Moriarty lo dejó en el suelo, inclinado contra la pared, le dio la vuelta, dejando visible la parte posterior, donde los catorce broches mantenían en su sitio la pintura original. Dejó de trabajar durante un instante al escuchar algo extraño en el aire, y se dio cuenta de que sólo era su propia respiración. Después, las tenazas fueron hasta los broches, girando cada uno de ellos hacia el exterior, hacia el marco, uno a uno, hasta que el panel de álamo del Leonardo quedó libre. Agarrando la parte superior del marco, el Profesor lo inclinó hacia delante desde la pared, con la otra mano detrás de la pintura, dejando que se separara del marco.
Sostenerlo fue casi como una experiencia sexual. Tenía que moverse rápidamente, dando las tres zancadas de vuelta hacia la caja fotográfica; sujetar la verdadera Mona Lisa con una mano mientras sacaba la versión de Labrosse de su escondrijo, e introducir el Leonardo en el lugar secreto, con un ajuste perfecto.
Ahora estaba contando para retroceder hasta el marco, colocando el borde inferior de la copia sobre el reborde. Durante un segundo, Moriarty sintió una opresión en la garganta, ya que la copia parecía no ajustar perfectamente. Luego, un ligero movimiento y encajó en su lugar. Las tenacillas otra vez sobre los broches y el esfuerzo para dejar todo el conjunto otra vez colgado en su sitio.
Cuando iba a colocar de nuevo las tenacillas en su nicho de la caja fotográfica, sintió unos pasos que venían de la habitación del fresco. Cerró el falso lateral, se agachó sobre una rodilla y comenzó a revolver en la caja. Un encargado se encontraba detrás de él. ¿Cuánto tiempo llevaría ese hombre allí?, se preguntó. ¿Cuánto tiempo había tardado en realizar el cambio? Las motas de polvo seguían flotando en el aire y los ruidos del fondo todavía llegaban distantes.
– Charlot me dice que mañana ya no viene -dijo el encargado.
Moriarty trató de respirar lentamente, controlándose, luchando contra las palpitaciones que sentía en sus oídos.
– No, no -replicó con la estrepitosa risa de Moberly-. He terminado mi trabajo aquí.
Permaneció un poco más de tiempo en el Salón Carré, sin apresurar su salida, antes de salir del Louvre con la caja fotográfica negra colgada al hombro. Nadie que hubiera visto su larguirucha figura, ladeada por el peso de su equipo, cruzando la Plaza du Carroussel, podría haber imaginado que llevaba consigo uno de los más importantes legados de Leonardo da Vinci.
Dos días más tarde, Moberly se marchó de Francia -en realidad desapareció de la faz de la tierra- y Moriarty regresó a la casa de Albert Square para colocar el tesoro en un lugar secreto y oculto. Notaba una extraña sensación al sentarse en el estudio y contemplar la pintura original, sabiendo que ahora era suya. Todavía existía una sensación de anticlímax. Ahora sólo él sabía la localización de la Gioconda, la Joconda, la Mona Lisa… como quiera llamarse. También sabía que nadie excepto él pondría los ojos sobre ella hasta su acuerdo final con Jean Grisombre, quien le había traicionado tan vilmente. Sin embargo, para continuar con el complot en acción tenía que regresar a París, y rápidamente. Esta vez regresaría como otro personaje de su repertorio de disfraces -un caballero americano de indiscutible riqueza [17].
El americano no era cursi ni ostentoso en ningún sentido. Llevaba sus riquezas con la naturalidad del que ha nacido con ellas, sin las maneras agresivas ni presuntuosas de muchos de los que en estos días vienen a Europa desde el continente americano, y que han adquirido su fortuna rápidamente con oro o líneas férreas, y derrochan, tiranizan y ordenan como si su reciente opulencia fuera la clave de la vida, como, por desgracia, suele suceder.
Era un hombre corpulento de cuarenta y muchos años, mofletudo, de semblante rojizo, pelo oscuro y voz suave. Era una de las transformaciones más simples de Moriarty, lograda con un hábil relleno bajo sus ropas y sus carrillos, una preparación cosmética para aumentar el color de piel y tinte para el pelo. Añadió unas gafas con montura de asta, su propio y considerable talento para adoptar diferentes acentos, y documentos, entre los que se incluían letras de crédito que mostraban que era Jarvis Morningdale, de Boston, Mass. Con él viajaba un secretario al que llamaba Harry. Ambos tenían reservada una suite en el Crillon.
La reputación de París como ciudad del placer había partido desde la zona de Montmartre a principios de siglo, y ahora se extendía hasta las calles y callejones alrededor de Pigalle, donde los turistas y visitantes iban a ver los escandalosos espectáculos que habían sido las habladurías de occidente desde finales de 1880. Durante su primera noche en París, Jarvis Morningdale, de Boston, se dirigió directamente a Montmartre, buscando, más que pecado, a una persona que sabía casi con certeza que estaría donde el pecado florece más prolíficamente.
Era un frío y severo invierno de 1897, los cabarets y cafés estaban todavía atestados hasta las puertas. Aproximadamente a las once, el americano se sentó en una mesa junto a la pista de baile del Moulin Rouge, viendo cómo las chicas bailaban el canean con atlético entusiasmo; dando vueltas rápidamente, lanzando sus faldas hacia lo alto, girando en el port d'armes y dando desacordes y salvajes gritos en el gran écart.
Jarvis Morningdale, dando pequeños sorbos a su champán y con la cara más sonrosada de lo habitual, se volvió hacia su secretario y le habló en voz baja.
– Mi querido Harry, deberías haber estado aquí hace algunos años -sonrió-. Ahora todo es espectáculo. En aquellos días era sexo. Incluso estas chicas llevan ropa interior decente y apenas puedo entrever un muslo desnudo. Cuando Zidler dirigía este lugar, las mujeres eran mujeres: La Goulue, Jane Avril, Cri-Cri, Rayón d'Or, La Sauterelle y Nini Patte-en-l'air. Podías ver su femineidad en sus gotas de sudor y olería por toda la habitación [18].
– A mí todavía me parece bastante exagerado -replicó Harry Alien, sin quitar los ojos de los traseros con encajes blancos que iban a ser presentados a la audiencia como la charanga para un llamativo final.
Se unieron al aplauso con tanto vigor como el resto de la multitud, y Moriarty dio un codazo a su acompañante.
– Ahora viene una de las genuinas -susurró, moviendo la cabeza hacia una delgada y morena chica con aspecto de gitana, que se deslizaba y abría camino con las caderas entre las mesas como si estuviera buscando a alguien. Los ojos de Moriarty siguieron a la chica, como si deseara atraerla para que mirara hacia él-. La conozco de otras veces -murmuró a Alien-, aunque creo que ella no me reconocerá en mi actual persona.
La chica se paró, mirando directamente a Moriarty, quien hizo una inclinación de cabeza. Ella sonrió, con una luz en sus oscuros ojos, y luego se acercó con largas y sensuales zancadas hacia la mesa. Iba vestida de un modo algo bohemio, una falda suelta que no llegaba al suelo y una blusa ceñida que revelaba que llevaba poca ropa interior.
– ¿Le gustaría invitarme a beber algo, Monsieur? -la voz era áspera, como si hablara el idioma con acento extranjero.
El americano contestó afirmativamente con la cabeza y replicó con un fluido francés.
– Siéntese, ¿champán?
– ¿Hay alguna otra bebida?
Un camarero había llegado a la mesa incluso antes de que Moriarty hubiera levantado la mano.
[17] (*) El robo de la Mona Lisa. Por lo que se reveló sobre el robo en esta crónica y los posteriores sucesos documentados en las siguientes páginas, es interesante hacer notar lo siguiente:
El lunes 21 de agosto de 1911 -unos quince años después de que James Moriarty robara el trabajo de Leonardo del Louvre- se descubrió que la Mona Lisa había desaparecido. No hubo ninguna pista durante dos años. Por fin, en la segunda mitad de 1913, Vincenzo Perugia, un pintor de brocha gorda, fue arrestado por intentar vender la pintura en Florencia.
Durante el período que estuvo «desaparecida», varias facciones de la prensa francesa expresaron dos teorías. (1) Había sido robada por un periódico francés para probar una afirmación anterior aparecida en un número del periódico, que decía que la pintura ya había sido robada. (2) El robo había sido organizado por un coleccionista americano que tenía preparada una copia exacta y, a su debido tiempo, colocaría la copia en el Louvre y guardaría el original en su colección privada. Ahora sabemos que ambas teorías son correctas en algunos puntos, aunque tardías en su exposición.
[18] (*) Zidler y el Moulin Rouge. Zidler, el empresario, había sido denominado correctamente «uno de los arquitectos de la fama de Montmartre». Ya a principios de 1870, el centro de la más vulgar y excitante vida nocturna de París se encontraba alrededor de las áreas de Clichy y Pigalle del Montmartre bajo. Era el territorio, como si fuera un hormiguero, de una gran parte del hampa parisina: un lugar de ladrones, peristas, chulos, prostitutas, estafadores, gitanos, cantantes, bailarines y pillos. Destacaba por sus bares, café-conciertos y cabarets, y también era el seno del baile que tan popularmente evoca al París denominado de los «Locos Años Noventa» -el cancán, que comenzó su vida como le chalut, una salvaje e improvisada versión de la cuadrilla en la que el pudor se arrojaba por los aires-. Su popularidad comenzó a extenderse desde lugares como el Elysée-Montmartre, pero alcanzó su madurez comercial cuando Zidler convirtió un antiguo salón de baile, la Reine Blanche en Pigalle, en el famoso Moulin Rouge. Tolouse-Lautrec, con sus pinturas y pósters, unlversalizó este lugar y a los que estaban asociados a él -sobre todo a la sensual La Goulue y Jane Avril-, Con el Moulin Rouge, y otras guaridas nocturnas de la zona, París se puso de moda, por no mencionar a la gente que lo frecuentaba (se dice que La Goulue, en la cumbre de su fama, se burló del Príncipe de Gales con las palabras, «Hola, Gales, ¿eres tú quien está pagando el champán?) Sin embargo, por esta época, Zidler había vendido el Moulin Rouge -en 1984- y, aunque todavía era una atracción muy popular, su fortuna estaba disminuyendo. La Goulue se marchó en 1895 y, en las fechas en que Moriarty fue allí a buscar a Grisombre, Jane Avril estaba trabajando en el entonces más popular Follies Bergére.