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– No creo, Esteban. Hay mucho que hacer. Ya se ha desperdiciado y perdido bastante tiempo. Estoy ansioso por realizar mi gran proyecto para los bajos fondos de Europa.

– Entonces yo debo rechazar, de mala gana, el tomar parte en ello.

Obviamente éste fue el final.

Moriarty se levantó.

– Lo sentimos mucho todos. Sin embargo, si tiene claras sus ideas y no podemos hacerle cambiar de opinión, entonces así es como debe acabar. Permítame que le acompañe a la puerta. El coche le llevará de vuelta a su hotel.

Segorbe se despidió y el Profesor le acompañó fuera de la habitación. En la calle no había demasiada actividad. Terremant permanecía de pie junto al cabriolé, y cuando Segorbe y el Profesor se dieron la mano, volviéndose hacia el vehículo, el enorme matón miró significativamente a Moriarty.

El Profesor hizo con la cabeza un movimiento afirmativo hacia abajo, acompañado por una rápida mirada que hablaba del horrible pero justo castigo.

Terremant asintió con la cabeza como respuesta, ayudó al español a entrar en el coche y caminó sin prisa hacia la parte trasera. Antes de subir al asiento del cochero, el matón se agachó debajo del armazón y buscó un gancho que estaba preparado colgando del eje. Lo encontró inmediatamente y lo deslizó alrededor de los radios de la rueda más próxima al freno. Luego, subiendo a su asiento, Terremant aligeró suavemente el caballo hacia Praed Street, llevando colocado un simple pero ingenioso temporizador en funcionamiento.

El gancho, ahora moviéndose rápidamente alrededor de los radios, estaba unido a un resistente sedal de tripa de oveja, que corría libremente por otros ganchos debajo del carruaje. El otro extremo de este sedal desaparecía dentro de una caja de madera de tamaño considerable colocada directamente debajo del asiento del pasajero.

En el interior de la caja se encontraban dos mortíferos objetos: el primero, un viejo mecanismo percutor de sílex, separado en la culata y el cañón, y atornillado firmemente hacia arriba con el disparador hacia abajo; el segundo, y más mortífero objeto, era un apretado paquete de dinamita.

El propio Moriarty había diseñado este método, ya que no se fiaba del incómodo peso de las baterías eléctricas que tan a menudo utilizan en los mecanismos explosivos fabricados. La técnica era simple y casi infalible. El extremo del sedal estaba fuertemente atado al gatillo del mecanismo percutor, que estaba amartillado y cebado. Cuando las ruedas del coche giraran, tirarían del sedal hasta que, al final, se activara el gatillo. El percutor entonces saltaría, produciendo un chispazo y encendiendo cierta cantidad de pólvora, que produciría grandes llamas durante unos segundos. Un trozo de mecha de rápida combustión iría desde una cápsula fulminante en la dinamita y acabaría entre la pólvora sobre el mecanismo de percusión, atado firmemente con un bramante. Una vez que estuviera encendida la pólvora, la mecha comenzaría a arder.

Terremant sabía, por experimentos anteriores, que tenía poco más de tres minutos después de que el caballo comenzara a andar. No le gustaba la idea de tener que activar el mecanismo en una vía pública frecuentada, pero Moriarty había sido inflexible en que, si su utilización se hacía inevitable, la bomba debía arder cerca de los otros líderes. «Las severas lecciones deben verse para creerse», había dicho al matón.

Aunque el tráfico era poco denso en Praed Street, Terremant hizo todo lo posible para dirigir el caballo por la zona más despejada. Aún había algunas personas inocentes en las aceras y, cuando todos se dirigían agrupados hacia la estación terminal de ferrocarril, vio con consternación que un grupo de enfermeras, presumiblemente con rumbo a su trabajo en el hospital de St. Mary, estaban en la acera, esperando para cruzar la calle. Una gran carreta tirada por dos caballos iba delante de él, obligándole a ir despacio. Calculó que ahora tenía sólo un minuto para saltar.

Terremant tiró de la rienda derecha, al tiempo que chasqueaba su látigo sobre los flancos del caballo para adelantar al carro. Oyó cómo una de las enfermeras, que estaba cruzando por delante del carro, gritó con pánico, pero en ese momento él estaba guiando el vehículo hacia un sendero despejado entre el tráfico.

Soltando las riendas, Terremant se volvió y desde su asiento saltó a la acera. El caballo notó que ahora mandaba él y comenzó a correr rápidamente a medio galope. Hubo gritos de consternación por parte de la alarmada gente, incluso un hombre se lanzó para agarrar las riendas que colgaban, aunque sin resultado.

Terremant rodó por el suelo, se levantó y salió corriendo, atropelladamente, bajando hacia Cambrigde Street.

El coche fue dando tumbos por los adoquines, y cuando explosionó se encontraba junto a la estación terminal.

Una nube de llamas escarlatas envolvió todo el vehículo y, en ese mismo instante, se produjo el estruendo de la explosión. Volaron fragmentos en todas direcciones: un pedazo metálico se hizo añicos en un escaparate de una frutería, trozos de madera por el aire, o proyectados con gran fuerza, cayendo de golpe entre los transeúntes y el tráfico.

Hubo gritos y el desesperado relincho del caballo. Una rueda continuó dando vueltas por la carretera y, cuando el humo y los fragmentos cesaron, se hizo visible el caballo, bufando y con un galope preso de pánico, todavía arrastrando los abrasadores ejes, que fue todo que quedó del cabriolé.

Hombres de temple intentaron agarrar las riendas que todavía colgaban, pero el asustado animal se desvió bruscamente, y por poco alcanza a otro cabriolé, cuyo cochero tuvo grandes dificultades para contener a su bestia, que se estaba alzando en los ejes.

El ruido, los gritos y los chillidos eran tan horribles como el mismo sonido del infierno, mientras el desdichado animal seguía corriendo, arrastrando por el suelo los ejes con un horrible ruido.

En el otro lado de la estación, un niño pequeño se había extraviado en la carretera y ahora permanecía helado por el terror. Quizá no tuviera más de dos años de edad y el pobrecito lloriqueaba mientras el caballo avanzaba hacia él; la niñera del niño, presa de terror por su responsabilidad, se quedó inmóvil en la acera.

Fue en ese momento cuando un policía que realizaba su ronda solucionó el problema, corriendo con todas sus fuerzas y lanzándose sobre las riendas. Sus manos agarraron el cuero, donde se colgó con todo su peso, devolviendo al caballo, que casi arrolla al aturdido niño, a su curso natural; gradualmente, fue parando al animal hasta el trote, y luego al paso, cuando ya había sido arrastrado unas cincuenta yardas hacia abajo de la calle, con los tacos metálicos de sus botas sacando chispas en la carretera.

En la habitación que recientemente había abandonado Segorbe oyeron la fuerte explosión y se quedaron de pie, completamente inmóviles, con la cara blanca por el susto.

Todos excepto Moriarty.

– Gott im Himmel -dijo Schleifstein. Sanzionare se santiguó.

– ¿Los Dinamiteros Irlandeses otra vez?(*) -preguntó el visiblemente desconcertado Grisombre.

– No creo -dijo tranquilamente Moriarty-. Me temo que esa pequeña explosión es obra mía, caballeros. Ya pueden llorar el viaje de Estaban Segorbe, que ha ido del bonito cabriolé a Kensal Green [25].

(*) Las bombas terroristas, muy extendidas durante un largo período, fueron bastante frecuentes durante las últimas tres décadas del siglo XIX. El bombardeo en la Prisión Clerkenwell, en 1867, es sólo un ejemplo, tanto de las bombas de grandes dimensiones como de las pequeñas. En marzo de 1881, casi tuvo éxito el intento de volar Mansión House. Dos años más tarde, el objetivo fue la Local Goverment Office, Charles Street, Whitehalclass="underline" esta vez la bomba explotó. En ese mismo año hubo al menos dos explosiones más -en un túnel del metro entre Charing Cross y Westminster y una explosión más seria el 30 de octubre, extrañamente en la estación de metro de Praed Street, causando serios daños a 62 personas-. Las falsas alarmas sobre bombas durante los últimos años de la década de los ochenta fueron tan frecuentes como las recientes experiencias en el Londres contemporáneo; y en febrero de 1884, una explosión destruyó una consigna en la estación de metro de Victoria. El 30 de mayo de ese mismo año, parte del Departamento de Detectives de Scotland Yard fue dañado, y una taberna cercana quedó casi totalmente destrozada. Es posible que aquí se utilizaran dos bombas, siendo la taberna el segundo objetivo. Siguiendo lo que ahora nos puede parecer un modelo casi tradicional, las tácticas terroristas fueron cambiando, y se produjeron daños en el Júnior Carlton Club y la casa vecina de Sir Watkyn Williams Wynn. Ese mismo día -30 de mayo- se evitó una tragedia mayor cuando se desactivaron dieciséis barras de dinamita en la Columna de Nelson. Otros objetivos de ese mismo año, que afortunadamente se descubrieron antes de su detonación, fueron el Puente de Londres, las Casas del Parlamento, Westminster Hall y la Torre de Londres. En 1893, un trabajador de correos murió por la explosión de un paquete bomba y, un año después, otro mecanismo similar explotó en la Oficina de Correos de New Cross. Un rápido resumen no se completaría, de ninguna manera, sin hacer una referencia al desafortunado anarquista Martial Boudin, que murió cuando los explosivos que llevaba explotaron antes de tiempo en Greenwich Park el 15 de febrero de 1894. Este último incidente fue utilizado como base para la novela de Joseph Conrad titulada El agente secreto.

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[25] Moriarty se refiera al Cementerio de Kensal Green.