Выбрать главу

– Usted vive en la posada, ¿verdad? -preguntó Holmes.

– Sí, pero no sé lo que oyeron esos locos. Yo estaba en mi taller, trabajando en mi automóvil cuando tuvieron lugar los disparos.

Holmes miró al mayor Ardmont, que le devolvió la mirada con esos penetrantes ojos azules.

– Mayor, usted no parece tener edad como para haberse retirado del servicio.

No ha sido por la edad, señor Holmes. He sido licenciado por una vieja herida que me impide montar a caballo.

– Una lástima -dije.

– Tengo entendido que, la noche del crimen, Eames oyó a su padre discutir con Lauden Edgewick -dijo Holmes, mirando a Millicent.

– Es lo que dice Eames, señor Holmes, y estoy segura de que dice la verdad. Pero sé que, a pesar de sus diferencias, Landen nunca habría matado a mi padre… ¡ni a nadie!

Sus ojos bailaban de furia mientras hablaba. Una muchacha con nervio.

– No nos ha contestado, señor Holmes dijo Phoebe Oldsbolt-. ¿Aceptan usted y el doctor Watson nuestra hospitalidad?

– Son muy amables al ofrecerla, pero les aseguro que no será necesaria dijo Holmes, sonriendo y aparentando perderse por un momento en sus propios pensamientos. Entonces asintió, como si hubiera tomado una decisión sobre algo-. Quisiera hablar con Eames, y luego pasar unas horas en el pueblo.

Millicent parecía sorprendida.

– Por supuesto, señor Holmes. Pero insisto en que, por lo menos, el doctor Watson y usted cenen con nosotros esta noche.

Holmes asintió con una ligera reverencia.

– Es una comida que espero con placer, señorita Oldsbolt.

– Igual que yo -añadí, y seguí a Holmes hasta la puerta.

Afuera, Holmes me habló aparte mientras esperábamos a que nos trajeran un coche de caballos.

– Le sugiero que se quede, Watson. Y que se ocupe de que nadie salga de aquí.

– Pero nadie parece tener intención de marcharse, Holmes.

Miró un momento al cielo.

– ¿Ha visto algún ganso salvaje desde que llegamos aquí, Watson?

– Er… pues claro que no, Holmes. En octubre no hay gansos salvajes en esta parte de Inglaterra. Lo sé bien; he cazado en esta región.

– Precisamente, Watson.

– Holmes…

El cochero trajo el coche. Holmes hizo restallar el látigo y se fue. Me quedé mirando la cada vez más pequeña imagen del coche con la delgada y erecta figura del asiento. En el momento en que se perdieron entre la neblina del paisaje, me pareció ver a Holmes inclinándose hacia adelante, obligando a la yegua a ir más rápido.

Más tarde, cuando volvió, y estábamos vistiéndonos para bajar a cenar, le pregunté para qué había ido al pueblo.

– Para hablar con Annie -me dijo, estirando el enjuto cuello y abrochándose el botón superior.

– ¿Annie?

– La camarera de la posada La Sota del Rey, Watson.

– ¿Y sobre qué, Holmes?

– Sobre algo relacionado con sus deberes, Watson.

Una llamada sonó en la puerta, y Eames nos avisó de que la cena estaba lista. Supe que cualquier otra explicación debería esperar al momento en que Holmes decidiera divulgar los hechos del caso.

A la mesa del gran salón comedor estaban sentados los mismos que estaban en él la primera vez que llegamos. La habitación era de techo alto y resultaba algo lúgubre, con grandes ventanales que miraban a un jardín bien cuidado. En una pared colgaban retratos de varios Oldsbolts del pasado. Ninguno de ellos parecía especialmente feliz, quizá debido al triste negocio en que tanto tiempo llevaba metida la familia.

El carnero asado y los vegetales hervidos estaban soberbios, aunque la educada conversación de la cena resultó vulgar y comprensiblemente tensa.

Fue más tarde, en el salón de paredes de roble, mientras disfrutábamos de un oporto, cuando Millicent Oldsbolt dijo:

– ¿Ha hecho progresos en su viaje al pueblo, señor Holmes?

– Oh, sí dijo el mayor Ardmont -, ¿ha descubierto alguna pista sobre la identidad del asesino? Es lo que fue a buscar, ¿verdad?

– No exactamente -dijo Holmes-. Hace tiempo que sé quién mató realmente a sir Clive. Mi viaje al pueblo tuvo como objeto buscar una confirmación.

– ¡Santo Dios!-dijo Ardmont-. ¿Ya lo sabía?

– ¿Y encontró usted esa confirmación? -preguntó Robby Smythe, inclinándose hacia adelante en su silla.

– Así es -dijo Holmes-. Podemos decir que ya he reconstruido el crimen. El criminal esperó a sir Clive en una arboleda cercana, vio cómo se aproximaba su carruaje, y salió de su escondite para que sir Clive lo viera y se detuviera. Disparó contra sir Clive sin mediar aviso, vaciando la pistola para asegurarse de que su presa moría.

– El fusil Gatling, querrá decir -dijo el mayor Ardmont.

– En absoluto. Una pistola del ejército alemán. Para ser precisos, de las que tienen siete balas en el cargador.

– ¡Pero los disparos rápidos que se oyeron en la posada! -exclamó Robby Smythe.

– Enseguida llegaré a eso -dijo Holmes-. El asesino escapó a continuación, pero descubrió que no podría ir muy lejos. Tuvo que deshacer el camino recorriendo a pie toda una milla, coger uno de los caballos del carruaje de sir Clive y utilizarlo para alejarse de la escena del crimen.

Robby Smythe ladeó la cabeza curiosamente.

– ¿Y por qué iba Landen a…?

– Landen no -le interrumpió Holmes-. Otra persona. Cuando oyó a un hombre discutir con sir Clive esa tarde, Eames sólo supuso que era Landen. Landen estaba donde dijo estar en el momento del asesinato, durmiendo en su habitación en la taberna. No volvió a entrar luego por la ventana sin que nadie le viera, como se obstina en afirmar el jefe de policía.

– La teoría del jefe de policía concuerda con los hechos -dijo el mayor Ardmont.

– Pero yo estoy contándole los hechos -replicó Holmes socarronamente.

– Entonces, ¿qué disparos oyeron en la taberna? -preguntó Millicent.

– No oyeron disparos -dijo Holmes-. Oyeron las explosiones continuadas de un motor de combustión interna cuyo amortiguador de sonido había reventado. El conductor del carruaje sin caballos tuvo que pararlo de inmediato, si no quería despertar a todo el mundo en las cercanías, por lo que volvió a la escena del crimen e hizo que el caballo arrastrara el vehículo hasta donde quedase oculto. Luego soltó al animal, sabiendo que volvería al carruaje, o que no pararía hasta la casa.

– Pero, ¿quién…? -Phoebe Oldsbolt no consiguió acabar su pregunta.

Robby Smythe saltó de su silla como un tigre. Arrojó su vaso medio lleno de oporto contra Holmes, que se apartó ágilmente, y cruzó las puertas de cristal, corriendo hacia donde tenía aparcado su carruaje sin caballos, junto al ala oeste de la casa.

– ¡Rápido, Holmes!-grité, sacando mi revólver-. ¡Se escapa!

– No hay necesidad de apresurarse, Watson. Parece ser que las ruedas del señor Smythe son de tipo neumático. Antes de cenar tomé la precaución de soltarles el aire.

– ¿De tipo neumático? -dijo el mayor Ardmont.

– Llenas con una atmósfera bajo presión para que el vehículo pueda desplazarse sobre un colchón de aire, como usted bien sabe, mayor -dijo Holmes.

Enarboló el revólver y corrí hacia las ventanas de cristal. Pude oír pisadas detrás de mí, pero no delante. Recé para que Smythe no hubiera conseguido escapar.

Pero se encontraba forcejeando con una palanca en la parte frontal de un vehículo de aspecto extraño. Su motor renqueaba ahogado pero no conseguía transmitir energía. Cuando me vio, abandonó su carruaje sin caballos y echó a correr. Emprendí la caza y, al darme cuenta de que nunca podría alcanzar a un hombre más joven que yo y en buenas condiciones físicas, disparé al aire.

– ¡Alto, Smythe!

Se volvió y me miró.

– ¡Mostraré la misma piedad que usted tuvo con sir Clive! -grité.

Titubeó, se encogió de hombros, y caminó pesadamente de vuelta a la casa.