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– ¿Cuánto? -dijo sencillamente. La pregunta que Moriarty había estado esperando.

– Yo soy un hombre rico, monsieur. Seis millones de libras esterlinas. Pero con una condición.

– Sí.

– Que no se descubra el robo.

– ¿Que se sustituya la verdadera pintura por una reproducción?

– Algo así. ¿Conoce a alguien que le pueda proporcionar un buen trabajo, que pase hasta la inspección más minuciosa?

– Posiblemente sólo hay tres hombres con ese talento.

– También yo me he informado. ¿Sus nombres?

– ¡Oh, no, señor Morningdale! Le doy los nombres y, quizá, usted gane una gran suma de dinero.

La cabeza de Moriarty comenzó a oscilar de un lado a otro. Tenía que utilizar gran fuerza de voluntad para controlar la acción nerviosa.

– Muy bien -dio un sorbo a su brandy-. Un hombre de París llamado Pierre Labrosse; un inglés, Reginald Leftly; y un artista que vive en Holanda y se llama a sí mismo Van Eyken, aunque ése no es su verdadero nombre.

La voz de Grisombre decayó hasta convertirse en casi un susurro.

– Estoy impresionado, señor Morningdale. Debe tomarse muy en serio todo esto.

– Deseo ser el propietario de esa pintura: la Mona Lisa, la Madonna Lisa, La Joconde, la Gioconda. La dama con la sonrisa esperando sentada en el Salón Carré. Naturalmente, yo soy serio y quiero decirle algo más. Labrosse no es bueno. Bebe demasiado y sé que ahora se ha marchado de París. El denominado holandés es viejo y de poca confianza, aunque probablemente sería el que hiciera la mejor imitación. Reginald Leftly es el único candidato posible. De la misma forma que usted es el único hombre con valor y recursos para cambiar la pintura.

El francés movió la cabeza para indicar que estaba de acuerdo. Era como un pez con la boca abierta, deslizándose rápidamente por el agua para alcanzar el cebo y el anzuelo.

Moriarty ahora tenía que jugar con discreción.

– Le pagaré cinco mil libras ahora, para cubrir sus gastos. Después, tendrá que moverse rápidamente. Yo estaré en Londres durante una semana: del 8 al 13 de marzo. En el Hotel Grosvenor. Si desea llevar a cabo este encargo, envíeme un telegrama durante esos días. Dirá, La dama espera verle. Lo firmará Georges, y eso querrá decir que ya ha cambiado la pintura. Yo esperaré en el Hotel Grosvenor, todas las noches de ocho a nueve hasta el día 13, la llegada de ese telegrama. Me llevará la pintura allí. A cambio, le pagaré los millones restantes.

– Es una gran suma de dinero -la voz de Grisombre era gutural, ronca, como si pensar en tal riqueza fuera demasiado.

Jarvis Morningdale sonrió y extendió su mano en un acto casi humilde.

– Tengo muchísimo dinero -dijo.

Al cabo de veinticuatro horas, Jean Grisombre ya había llamado al americano del Crillón y recogido las cinco mil libras esterlinas. A las cuarenta y ocho horas, Jarvis Morningdale y su secretario habían salido de Francia y James Moriarty había regresado a Albert Square. Pasaron ocho semanas hasta que Morningdale resucitó.

Ocho semanas de crudo tiempo invernal, hielo y nieve que iban dando paso gradualmente a los primeros indicios de la primavera.

Hacia finales de enero, Angus McCready Crow estaba ocupado en el rastreo y detención de James Moriarty.

Su idea sobre el asunto había sido clara. Aproximadamente una semana después de las Navidades, Crow se dio cuenta de que había muy pocas esperanzas de que algún policía, o detective, detuviera a Ember o Lee Chow o a cualquiera de los demás nombres asociados al Profesor.

Ahora estaba seguro de que Moriarty estaba relacionado con una serie de vendettas y, como una de las víctimas, Schleifstein, parecía haber desaparecido, la respuesta estaba en salir y vigilar a los otros.

Según parecía, Holmes tenía gente en el continente que le informaba de cualquier cosa inusual concerniente a Grisombre, Sanzionare o Segorbe. Pero el detective tenía claro que no se debía tener demasiada confianza en estos espías. Crow, sin embargo, tuvo que hacer algunos movimientos solo. Comenzó escribiendo a su viejo amigo Chanson, de la Policía Judicial, indicándole que le sería de gran ayuda cualquier información actual sobre Jean Grisombre -contactos, gente extraña, repentinos movimientos, incidentes inusuales-. Al mismo tiempo, Crow escribió cartas similares a algunos policías de Roma y Madrid. Estas cartas estaban dirigidas a hombres que no conocía -el capitán Meldozzi de los Carabinieri y el capitán Tomaro de la Guardia Civil-, aunque ambos eran muy conocidos en sus propias fuerzas. Ambos respondieron a su carta, asegurándole, con frases casi poéticas, que le ayudarían de cualquier forma posible, pero sin aportar nada sustancioso en cuanto a Sanzionare o Segorbe. Solamente Chanson le proporcionó información, aunque escasa. Grisombre, dijo, se había mantenido apartado, pero había notado un pequeño detalle a comienzos de año. Se refería a una visita que el líder francés de la banda había hecho al hotel Crillon, en el número 10 de la Place de la Concorde, la noche del 4 de enero.

Un detective del primer Distrito, que abarcaba los números del 1 al 8 -el Crillón estaba situado en el 8-, se encontraba en el hotel la noche en cuestión, haciendo unas preguntas relacionadas con una queja de poca importancia, cuando reconoció a Grisombre en el vestíbulo. Ver a Grisombre en el Crillón puso al detective en guardia. Inmediatamente preguntó por las joyas que estaban guardadas en la caja de caudales del hotel y preguntó al conserje que se encontraba trabajando sobre Grisombre. Mediante estas preguntas, el detective sacó la conclusión de que Jean Grisombre había sido invitado por un huésped americano, el señor Jarvis Morningdale. También obtuvo una descripción de Morningdale con una nota que explicaba que había llegado a Francia desde Dover el 3 de enero, viajando directamente a París, y que había salido por la misma vía dos días más tarde.

Chanson no pudo resistir una disimulada indirecta al final de la carta, diciendo que esperaba que esas fechas de entrada y salida fueran útiles, ya que la policía británica no tenía ninguna pista de los movimientos del americano, al permitir, como hacían, que los visitantes recorrieran el país a voluntad.

El detective francés sabía que Crow había sido partidario del sistema de la cai te d'identité (y el Meldewesen alemán) para mantener vigilados a los visitantes [21]. Crow estaba irritado por esta interrupción y decidió que era el momento de enviar otra memoria sobre este asunto al jefe de policía, aunque quizá no sirviese de nada.

Sin embargo, Angus Crow tenía otros pensamientos en la cabeza. El número de crímenes que estaba investigando había aumentado considerablemente durante las Navidades, y a este incremento de trabajo no le ayudaba la situación doméstica en el número 63 de King Street. No era fácil para él resignarse a las numerosas veladas y cenas que Sylvia concertaba, por no mencionar aquéllas a las que estaban invitados. Repetidas veces, Crow volvía tarde a King Street, cansado por las investigaciones que le habían llevado a horribles zonas de la capital, o incluso más lejos, para encontrar a Sylvia con un ánimo quisquilloso y susceptible. Los invitados estaban a punto de llegar en cualquier momento o sólo disponía de media hora para ir a algún lugar, normalmente a casa de personas con las que Crow tenía muy poco en común. Pero nada podía parar a Sylvia, que estaba determinada a elevarse en sociedad, y Crow se sentía bastante incapaz de hacer comprender a su obsesionada mente que sólo se estaba mezclando con gente que tenía las mismas pretensiones que ella: un estrato medio dentro de la clase media que vivía en las nubes.

Esta eterna y cómica tarea de cenas y veladas musicales estaban también arruinando los placeres del dormitorio, y Crow estaba empezando a descubrir que las desenfrenadas pasiones que había tenido antes de su matrimonio ahora se estaban apagando y, a veces, ni existían.

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[21] (*) Tanto la Policía como el Gobierno Británicos se oponían fuertemente a los diferentes sistemas continentales -que seguían con detalle la pista de todos los movimientos personales-, ya que lo consideraban una violación de la libertad individual.