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Era un domingo por la noche, también de otoño, en el aire tibio se percibía ya un soplo húmedo y destemplado, casi se notaba en la boca su sabor metálico, y el tranvía iluminado traqueteaba apaciblemente por la ciudad, oscura y desierta, a ¿esar de la hora relativamente temprana.

Como de costumbre, viajábamos en la plataforma vacía porque allí, so pretexto de sujetarnos, podíamos asirnos de la mano, íbamos al teatro, y no recuerdo con motivo de qué Melchior empezó a hablar de la sublevación de Berlín de mil novecientos cincuenta y tres, cuando, el dieciséis de junio, una lluviosa mañana, dos celosos funcionarios del partido, instructores del pueblo, se dirigían tranquilamente al bloque cuarenta, todavía en construcción, de la Stalinallee, después Karl-Marx-Allee, para convencer a los descontentos y, por supuesto, hambrientos obreros de la construcción -encofradores, albañiles y carpinteros- de la imperiosa necesidad de aumentar la cuota de producción; pero aquella mañana los hombres no sólo no se mostraron dispuestos a comprender lo evidente -cierto, hacía una mañana de perros-, sino que exigieron la inmediata revocación del nuevo reglamento, echaron a los emisarios y poco faltó para que dieran una paliza a los bienhechores del pueblo, no menos indignados que ellos; después, unos ochenta individuos marcharan en dirección a la Alexanderplatz en cerradas filas, coreando consignas recién inventadas, tales como, dijo Melchior: «Wir sind keine Knechte, Berliner fordert euer Rechte.» [1]

La indignación, expresada en toscas rimas, en las que él encontraba una métrica muy bella, la rapidez con que crecía el pequeño grupo hasta formar un impetuoso río de gente, la plataforma abierta, el tranvía que iluminaba la noche otoñal con sus luces amarillas, su mano, que ahora había perdido algo de su cariñosa sensibilidad, en mi mano, el traqueteo cencerreante, el sabor de la bruma tibia en mi lengua, aquella sonrisa con la que se distanciaba de sí mismo y de su relato, el sardónico regocijo de sus ojos, suavizado por destellos de humor, las palabras familiares que en la lengua extranjera me parecían más reales y elocuentes, como «instructores del pueblo», «cuota de producción», «intereses de la economía popular», todo ello me conmovía, no sabía por qué.

Me parecía sentir en los pies y en los brazos la tensión de la alerta constante, y tuve la sensación de que ahora, por fin, mi cara se libraba de aquella repulsiva parálisis.

Me había hecho retroceder en el tiempo, me había puesto en movimiento, me había ofrecido la posibilidad de una apertura que hasta ese momento ni siquiera había deseado, y mientras su consigna evocaba la creciente multitud que se dirigía hacia a Alexanderplatz, mi propio tranvía de Budapest había quedado atascado en medio de la negra muchedumbre, en el punto de la plaza Marx, en el que, habitualmente, chirriando sobre los raíles, describe un amplio viraje hacia el bulevar Szent István.

Albañiles recién bajados del andamio, amas de casa con el cesto de la compra, estudiantes, chicos de la calle, funcionarios, dependientes de comercio, curiosos, desocupados, viandantes, perros también, seguramente, todos se unieron a la marcha, dijo conteniendo la emoción, y como, en la plaza, al arremolinarse la gente, pareció que la marcha perdía la dirección, empezó a oírse el grito de «¡A Leipziger Strasse, a Leipziger Strasse!», que, poco a poco, se convirtió en expresión de la voluntad general; había cambiado el viento y ahora marchaban sobre los edificios del Gobierno; de pronto, aparecieron ante ellos dos funcionarios del partido, como si con su sola presencia en la calzada pudieran detener aquella riada humana indignada, compuesta ahora por unas doce mil personas que, por su vasto caudal, avanzaba con lentitud; «¡hay que evitar el derramamiento de sangre!», gritó uno, y «¡no vayáis al Sector Occidental, que no corra la sangre!», vociferó otro, y la marcha se detuvo unos momentos, como para tomar aliento, y se oyó un nervioso arrastrar de pies, «¿es que vais a disparar sobre nosotros?», se oyó preguntar desde las primeras filas, y «¡dispararemos si pasáis!». Dijo Melchior que sólo dos palabras, «sangre» y «disparar», de las que se pronunciaron en la cabeza de la marcha, llegaron a los oídos incrédulos de la multitud que, con rabia impotente, se puso en movimiento otra vez, ahora con más fuerza, su cometido era exigir el pan, y por eso había que barrer de allí a aquellos dos.

Era martes, dije yo, agitado, yo estaba allí, lo vi todo, íbamos colgados del estribo del tranvía que avanzaba muy despacio, veíamos todo lo que ocurría, dije hablando con rapidez, como si algo me obligara a responder a su relato con mi relato, a su agitación con mi agitación. Vistas desde allí arriba, las cabezas de tanta gente eran un espectáculo no ya insólito sino desconcertante; la plaza, apenas iluminada por las débiles farolas, parecía caldeada no sólo por un aire muy suave para la estación, sino por infinidad de pies que desfilaban pisando periódicos y octavillas, venían de todas las direcciones, de dos en dos, en largas columnas cerradas, individualmente, en grupos formados sobre la marcha, con pancartas y banderas y se movían en las más diversas direcciones; por ello parecía que los objetivos eran vagos y contrapuestos, sin que aquellas columnas diversas que se esforzaban por avanzar en direcciones distintas, diluyéndose o condensándose, llegaran a estorbarse entre sí, al contrario, como si no hubiera ni que prever semejante contingencia, se movían con decisión y sin prisa hacia su objetivo, la ciudad toda parecía echarse a la calle por los portales, las fábricas, los bares, las escuelas y las oficinas, junto al bordillo, espaciados, había policías, aparentemente indiferentes, o quizá impotentes, que nada podían ni querían hacer frente a aquella inundación que fluía por todos los huecos, lo que provocaba la extraña sensación de que por ello eran tan tolerantes entre sí los grupos que iban en direcciones distintas y con objetivos diversos, porque en ellos o sobre ellos actuaba un principio organizador más poderoso, una fuerza invisible, y el vocerío, los gritos alegres, las consignas vibrantes, los miles de pies que rítmica o desacompasadamente se arrastraban, repicaban, se atrepellaban o crujían, formaban un único fragor confuso y alegre a la vez, tan ligero como el fino relente en el aire cálido del anochecer; no obstante, en el movimiento general y en el clamor que en oleadas se elevaba de aquella masa se distinguía claramente a los que bajo ningún concepto estaban dispuestos a participar, que, siguiendo instrucciones, observaban desde el bordillo y a los que quizá aún no se habían decidido entre sumarse a la acción o retirarse prudentemente hacia un destino particular; éstos, en su mayoría, eran ciudadanos cargados de paquetes o de niños pequeños que deseaban llevarlos a lugar menos peligroso.

El tranvía paró con una sacudida, y el cobrador, para indicar claramente que de allí no pasaba, apagó las luces; nosotros saltamos al suelo, yo iba con dos compañeros de clase con los que ni antes había tenido mucho trato ni después he frecuentado: un chico alto, fuerte y bien parecido llamado István Szentes que, a la más mínima, se liaba a gritos y a bofetadas con unos y otros, y Stark que continuamente guiñaba sus negros ojos tristes, curiosos y un poco miopes y quería estar en todas partes y con todo el mundo, como si le moviera un apasionado afán de asociación, pero siempre temía represalias.

Chicos, me parece que me voy a mi casa, decía, preocupado como siempre; me parece que me voy a mi casa, repetía, pero seguía con nosotros, entusiasmado.

Y esto era lo portentoso, lo impresionante, lo extraordinario de la situación: desde el momento en que saltamos del tranvía y nos envolvió la fuerza irresistible del movimiento, y nos encontramos rodeados de un grupo de hombres jóvenes con aspecto de obreros que cantaban: «Csepel Rojo empieza el combate, vía Váci le sigue a la lucha», vociferando su «vía Váci» con tanto ardor como si quisieran pregonar de dónde venían a todo el mundo y hasta al mismo oscuro cielo del otoño -en realidad, parecían venir directamente de la ducha: aún tenían mojado el pelo de la nuca-, aquí abajo, en medio de la multitud, donde ya habíamos dejado de observar las cosas desde arriba y desde fuera, no nos planteamos en qué dirección íbamos ni por qué; y no es que no hubiésemos podido escabullirnos, ninguno de los imperativos habituales nos retenía allí, pero precisamente por ello tenías que elegir una dirección cualquiera como la única posible, porque en aquellas horas la arrolladora sensación de libertad que irradiaba de la multitud dejaba abiertas todas las posibilidades y todo lo permitía, y cuando todas las posibilidades están abiertas, puedes elegir; sólo se te exige un requisito, el de caminar, como si el ser humano, por esta facultad elemental y común, sólo tuviera que ceder al puro instinto primario de mover el cuerpo, caminar con los que están a su lado, yo con ellos, y ellos, conmigo.

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[1] No somos esclavos, berlineses, reclamad vuestros derechos. (N. de la t.)