Entonces supe qué iba a hacer con el coronel Birch, tanto si había viuda como si no. Sería el regalo que me haría a mí misma, pues era probable que no tuviera otra ocasión. Me despedí de él con un gesto de la cabeza.
– Vaya a ver a mi madre, señor. Le está esperando. Lo veré más tarde.
No quería ver cómo entregaba el dinero. Aunque lo agradecía, no quería verlo. Solo deseaba verlo a él. Cuando hubo atado al caballo y entrado en casa, recogí las curis y a continuación eché a andar deprisa hacia Butter Market para recorrer el camino del coronel Birch al revés. Sabía que se hospedaría, como siempre, en el Queen's Arms, en Charmouth, y que por lo tanto volvería a realizar aquel trayecto. Cuando llegué al prado de lord Henley que lindaba con Charmouth Lañe, me encaminé hacia los escalones que permitían cruzar la cerca y me senté en uno a esperar.
El coronel Birch montaba a caballo con la espalda tan recta que parecía un soldadito de plomo. Como el sol estaba bajo detrás de él y proyectaba una sombra alargada delante, no le vi la cara hasta que se paró a mi lado. Cuando vio que subía hasta el peldaño superior y me mantenía en equilibrio allí, me cogió la mano para que no me cayera.
– Mary, no puedo casarme contigo -dijo.
– Lo sé, señor. No importa.
– ¿Estás segura?
– Sí. Hoy es mi cumpleaños. Cumplo veintiuno y esto es lo que deseo.
No era una buena amazona, pero ese día no me dio miedo subir a lomos del caballo ni cabalgar entre los brazos del coronel Birch.
Me llevó tierra adentro. El coronel Birch conocía los alrededores mejor que yo, pues casi nunca iba al campo, ya que me pasaba todo el tiempo en la playa. Cabalgamos entre las sombras del atardecer, iluminadas aquí y allá por haces de luz del sol, hasta la carretera principal que llevaba a Exeter. Cuando las hubimos cruzado, nos dirigimos a los campos, que comenzaban a oscurecerse. No nos susurramos palabras dulces por el camino como las parejas que se cortejan, pues no nos estábamos cortejando. Y yo me relajé entre sus brazos, ya que el caballo se bamboleaba y la silla de montar se me clavaba y tenía que concentrarme para no caerme. Pero estaba donde quería estar y no me importaba.
Nos esperaba un huerto al final del prado. Me tumbé con el coronel Birch sobre un manto de flores de manzano que cubrían el suelo como nieve. Allí averigüé que el rayo puede venir de lo más profundo del cuerpo. No me arrepiento de haberlo descubierto.
Esa noche descubrí algo más, que me vino a la cabeza después. Estaba tumbada entre sus brazos mirando el cielo, donde contaba cuatro estrellas, cuando él me preguntó:
– ¿Qué vas a hacer con el dinero que he dado a tu familia, Mary?
– Saldar las deudas y comprar una mesa.
El coronel Birch soltó una risita.
– Qué práctica eres. ¿Vas a comprarte algo para ti?
– Supongo que me compraré un sombrero. -El mío acababa de quedar aplastado bajo nuestros cuerpos.
– ¿Y algo más ambicioso?
Me quedé callada.
– Por ejemplo, podrías mudarte a una casa con una tienda más grande -continuó el coronel Birch-. Broad Street arriba, por ejemplo, hay un buen local, con una ventana grande y más luz para exponer tus fósiles. Así tendrías más clientes.
– Así pues, espera que siga buscando y vendiendo curis, ¿no, señor? Que no me case y que me dedique a llevar una tienda.
– Yo no he dicho eso.
– No pasa nada, señor. Ya sé que usted no se va a casar conmigo. Nadie quiere como esposa a alguien como yo.
– No pretendía decir eso, Mary. Me has entendido mal.
– ¿De verdad, señor?
Me aparté de su hombro dándome la vuelta y me quedé tumbada en el suelo. Parecía que el cielo se había oscurecido mientras hablábamos, y habían aparecido más estrellas.
El coronel Birch se incorporó con rigidez, pues era mayor y debía de resultarle incómodo estar tendido en el suelo. Me miró. Estaba demasiado oscuro para ver su expresión.
– Estaba pensando en tu futuro como buscadora de fósiles, no como esposa. Hay muchas mujeres (la mayoría, de hecho) que pueden ser buenas esposas, pero solo hay una como tú. Cuando organicé la subasta en Londres conocí a muchas personas que afirmaban saber mucho de fósiles: qué eran, cómo llegaron aquí, qué significaban. Pero ninguna sabe la mitad de lo que sabes tú.
– El señor Buckland sí. Y Henry de la Beche. ¿Y qué me dice de Cuvier? Aseguran que ese Frances sabe más que todos nosotros.
– Es posible, pero ninguno posee el instinto que tú tienes, Mary. Puede que seas autodidacta y que tus conocimientos procedan de la experiencia en lugar de los libros, pero no por eso son menos valiosos. Has pasado mucho tiempo con los especímenes; has estudiado su anatomía y visto sus variaciones y matices. Por ejemplo, reconoces la singularidad del ictiosaurio, que no se parece a nada que hayamos imaginado.
Pero yo no quería hablar de mí ni de curis. Había tantas estrellas ahora que no podía contarlas. Me sentía muy pequeña, clavada en el suelo contemplándolas. Empezaban a hacerme sentir insignificante.
– ¿A cuánta distancia cree que están esas estrellas?
El coronel Birch alzó la cara.
– A mucha. Más de lo que podemos imaginar.
Tal vez se debía a lo que me acababa de pasar, al rayo que había venido de dentro, que me hacía concebir pensamientos más vastos y extraños. Contemplando las estrellas tan lejanas empecé a tener la sensación de que había un hilo entre la Tierra y ellas. Había otro hilo que conectaba el pasado con el futuro, en un extremo del cual estaba el icti, muerto mucho tiempo atrás y esperando a que yo lo encontrara; ignoraba qué había en el otro extremo. Los dos hilos eran tan largos que no podía medirlos, y en el punto donde ambos se unían estaba yo. Mi vida conducía a ese momento, y luego se alejaba de nuevo, como la marea cuando alcanza el punto más alto en la playa y luego baja.
– Todo es tan grande, tan antiguo y lejano… -dije incorporándome movida por la fuerza de ese pensamiento-. Que Dios me asista, porque tengo miedo.
El coronel Birch me puso una mano en la cabeza y me acarició el cabello, que se me había enmarañado de estar tumbada en el suelo.
– No hay nada que temer -dijo-. Estás aquí conmigo.
– Solamente ahora -dije-. Solo en este momento, y luego volveré a estar sola en el mundo. Es duro cuando no tienes a quien agarrarte.
Él no tenía respuesta a mis palabras, y yo sabía que nunca la tendría. Me tumbé de nuevo y contemplé las estrellas hasta que tuve que cerrar los ojos.
8 Una aventura en una vida poco aventurera
Es raro que me sorprenda algo publicado en el Western Flying Post. La mayor parte de las noticias son predecibles: una descripción de una subasta de ganado en Bridport, una crónica de una asamblea pública para hablar del ensanchamiento de la carretera de Weymouth, o advertencias de la presencia de carteristas en la feria de Frome. Leo con cierta distancia incluso los artículos de sucesos más insólitos en los que hay vidas que sufren cambios -un hombre deportado por robar un reloj de plata, un fuego que arrasa medio pueblo-, pues me producen poca impresión. Naturalmente, si el hombre me hubiera robado el reloj a mí o medio Lyme se hubiera incendiado, tendría más interés. Aun así, leo el periódico fielmente, pues al menos me permite enterarme de lo que pasa fuera, en lugar de estar confinada en un pueblo encerrado en sí mismo.