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Crow le pasó un gran volumen que contenía un índice en el que Holmes tenía todas las referencias sobre todas las materias y personas que le resultaban de interés.

– Barnes… -Holmes pasó las páginas-. Baker… Baldwin… Balfour-mal negocio éste, Crow, catorce años de trabajos forzados [22]… Banks, Isabella, una sombra antes de mis trabajos, pero interesante como todos los doctores asesinos [23].

Ah, aquí está, ya me lo figuraba, Barnes, Henry: nacido en Camberwell en 1850. Delincuente común. Vagabundo en 1889, aunque con algunos recursos. Véase Parker. Una hija, Harriet, criada en centros públicos. Prostituta en 1894, trabajaba en una casa propiedad de la señora Sally Hodges. ¿No le quita esto un peso de encima, Crow?

– Yo no…

– ¿De veras? Parker, como ambos sabemos, dirigió la red de espías de Moriarty durante bastante tiempo. Barnes trabajó para él, y si no tiene idea de quién es Sally Hodges, entonces no tiene ningún derecho a su actual ocupación. El Profesor ya está sobre usted, Angus Crow, y ha caído en la trampa como un conejo. Moriarty es diabólicamente listo. Le he visto hacer este juego una y otra vez. Captura a la gente por la cintura, los atrapa por su punto más débil. La señorita Harriet estaba encargada de llevarle hacia la trampa y… -se había levantado y estaba paseando por la habitación de forma agitada-. Una pena no poder meter a Watson en esto. A usted tenemos que darle un respiro para que pueda recuperar sus sentidos y librarse de la cólera que le va a invadir. Le sugeriría un buen doctor que le ordenara descansar durante una semana o dos. En ese tiempo bien podremos atrapar a ese endiablado hombre por los talones. Le aseguro que ahora se está tramando un trabajo sucio en Italia o España -dejó de pasear y dirigió la vista hacia Crow-. Conozco a uno bueno en Harley Street. ¿Irá a verle?

– Haré cualquier cosa para llevar una nueva vida. Y acabar con Moriarty.

La furia de Crow, al haber sido engañado por una mujer empleada por el Profesor, podía apreciarse en su cara y en la tensión de su cuerpo.

– El doctor Moore Agar le pondrá bien -Holmes sonrió inexorablemente-. Aunque probablemente esté desesperado conmigo. Hace poco me prescribió una cura de reposo que, de algún modo, he interrumpido. Debe recordarme que le cuente a usted alguna vez el Horror de Cornualles [24].

– Entonces iré a su doctor Agar.

Luigi Sanzionare, el hombre más peligroso de Italia, era una persona de costumbres cuando se trataba de religión. Iba a misa dos veces al año -en Semana Santa y el día de su santo- y se confesaba todos los Sábados Santos, en el mismo confesonario de Il Gesü, la iglesia jesuita de Roma.

No importaba qué asuntos estuvieran pendientes, qué robos se estuvieran preparando, qué órdenes tuvieran que darse a los numerosos hombres y mujeres criminales que le tenían como líder, Luigi Sanzionare siempre hacía del período pascual un tiempo sagrado, asegurando su alma, por tanto, contra el infierno y la condenación.

Su amante, Adela Asconta, que tenía poca fe religiosa, no se preocupaba por la forma en que Luigi se marchaba de su villa de Ostia cada Viernes Santo, y no volvía hasta el Domingo de Resurrección, después de la Misa Solemne en la Basílica de San Pedro, dentro de los muros del Vaticano. Ella bien podría haber permanecido en la gran casa de Via Banchi Vecchi, pero Adela Asconta no soportaba la ciudad en esa época del año: había demasiados forasteros y el lugar se hacía insoportable con tanta gente. Comprendía que esto era bueno para el negocio de su amante, ya que los visitantes eran muy evidentes, sobre todo para los carteristas y los ladrones de hoteles, que tenían sus propios días festivos con los peregrinos de la Ciudad Eterna.

Sin embargo, siempre era lo mismo en Semana Santa. Adela Asconta se inquietaba en Ostia, preocupándose, no por el alma inmortal de Luigi Sanzionare, sino por su posible traición. Luigi tenía atractivo para las mujeres y la Signorina Asconta era extremadamente celosa. Este año todo iba peor que nunca a causa del telegrama de Inglaterra.

El telegrama había llegado el Jueves Santo, cuando Luigi se estaba preparando para ir a la ciudad, le necesitamos aquí urgentemente, asegurado gran beneficio, habitación reservada para usted solo en hotel langham. Willy y jean.

– Willy Schleifstein y Jean Grisombre -le explicó Luigi.

– Ya sé quiénes son. ¿Crees que soy tan idiota como tú? -Para su belleza y encanto, Adela Asconta tenía un temperamento muy fuerte, y el mofletudo Luigi Sanzionare era dueño completo del mundo, excepto cuando se trataba de mujeres. Sobre todo era esclavo de su amante-. ¿Irás a verlos, Gee- Gee? -continuó ella escupiendo fuego-. Son ellos los que deberían venir a ti.

– No me llamarían si no hubiera un gran beneficio, cara mía. Un gran beneficio para comprarte las cosas que más te gustan.

– Y que también te gustan a ti. ¿Irás solo?

– Eso parece. Mi corazón no estará tranquilo hasta que vuelva contigo, Adela. Tú lo sabes.

– Yo no sé nada. También hay mujeres en Londres. ¿Solo, Luigi? ¿Tú crees que eso es seguro, de verdad?

Ella habría preferido que alguno de sus hombres más próximos, Benno o Giuseppe, hubieran ido con él. Ellos la informarían sobre cualquier indiscreción.

– Benno puede venir como mucho hasta París. Después continúo solo.

– ¿Y vas a dejar tu preciada Semana Santa en Roma?

– Nunca. Me marcho el lunes. ¿Crees que me perdería nuestra tarde del Domingo de Resurrección juntos?

– Sí, si eso significa más poder, más dinero.

– Me marcharé el lunes. Hay una dirección de correos aquí -dio unos golpecitos en el telegrama-. Les telegrafiaré hoy.

Tras haber delatado su furia al pensar que iba a separarse de su protector, ahora Adela intentó acercarse de forma mimosa.

– Tráeme algo bonito. Algo realmente especial.

– El regalo de toda una vida.

En realidad, Luigi Sanzionare ya estaba deseando tomarse un respiro de los trabajos del crimen en Roma. La ciudad era un desagradable lugar en ese momento. La política del año pasado todavía reverberaba por las calles. Vivían una época de desorden en Italia, y la derrota del ejército en Adowa el mes de marzo anterior había causado la caída del gobierno. Ahora, un año después, los heridos y prisioneros estaban empezando a regresar, trayendo con ellos su propia humildad, recordando a la gente la inestabilidad.

Sanzionare recordó su encuentro con el Profesor Moriarty en su último viaje a Londres. Moriarty había dicho que deberían pedir el caos, demandar un estado de caos en el que sus propios negocios prosperarían. Ahora se preguntaba si Il Professore tenía razón. No había demasiada prosperidad en recoger la basura de un ejército derrotado. Pero entonces Moriarty había probado su utilidad. Un fracaso. Sí, sería bueno salir de Italia un poco. La primavera pronto se convertiría en verano y Adela nunca había estado en su mejor momento con el calor.

Viajó hacia la ciudad, con Benno, un hombre atezado, con ojos de lince, siempre en un lugar próximo en caso de que los enemigos -y había muchos, sobre todo entre los sicilianos- decidieran que era el momento de un cambio en la estructura de poder.

El Viernes Santo, Sanzionare se dirigió a cumplir con su religión, encaminado a los rituales del día: el descubrimiento de la cruz, la veneración y el canto solemne cuando se quita y lava el altar, como el cuerpo de Cristo después de la crucifixión. Rezó por las almas de sus padres y amigos que habían muerto a su servicio. También rezó por su propia alma y reflexionó sobre la maldad que estaba provocando tantos disturbios en este valle de lágrimas.

Después de la liturgia del día, Sanzionare regresó a su casa de Via Banchi Vecchi y recibió varias visitas: dos hombres a los que les iba a encargar el inicio de un fuego en una conocida tienda de la Via Veneto. El aumento de los precios estaba afectando a todo el mundo. El propietario de este establecimiento no quería pagar más por el honor de estar protegido por la gente de Sanzionare.

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[22] Balfour. Holmes se refiere a Jabez Spencer Balfour, un hombre de negocios inglés que en 1895 fue extraditado desde Argentina y procesado en Londres por fraude a su propio grupo de empresas. Cumplió catorce años de cárcel, durante los cuales escribió su famosa obra: My Prison Life, que posiblemente es el libro mejor escrito de recuerdos carcelarios.

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[23] Isabella Banks (o Bankes). Esposa del bigamo doctor Thomas Smethurst. Smethurst fue encontrado culpablo de envenenar a su esposa en 1859, pero después de la sentencia, una autoridad médica, Sir Benjamín Brodie, fue encargado de investigar el caso para el ministerio del interior. Como resultado, Smethurst fue indultado de la pena de muerte y condenado a un año por bigamia. Holmes deja clara su opinión sobre el caso.

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[24] No se especifica la fecha. Debe haber tenido lugar poco después del 20 de marzo. Holmes estuvo ciertamente en Cornualles entre el 16 y el 20 de marzo, y probablemente después de esos días, que cubren el periodo de «La Aventura del Pie del Diablo», narrada por Watson. En vista de los sucesos posteriores, el interés estriba en la mención de Holmes al doctor Moore Agar, que fue la causa de que el gran detective estuviera en Cornualles. Dado el estado de Holmes, el doctor Agar le recomendó un completo descanso. Como se verá más tarde, la indisposición de Holmes está relacionada con la droga al encontrar vía de suministro en Charles Bignall de Orchard Street.