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Ella, que había vivido de las sobras, pudo ser, fugazmente, una elegida. Le fue permitido sentarse a la mesa. Después de los postres, se rompió el encanto. Pero mientras su sueño transcurría, Brasil había continuado siendo un país donde cada día quedan cien obreros lisiados por accidentes de trabajo y donde, de cada diez niños, cuatro nacen obligados a convertirse en mendigos, ladrones o magos.

Aunque sonrían las estadísticas, se jode la gente. En sistemas organizados al revés, cuando crece la economía también crece, con ella, la injusticia social. En el período más exitoso del “milagro brasileño”, aumentó la tasa de mortalidad infantil en los suburbios de la ciudad mis rica del país. La súbita prosperidad del petróleo en Ecuador trajo televisión en colores en lugar de escuelas y hospitales.

Las ciudades se van hinchando hasta el estallido. En 1950, América Latina tenía seis ciudades con más de un millón de habitantes. En 1980 tendrá veinticinco. Las vastas legiones de trabajadores que el campo expulsa comparten, en las orillas de los grandes centros urbanos, la misma suerte que el sistema reserva a los jóvenes ciudadanos “sobrantes”. Se perfeccionan, picaresca latinoamericana, las formas de supervivencia de los buscavidas. “El sistema productivo ha venido mostrando una visible insuficiencia para generar empleo productivo que absorba a la creciente fuerza de trabajo de la región, en especial los grandes contingentes de mano de obra urbana…”.

Un estudio de la Organización Internacional del Trabajo señalaba no hace mucho que en América Latina hay más de 110 millones de personas en condiciones de «grave pobreza». De ellas, setenta millones pueden considerarse “indigentes”. ¿Qué porcentaje de la población come menos de lo necesario? En el lenguaje de los técnicos, recibe «ingresos inferiores al costo de la alimentación mínima equilibrada» un 42 por ciento de la población del Brasil, un 43% de los colombianos, un 49 % de los hondureños, un 31 % de los mexicanos, un 45 % de los peruanos, un 29,% de los chilenos, un 35 % de los ecuatorianos.

¿Cómo ahogar las explosiones de rebeli6n de las grandes mayorías condenadas? ¿Cómo prevenir esas posibles explosiones? ¿Cómo evitar que esas mayorías sean cada vez más amplias si el sistema no funciona para ellas? Excluida la caridad, queda la policía.

17. En nuestras tierras, la industria del terror paga caro, como cualquier otra, el know how extranjero. Se compra y se aplica, en gran escala, la tecnología norteamericana de la represión, ensayada en los cuatro puntos cardinales del planeta. Pero sería injusto no reconocer cierta capacidad creadora, en este campo de actividades, a las clases dominantes latinoamericanas.

Nuestras burguesías no fueron capaces de un desarrollo económico independiente y sus tentativas de creación de una industria nacional tuvieron vuelo de gallina, vuelo corto y bajito. A lo largo de nuestro proceso histórico, los dueños del poder han dado, también, sobradas pruebas de su falta de imaginación política y de su esterilidad cultural. En cambio, han sabido montar una gigantesca maquinaria del miedo y han hecho aportes propios a la técnica del exterminio de las personas y las ideas. Es reveladora en este sentido, la experiencia reciente de los países del río de la Plata.

“La tarea de desinfección nos llevará mucho tiempo”, advirtieron de entrada los militares argentinos. Las fuerzas armadas fueron convocadas sucesivamente por las clases dominantes de Uruguay y Argentina para aplastar a las fuerzas del cambio, arrancar sus raíces, perpetuar el orden interno de privilegios y generar condiciones económicas y políticas seductoras para el capital extranjero: tierra arrasada, país en orden, trabajadores mansos y baratos. No hay nada más ordenado que un cementerio. La población se convirtió de inmediato en el enemigo interior. Cualquier signo de vida, protesta o mera duda, constituye un peligroso desafío desde el punto de vista de la doctrina militar de la seguridad nacional.

Se han articulado, pues, complejos mecanismos de prevención y castigo.

Una profunda racionalidad se esconde por debajo de las apariencias. Para operar con eficacia, la represión debe parecer arbitraria. Excepto la respiración, toda actividad humana puede constituir un delito. En Uruguay la tortura se aplica como sistema habitual de interrogatorio: cualquiera puede ser su víctima, y no sólo los sospechosos y los culpables de actos de oposición. De esta manera se difunde el pánico de la tortura entre todos los ciudadanos, como un gas paralizante que invade cada casa y se mete en el alma de cada ciudadano.

En Chile, la cacería dejó un saldo de treinta mil muertos, pero en Argentina no se fusila: se secuestra. Las víctimas desaparecen. Los invisibles ejércitos de la noche realizan la tarea. No hay cadáveres, no hay responsables. Así la matanza -siempre oficiosa, nunca oficial- se realiza con mayor impunidad, y así se irradia con mayor potencia la angustia colectiva. Nadie rinde cuentas, nadie brinda explicaciones. Cada crimen es una dolorosa incertidumbre para los seres cercanos a la víctima y también una advertencia para todos los demás. El terrorismo de estado se propone paralizar a la población por el miedo.

Para obtener trabajo o conservarlo, en Uruguay, es preciso contar con el visto bueno de los militares. En un país donde tan difícil resulta conseguir empleo fuera de los cuarteles y las comisarías, esta obligación no sólo sirve para empujar al éxodo a buena parte de los trescientos mil ciudadanos fichados como izquierdistas. También es útil para amenazar a los restantes. Los diarios de Montevideo suelen publicar arrepentimientos públicos y declaraciones de ciudadanos que se golpean el pecho por si acaso: “Nunca he sido, no soy, ni seré…”.

En Argentina ya no es necesario prohibir ningún libro por decreto. El nuevo Código Penal sanciona, como siempre, al escritor y al editor de un libro que se considere subversivo. Pero además castiga al impresor, para que nadie se atreva a imprimir un texto simplemente dudoso, y también al distribuidor y al librero, para que nadie se atreva a venderlo, y por si fuera poco castiga al lector, para que nadie se atreva a leerlo y mucho menos a guardarlo. El consumidor de un libro recibe as! el trato que las leyes reservan al consumidor de drogas [95]. En el proyecto de una sociedad de sordomudos, cada ciudadano debía convertirse en su propio Torquemada.

En Uruguay, no delatar al prójimo es un delito. Al ingresar a la Universidad, los estudiantes juran por escrito que denunciarán a todo aquel que realice, en el ámbito universitario, “cualquier actividad ajena a las funciones de estudio”. El estudiante se hace co-responsable de cualquier episodio que ocurra en su presencia. En el proyecto de una sociedad de sonámbulas, cada ciudadano debe ser el policía de sí mismo y de los demás. Sin embargo, el sistema, con toda razón, desconfía. Suman cien mil los policial y los soldados en Uruguay, pero también suman cien mil los informantes. Los espías trabajan en las calles y en los cafés y en los ómnibus, en las fábricas y los liceos, en las oficinas y en la Universidad. Quien se queja en voz alta porque está tan cara y dura la vida, va a parar a la cárceclass="underline" ha cometido un “atentado contra la fuerza moral de las Fuerzas Armadas”, que se paga con tres a seis años de prisión.

18. En el referéndum de enero del 78, el voto por si a la dictadura de Pinochet se marcó con una cruz bajo la bandera de Chile. El voto por no, en cambio, se marcó bajo un rectángulo negro.

El sistema quiere confundirse con el país. El sistema es el país, dice la propaganda oficial que día y noche bombardea a los ciudadanos. El enemigo del sistema es un traidor a la patria. La capacidad de indignación contra la injusticia y la voluntad de cambio constituyen las pruebas de la deserción. En muchos países de América Latina, quien no está desterrado más allá de las fronteras, vive el exilio en la propia tierra.

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[95] En Uruguay, los inquisidores se han modernizado. Curiosa mezcla de barbarie y sentido capitalista del negocio. Los militares ya no queman los libros: ahora los venden a las empresas papeleras. Las papeleras los pican, los convierten en pulpa de papel y los devuelven al mercado de consumo. No es verdad que Marx no esté al alcance del público. No está en forma de libro. Está en forma de servilleta.