal pintor, un pintor de bailarinas, de bailarinas borrosas y poco nítidas, y de mujeres realizando su aseo.

Degas se rió.

– Estoy irritado. A punto de una pequeña tormenta. Los idiotas de aquí, del Louvre, quieren La Joconde limpia. ¿Qué piensa usted sobre esto, inglés?

– He leído los argumentos, señor -lanzó una mirada de soslayo al director, que estaba empezando a estar involucrado sin querer-. En mi humilde opinión, usted y sus colegas llevan razón al luchar contra tal decisión. Limpiar la Mona Lisa es arriesgarse a un gran daño. Límpienla y se arriesgarán a algo más que a dañarla, se arriesgan a una transformación.

– Ya ve -gritó Degas, golpeando con su bastón en el suelo-. Hasta los fotógrafos ingleses lo entienden. Límpienla y se hará irreconocible. Mírela, Directeur. Yo no puedo verla tan claramente como quisiera, pero puedo sentirla. Limpiar y volver a barnizar La Joconde sería como desnudar a la mujer más fascinante de la tierra. Se puede desear todavía a una mujer que se ha visto desnuda, pero la sensación de misterio siempre se aleja con el revoloteo de la última prenda. Eso sucedería con La Joconde. La fascinación pasaría a la historia. Sería lo mismo quemarla que limpiarla.

– Bravo -la carcajada en tono alto que emitió Moriarty resonó por todo el Salón y el director, barruntando una embarazosa charla por parte de este desconocido visitante, agarró a Degas del brazo.

– Debemos dejar que nuestro amigo inglés continúe con su trabajo. Usted ya ha dado su opinión y podrá volverla a dar ante el Comité esta tarde.

El gran artista se dejó llevar lentamente de vuelta hacia el Salón d'Apollon.

– Estoy casi ciego, fotógrafo -volvió a decir-. Pero no completamente ciego, como esos cretinos que cuidan la herencia de la humanidad.

Moriarty dio un suspiro, todavía detrás de su cámara, con los ojos fijos en la pequeña obra maestra de Leonardo. Por tanto, aún siguen pensando en limpiarla. Era un riesgo que tenía que correr.

La familia, que había quedado tan impresionada con La cocina de los ángeles, estaba ahora regresando al Salón; también había entrado otro visitante, junto con un encargado. Miraba como si fuera a instalarse y examinar cada cuadro hasta en el detalle más insignificante.

– ¿Entonces, vio a ese hombre importante? -le preguntó el encargado.

Moriarty asintió con la cabeza.

– Un honor, un considerable honor.

– Hace las cosas agradables para el director y el Comité -se rió entre dientes el encargado-. ¿Yo? Yo no sé si deberían limpiarla o no. Yo sólo trabajo aquí. No sé nada de arte -y se encogió de hombros y se dirigió hacia la Galería d'Apollon.

Cinco minutos después no había moros en la costa. Para su sorpresa, Moriarty descubrió que estaba sudando abundantemente. Levantó las manos y vio que temblaban ligeramente. ¿Seguro que sus nervios no le iban a fallar? Echó un vistazo a su alrededor, escuchó una vez más hasta el límite, a la vez que alcanzaba la caja de la cámara y volvía a abrir la parte oculta. Percibía un olor seco y, en el arco entre el Salón y la Galería d'Apollon, observó cómo caían las motas de polvo que se veían con la luz. Más lejos, alguien dejó caer algo con un ruido seco. Ahora estaba junto al cuadro, sus manos en el marco, levantándolo de los ganchos de la pared, su corazón latiendo con golpes pesados en sus oídos, quizá distorsionando los sonidos de otras partes del museo. El marco era pesado, mucho más pesado de lo que esperaba, aunque lo quitó de la pared con bastante facilidad.

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[15] (*) Sabemos por los Diarios de Moriarty (la historia completa se encuentra en El Retorno de Moriarty) que el Profesor vio frustrado, en 1890-91, su intento de robo de las Joyas de la Corona de Inglaterra de la Torre de Londres. Las Joyas de la Corona Francesa eran otro asunto y estaban constituidas por la Corona de Carlomagno (supuestamente las genuinas piedras en una nueva montura), que se utilizaron en la coronación de Napoleón; la Corona de Luis XV (quizá montada con piedras falsas); una espada con un diamante incrustado que perteneció a Napoleón; un reloj rodeado de diamantes que el Bey de Argel regaló a Luis XIV; y el espléndido diamante del Regente -si no el mayor diamante del mundo, probablemente el más puro-. De algunas notas de los Diarios de Moriarty, podría parecer que el Profesor acariciaba la idea de ser el propietario de las Joyas de la Corona a finales de 1880, pero deja constancia de que «La única pieza que merece la pena conseguir es la del Regente».

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[16] No merece la pena enumerar las aptitudes del artista Edgar Degas, ya que son bien conocidas por todos. En esa época, tenía sesenta años y su vista, debilitada durante su servicio en el ejército en la Guerra Franco-Prusiana, iba empeorando día a día. También estaba, en este período, concentrado en la escultura, a la que él llamaba «un arte del hombre ciego». Mantenía unos criterios muy severos sobre la Gioconda de Leonardo y, junto a otros artistas, hizo una ruidosa campaña en contra de cualquier intento de limpiarla.