Michel hurgó un momento en su cartera tratando de extraer algo. Finalmente, una carpeta de cartón marrón, con varias imágenes tamaño Din A3 en su interior, surgió de entre el amasijo de papeles y cuadernos que custodiaba.
– ¿Te acuerdas de Les mystères de la Cathedrale de Chartres?
Letizia dudó.
– ¿Te refieres a uno de los libros que te quedaste en tu casa?
– Lo dejaste -puntualizó de inmediato-. Pero sí, es ése.
– Si te digo la verdad, no lo leí. ¿A qué viene ese interés?
– Es una lástima, porque en él se cuenta que los constructores de las primeras catedrales góticas francesas, en realidad todas las construidas hasta 1250 con la irrupción de la Inquisición, se levantaron imitando en el suelo la constelación de Virgo, la virgen. ¿Te resulta familiar?
– Claro -balbuceó-. Pero ¿a santo de qué te preocupas tú por una cosa así?
– Porque uno de nuestros satélites fotografió extrañas emisiones de microondas procedentes de esos monumentos. Seguimos sin saber por qué, y por eso voy a Chartres, para tratar de averiguarlo. ¿Lo ves? Se puede ver en estas tomas.
Letizia, como antes hiciera François Bremen o el padre Pierre, se inclinó sobre las imágenes del ERS-1 tratando de emplazar la misteriosa emisión a la que se refería el ingeniero. Se colocó unas gafas de vista cansada que extrajo de su pequeño bolso rojo, y paseó su mirada por las tomas que Michel había extendido frente a ella.
– ¿Conoces algún «efecto» arquitectónico que pueda provocar esta clase de emisiones?
Ella le miró a los ojos, sorprendida.
– ¿Bromeas? El ingeniero no soy yo.
Témoin negó con la cabeza, como si desaprobara aquel comentario.
– Supongo que el padre Pierre te pondría al día de sus investigaciones sobre radiestesia -continuó Letizia-. Yo fui alumna suya, y él nos enseñó que los antiguos sabían que cada figura geométrica, debidamente manejada, emite su propia vibración. Se trata de vibraciones sutiles, que hoy llaman ondas de forma, pero que dudo puedan ser captadas desde el espacio.
– ¿Insinúas que las catedrales son figuras geométricas gigantescas?
– Están hechas usando combinaciones infinitas de ellas.
– ¿Y qué otra posibilidad hay?
– No muchas -dudó Letizia-. En la antigüedad no se habla de muchos objetos capaces de irradiar microondas, la verdad. Sin embargo…
– ¿Sin embargo?
– Bueno, es sólo una posibilidad. En las catedrales de Chartres y Amiens se muestra en sus fachadas un relieve que representa al Arca de la Alianza. Es como si quisieran decirnos que las catedrales representan el nuevo pacto con Dios, y que ellas son la última versión del «vehículo» para comunicar con la divinidad, tal como servía el Arca.
– ¿Y bien?
– En el Éxodo se pone mucho énfasis en el poder del Arca. Nadie podía acercarse sin tomar las medidas oportunas, o vestido de metal, a riesgo de caer enfermo o calcinado en el acto. Suena a radiactividad, ¿no crees?
– ¿Y dónde está el Arca?
– Ésa es la cuestión, nadie lo sabe. Unos creen que fue robada en tiempos de Salomón y llevada a Etiopía; otros, que se la llevó Tito en el año 70 d. C. cuando los romanos saquearon Jerusalén y se llevaron el ajuar del Templo de Salomón, Menorah o candelabro de los siete brazos incluido. Hasta se señala a los templarios como los responsables de su hallazgo, que se cree pudieron haberse traído a Francia en secreto.
Témoin miró a Letizia fascinado. Bella e inteligente, volvía a tener su corazón en un puño.
– ¿Tú por cuál te inclinas?
– Imposible saberlo.
– Yo por la última. Es una corazonada, lo sé, pero buscaré en Chartres.
– ¿Podré acompañarte?
Michel, atónito, la perforó con la mirada.
– Bueno -admitió Letizia-, no me gustaría que descubrieras algo en Chartres y yo no estuviera cerca para verlo. Además, creo que podré serte útil.
– ¿Y Marcel?
– Quedamos en no hablar de eso. ¿Recuerdas?
INTRA NOS EST [32]
Un vértigo extraño se había apoderado del estómago de Jean de Avallon. En realidad, aquello iba mucho más lejos de la simple desazón física: el vértigo se había hecho con el control de todo su cuerpo. Ni sus músculos, ni su voz, ni la fuerza de sus manos anchas y fuertes respondían a sus desesperados requerimientos. Durante unos interminables segundos, flotando en medio de la nada, el caballero luchó denodadamente por orientarse y clavar sus botas sobre algo firme. Pero fue imposible. Aquella especie de torbellino le había arrancado de la tierra y lanzado por los aires venciendo el techo de roca viva de la cripta de Chartres de un modo que no acertaba a explicarse.
¿Qué clase de prodigio era aquél?
El templario, ingrávido aún, no tuvo tiempo para hacerse muchas cábalas más. «Algo» o alguien le había despojado violentamente de su manto y de cuantos objetos metálicos llevaba encima (una hebilla, su daga árabe, un broche, dos cierres para sus botas y un brazalete de cobre que adquirió en Antioquía). Gluk o Felipe no habían sido. De hecho, les había perdido irremediablemente de vista nada más ser atrapado por aquella columna de fuego. ¿Dónde estaban? ¿Habían sido capturados también ellos por aquella fuerza sobrehumana? ¿Era Dios o el Diablo quien jugaba de esa manera con ellos?
Cuando su cuerpo dejó de girar como una peonza y pudo recuperar el equilibrio, lo primero que notó el de Avallon fue un extraño y penetrante olor que manaba de todas partes. Sólo entonces sintió el suelo bajo sus pies. Poco a poco, como si todo hubiera sido un mal sueño, la situación fue tornando a la normalidad: el pitido penetrante que le había abatido en la capilla, la sensación de ser zarandeado por firmes telas de seda, y hasta la fuerza que le impedía abrir los ojos mientras ascendía, desaparecieron al unísono, decreciendo de intensidad. La pesadilla había terminado. O tal vez no.
De rodillas, con las manos apoyadas sobre un suelo liso y frío, el templario comenzó a tomar conciencia de su situación. Todo parecía normal, en efecto, pero pronto se dio cuenta de que los muros de sillería del ábside no estaban ya donde los había visto por última vez. Faltaba el altar, y las hornacinas abiertas en el muro, y el sagrario.
¿Dónde estaba ahora?
Cuando, por fin, pudo echar un vistazo a su alrededor con los ojos bien abiertos, Jean descubrió algo terrible. Las toscas paredes de la cripta, el altar y hasta la Virgen negra que presidía el templo, se habían esfumado. Aislado, sin rastro de Gluk o de Felipe, Jean contempló sobrecogido el extraño recinto en el que parecía atrapado. Se encontraba en una estancia amplia, de paredes redondeadas, sin fisuras, puertas, o junturas entre sus bloques inexistentes. Todo parecía hecho de una pieza, como si estuviera preso dentro de una jaula de metal. Allí no había tampoco ni un mal mueble sobre el que echarse, y la luz, un brillo mortecino y constante, parecía surgir de los propios muros que le confinaban.
– ¡Salve! -gritó dos veces-. ¿Hay alguien?
Nadie respondió. De hecho, sus palabras ni siquiera sonaron con la fuerza acostumbrada.
Un tanto confundido, Jean de Avallon volvió a vociferar otra vez, con más ímpetu aún, su saludo. Tampoco esta vez obtuvo ningún resultado. Y lo que era peor: comenzaba a ser consciente de que estaba a merced de sus captores, si es que de captores se trataba.
Tiritando, acuclillado y con los nervios visiblemente alterados, el caballero recordó entonces los poderosos hechizos de los druidas. ¿Acaso le había engañado Gluk y confinado a una de aquellas tierras sin tiempo que cantaban los trovadores? ¿Tenía Felipe razón al sospechar del druida y había caído en una emboscada? O aún más, ¿no estaría, por ventura, preso en aquel lugar maldito que los campesinos de la Beauce, alrededor de Chartres, llamaban Magonia, y de donde decían provenían los demonios que aterrorizaban a sus hijas vírgenes y destruían sus cosechas?