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– ¿No decías que Occidente?…

– Ya no se trata de eso, cretino. He dicho un montón de gilipolleces a lo largo de mi vida, pero no pienso pasar por ahí. Hasta la guerra tiene sus límites. Y ahí nos hemos pasado. ¿Qué puede esperarse tras el Apocalipsis? ¿Qué va a quedar del mundo, al margen de la pestilencia de los cadáveres y del caos? Hasta el propio Dios se mesaría la cabellera hasta que el cerebro le chorreara por la cara…

Me fusila con el dedo:

– ¡Se acabaron las tonterías! ¡Lo detenemos todo, nos paramos en seco! No irás a ninguna parte. Y tampoco la mierda que llevas en el cuerpo. Una cosa es dar una lección a Occidente y otra mandar el planeta a la mierda. No me apunto a ese juego. Ya no hay juego que valga. Vas a entregarte a la policía. Y ahora mismo. Con un poco de suerte, podrán curarte. Si no, la diñarás tú, y de eso nos habremos librado. ¡Pedazo de imbécil!…

Chaker acude de inmediato. Jadeando. Como si lo persiguiera una jauría de demonios. Cuando entra en mi habitación y descubre al doctor Jalal dislocado sobre la moqueta, con un charco de sangre a modo de aureola, se lleva la mano a la cabeza y suelta un taco. Luego, al verme derrumbado sobre el sillón, se agacha sobre el cuerpo tumbado y comprueba si sigue respirando. Se le demora la mano alrededor del cuello del doctor. La frente se le tensa. Retira lentamente el brazo y se incorpora. Se le quiebra la voz al decirme:

– Ve a la habitación de al lado. Esto ya no es asunto tuyo.

No consigo despegarme del sillón. Chaker me agarra por los hombros y me lleva a rastras hasta el salón. Me ayuda a sentarme en el sofá, intenta arrancar de mi anquilosada mano el cenicero moteado de grumos de sangre.

– Dame eso. Ya acabó todo.

No entiendo qué hace ese cenicero en mi mano, ni por qué tengo los nudillos arañados. Luego recupero la memoria y tengo la sensación de que mi espíritu vuelve a tomar posesión de mi cuerpo; un escalofrío me recorre por entero, fulminante como un rayo.

Chaker consigue que afloje el puño, se apodera del cenicero y lo guarda en el bolsillo de su abrigo. Lo oigo desde la habitación hablar con alguien por teléfono.

Me levanto para ver cómo he dejado al doctor Jalal. Chaker me impide pasar y me conduce, sin brutalidad pero con firmeza, al salón.

Unos veinte minutos después, dos camilleros entran en mi habitación, se atarean alrededor del doctor, le ponen una máscara de oxígeno, lo colocan sobre una camilla y se lo llevan. Los veo desde la ventana meter su bulto en la ambulancia, cerrar las puertas y arrancar haciendo aullar la sirena.

Chaker ha limpiado la sangre de la moqueta.

Está sentado en el borde de mi cama, con la barbilla apoyada en la palma de las manos; mira fijamente, sin verlo, el lugar donde quedó tumbado el doctor.

– ¿Es grave?

– Se recuperará -dice poco convencido.

– ¿Crees que tendré problemas con el hospital?

– Los camilleros son de los nuestros. Se lo llevan a nuestra clínica. No te preocupes por eso.

– Estaba al corriente de todo, Chaker. Del virus, de la clínica, del profesor Ghany. ¿Cómo es posible?

– Todo es posible en la vida.

– Se suponía que nadie lo sabía.

Chaker alza la vista. Sus ojos casi han dejado de ser azules.

– Ya no es problema tuyo. El doctor está en nuestras manos. Sabremos aclarar este asunto. Piensa sólo en tu viaje. ¿Tienes todos tus documentos?

– Sí.

– ¿Me necesitas?

– No.

– ¿Quieres que me quede un rato contigo?

– No.

– ¿Estás seguro?

– Estoy seguro.

Se pone de pie y sale al pasillo.

Dice: Estoy en el bar, por si acaso… Cierra la puerta. Sin una palabra de despedida, sin hacerme la menor señal.

Me informan desde recepción de que ha llegado mi taxi. Recojo mi bolsa, recorro la habitación con la mirada, el salón, la ventana salpicada de sol. ¿Qué me dejo en ella? ¿Qué me llevo? ¿Me seguirán mis fantasmas, sabrán mis recuerdos apañárselas sin mí? Agacho la cabeza y enfilo el pasillo. Una pareja y sus dos crías cargan su equipaje en el ascensor. La mujer no consigue mover su enorme maleta; su marido la observa con desprecio sin ocurrírsele echarle una mano. Bajo por la escalera.

El recepcionista está registrando a dos jóvenes. Me alegro de no tener que despedirme de él. Cruzo el vestíbulo a la carrera. El taxi está aparcado ante el hotel. Me precipito hacia el asiento trasero, con la bolsa a mi lado. El chófer me mira por el retrovisor. Es un chico obeso enfundado en una camiseta blanca. Su largo pelo rizado y negro le cae en cascada por los hombros. No sé por qué, pero me resulta ridículo con sus gafas de sol.

– Aeropuerto.

Asiente con la cabeza y mete primera. Lo hace con soltura, arranca despacio. Se cuela entre un microbús y un camión de reparto y se pierde en medio del tráfico. Hace calor para ser abril. Los aguaceros han dejado bien regada la humeante calzada. Los rayos de sol rebotan como balas sobre la carrocería de los coches.

Al detenerse en un semáforo, el chófer enciende un cigarrillo y sube el volumen de la radio. Fairuz canta Habbeytek. Su voz me catapulta más allá del tiempo y de las fronteras. Aterrizo como un meteorito en el cráter, cerca de mi pueblo, donde Kadem me hacía escuchar las canciones que le gustaban. ¡Kadem!

Me veo en su casa, contemplando el retrato de su primera mujer. Las sirenas de Bagdad… Al final, nunca sabré a qué sirenas se refería. Debí insistir. Habría acabado dejándome escuchar su música, y yo quizás percibiendo el pulso de su genialidad.

– ¿Puede bajar el volumen?

El chófer frunce el ceño.

– Es Fairuz.

– Por favor…

Se siente contrariado, puede que horrorizado. Su adiposo cuello tiembla como un bloque de gelatina.

– Si quiere, puedo apagar la radio.

– Me vendría bien.

Apaga. Está indignado, pero se resigna.

Intento no pensar en lo que ocurrió la víspera, pero me doy cuenta de que no puedo quitármelo de la cabeza. Los gritos del doctor Jalal resuenan bajo las duelas de mi cráneo, atronadores como los de una hidra herida. Desplazo la mirada hacia el gentío que deambula por las aceras, los escaparates de las tiendas, los coches que se van relevando a diestro y siniestro, y, allá donde miro, sólo lo veo a él, con su gesto incoherente, la lengua espesa, pero las palabras insoslayables. El tráfico se despeja al tomar la carretera del aeropuerto. Bajo la ventanilla para evacuar el humo que suelta el chófer. El viento me abofetea la cara sin refrescarme. Me arden las sienes y tengo la tripa revuelta. No he pegado ojo en toda la noche. Tampoco he comido nada. Me he quedado encerrado en mi habitación, desgranando las horas y resistiéndome a las ganas de meter la cabeza en el bidé para vomitar hasta mis tripas.

Los mostradores de facturación están atestados. Una voz femenina ganguea por los altavoces. La gente se abraza, se separa, se vuelve a juntar, se busca entre el barullo. Cualquiera diría que todo el mundo está a punto de evacuar Líbano. Me pongo en la cola, espero mi vez. Tengo sed, me duelen atrozmente las pantorrillas. Una joven me ruega que le entregue mi pasaporte y mi billete de avión. Me dice algo que no entiendo. ¿No lleva equipaje? ¿Por qué me preguntará si llevo equipaje? Se inclina hacia mi bolso. ¿Se lo queda usted? Pero bueno, ¿qué pasa aquí? Pega una etiqueta alrededor de una de las correas de mi bolsa. Me indica un número en mi tarjeta de embarque, y un horario, y luego me señala con el brazo el lugar donde la gente se despide antes de separarse. Recojo mi bolsa y me dirijo hacia otros mostradores. Un agente uniformado me pide que deje la bolsa sobre una cinta transportadora. Al otro lado del cristal una señora vigila una pantalla. Mi bolsa desaparece por un cajón negro. El agente me tiende una bandejita y me insta a dejar sobre ella todos los objetos metálicos que llevo encima. Obedezco. Las monedas también. Paso por un detector de metales. Un hombre me intercepta, me registra a fondo y me deja seguir. Recupero bolsa, reloj, cinturón y monedas, y alcanzo la puerta indicada en la tarjeta de embarque. No hay nadie en el mostrador. Elijo un asiento cerca del ventanal y contemplo el baile de los aviones sobre el macadán alquitranado. Sobre la pista, los aparatos aterrizan y despegan uno tras otro. Estoy nervioso. Es la primera vez en mi vida que pongo los pies en un aeropuerto.