La chica examinó a ambos hombres con desprecio.
– ¿Desearía usted…? -comenzó ella.
– Lo que yo desee no es asunto tuyo -la suave voz hacía alusión a un posible peligro-. Eres Suzanne ¿verdad?
Su nariz se hinchó.
– Nunca le he visto aquí antes. ¿Cómo es que me conoce?
– Eso es cosa mía. No tienes por qué preocuparte. Igual que tú, estoy aquí para hacer negocios. -¿Sí?
– Sea cual sea tu precio, yo lo doblaré, y llévate a este amigo mío a tu casa.
Suzanne miró a Harry Alien como si estuviera examinando a un caballo semental.
– ¿Y qué más?
– He hecho un largo viaje para hacer una proposición a un amigo tuyo, no importa de qué le conozco, pero es famoso hasta en América. ¿Dónde puedo encontrar a Grisombre?
– ¿Eso es todo? A Grisombre le encontrará fácilmente. En la Rué Veron hay un cabaret, uno pequeño, como todos los de por allí. Se llama La Maison Vide. Grisombre suele estar allí a esta hora, en realidad creo que el local le pertenece, como muchos en Montmartre. -Y sin mostrar mayor interés se volvió hacia Harry Alien-. Tiene un gran amigo si le compra un regalo como yo.
El americano, Morningdale, sonrió calladamente, casi regresando con sigilo a su propia persona, ya que su cabeza se movió de un lado para otro con esa familiar y reptiliana costumbre.
– Adelante, Harry. Yo no se lo diré a tu pequeña fregona de Albert Square. Todos me han dicho que Suzanne la Gitana vale todo lo que se paga -se rió de su comentario y depositó unas monedas en la mesa con un pequeño tintineo, dejó su champán y se preparó para salir.
– ¿Podrá arreglárselas solo? -Alien lanzó una disimulada e inquieta mirada a su jefe.
– Harry, me las he arreglado solo en lugares más peligrosos y corruptos que Montmartre. Pásatelo bien y mañana por la mañana te veré en el hotel.
En el exterior, en la Plaza Blanche hacía un frío enorme. Al otro lado de la carretera, un grupo de cocheros pataleaban en el suelo y calentaban las manos alrededor de los braseros de los vendedores de castañas. Una prostituta se separó de un pequeño corrillo de mujeres de la calle que estaba en una esquina y trató al Profesor de forma natural.
– Hola, chéri -comenzó animadamente-. Puedo hacerte pasar el mejor momento de tu vida -su pequeña nariz estaba azulada por el frío y sus dientes castañeaban.
Durante un momento, Moriarty abandonó un poco el papel de Jarvis Morningdale.
– Tócame, ramera, y tendré tu corazón -pronunció con afectación.
La chica le escupió directamente y Moriarty alargó la mano, agarró con el puño su barato abrigo y tiró de ella hacia sí, habiéndola en un francés bastante rápido, en el argot de las callejuelas y callejones.
– Ferme ton bec, ma petite marmite, ou je casse ton aileron [19].
La empujó por la espalda, de forma que se balanceó y cayó en la cuneta. Los modales de Moriarty, más que sus palabras, la hicieron callar. Cuando ella se hubo levantado, él ya se encontraba en un coche, ordenando al conductor que le llevara a la Rué Veron.
La Maison Vide tenía una pequeña fachada, una puerta con un diseño oriental en el porche, una ventana decorada desde el interior con una lamparilla de vidrio rojo y varios carteles que anunciaban a las artistas que actuaban en ese momento o que habían actuado anteriormente en ese lugar.
Un hombre de vigorosa mandíbula cogió la pequeña propina que le dio Moriarty al solicitar su entrada y le condujo hasta un camarero con pajarita y un manchado y arrugado traje de noche. El interior no era distinto a los demás cabarets de su tipo: mesas rústicas agolpadas, separadas de la pista de baile por una barandilla de madera. En el extremo más alejado se encontraba una banda, con los músicos muy apretados en una esquina junto al pequeño escenario. El local estaba abarrotado, obviamente estaba de moda, y Moriarty tuvo que parpadear una o dos veces para acostumbrarse a la densa capa del humo de cigarros. El camarero, con extraordinaria precisión, le acompañó entre las mesas, con un complicado y encadenado baile, hasta un lugar que acababan de desalojar un hombre y una mujer. La silla todavía estaba caliente por el trasero de la mujer, y el vaso que estaba delante del Profesor podría haber sido el que ella acababa de utilizar, los desperdicios tirados por el suelo. No tuvo necesidad de pedir, ya que el camarero sacó una botella como por arte de magia, la descorchó y llenó una copa, antes de tener oportunidad de pedir otra cosa. El champán no tenía gas.
Ahora que estaba sentado, tendría tiempo para mirar alrededor. La banda tocaba un fuerte acorde, el tambor, con un pequeño redoble, sonaba como una lata de galletas, y las cortinas del pequeño escenario se dividían y revelaban un pequeño diván. Con otro redoble del tambor, apareció una regordeta y coqueta chica por detrás de las cortinas, guiñando el ojo y mirando de forma incitadora a los clientes, quienes, por sus gritos y silbidos, mostraban que estaban totalmente predispuestos para su actuación.
La chica, que estaba completamente vestida, caminó con pasos menuditos hasta llegar abajo del escenario, avanzando con una exagerada cojera. Se paró. Guiñó un ojo y, de repente, reaccionó como si algo le picara o mordiera junto a su pecho derecho. La audiencia, obviamente muchos ya habían visto la actuación, se rió a carcajadas. Sin duda, a la chica le estaba causando grandes molestias una pulga. Como las molestias iban en aumento, y ella se rascaba cada vez más, se vio obligada a quitarse el vestido para atrapar al molesto y diminuto insecto. Cuando se hubo quitado el vestido, el imaginario insecto cambió de lugar, y así sucesivamente, siempre siendo necesaria la eliminación de alguna prenda interior, hasta que se quedó, con coquetería, con muy poca ropa [20].
El desvestimiento final fue tan inevitable como que la noche siga al día, y la actuación terminó con un estrepitoso aplauso. La banda empezó a tocar de nuevo y el Profesor comenzó a mirar alrededor.
Jean Grisombre estaba sentado en una gran mesa colocada junto a la pista de baile, dispensando hospitalidad a dos tíos de aspecto duro que bien podrían haber sido banqueros. Grisombre era un hombre bajo y ágil, que se movía como un bailarín, pero con una cara que no tenía ninguno de los encantos necesarios para esa profesión. Era poco expresivo y rara vez sonreía abiertamente, sólo su boca se movía en un reflejo casi simulado. Estaba sentado enfrente de los dos hombres de negocios, flanqueado por sus dos omnipresentes guardaespaldas, los dos con aspecto de apaches: delgados, con caras muy morenas y moviendo los ojos constantemente.
Al cabo de unos diez minutos, el par de serios hombres de negocios se levantó. Grisombre les estrechó la mano con una solemne despedida. Algún tipo de unión se había sellado con el vino. Moriarty se preguntó quién sería traicionado o a quién robarían, estafarían o peor aún. Uno de los guardaespaldas acompañó a los invitados hasta la puerta, mientras Grisombre hablaba tranquilamente, como si estuviera dando órdenes, con el otro.
El Profesor estaba observando el movimiento de sus labios y casi podía oír la voz de Grisombre durante el último de sus encuentros. «Lo siento -dijo-. Es la decisión de todos. Si uno de nosotros hubiera fracasado y se encontrara en una comprometida situación con la policía, usted haría lo mismo sin ninguna duda. Nos ha fallado como líder, Profesor, y tengo que pedirle que deje París y se marche de Francia cuanto antes. No hay nada más que decir, excepto que yo no le puedo garantizar su protección aquí durante más tiempo.»
Bien, pensó Moriarty, pronto olfatearás mi cebo y suplicarás de nuevo mi liderazgo. Levantó la mano para llamar la atención del camarero que se encontraba más próximo, que fue rápidamente, preocupado, pero inclinándose de forma zalamera.
– ¿Otra botella, señor?
– Desearía hablar con Monsieur Grisombre.
[19] Literalmente, «Cierra el pico, pequeña marmita, o te romperé un ala». El argot criminal francés, según M. Joly, «transforma las formas vivas en cosas, compara al hombre con los animales». De esta forma: la boca es un bec y el brazo un aileron. El comentario más insultante de Moriarty fue llamar a la chica marmite: la que mantiene a un chulo putas.
[20]Tales representaciones -como la famosa Le Coucher d'Yvette- eran frecuentes en los cabarets de Montmartre. Una de las artistas más famosas fue Angele Hérard, que se desnudaba mientras simulaba la caza de una pulga. Pero es poco probable que fuera Mme. Hérard a quien Moriarty viera en La Maison Vide, ya que ella lo representaba casi exclusivamente en el Casino de París.