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Llevaba todo el día cansada, pero ya me sentía completamente exhausta. Era lo que había intentado decirle a Lotty la noche anterior: no sabía qué me asustaba más, si los musulmanes radicales o los estadounidenses radicales.

No había cenado, y desde luego no tenía fuerzas para cocinar. Me metí en el restaurante y me senté junto a la barra.

El restaurante es un heroico superviviente de los días en que Lakeview era un barrio obrero, de cuando el señor Contreras y yo entramos en la cooperativa de viviendas. Ahora se ha convertido en un vecindario que a duras penas podemos permitirnos. También el restaurante ha cambiado, supongo que para poder sobrevivir. Las mesas de fórmica han desaparecido, y también el pollo frito, y han sido reemplazados por poliuretano y salmón a la parrilla. Esa noche no me apetecía cocina moderna, pero por suerte seguía habiendo algunos antiguos platos en la carta. Pedí un plato de macarrones con queso. No tenían nada que ver con los hacía mi madre, de pasta hecha a mano y bechamel casera, pero de todos modos era una comida reconfortante.

Mientras tomaba una taza del café flojo que dan en los restaurantes, me puse a pensar dónde podría esconder a Benji. No podía llevarlo a mi casa ni a la del señor Contreras. Tampoco podía pedirles a Lotty y a Max que lo acogieran en la suya. Apenas conocía a Amy Blount, y además ella vivía en un estudio. Si pudiera ver a Catherine Bayard por la mañana, quizá ella tuviera algún sitio para emergencias. Tal vez el apartamento que su familia poseía en Hong Kong, o el de Londres. No, eso significaba que tendría que pasar ciertos filtros de seguridad para poder sacarlo del país. Abandoné el tema y me fui a casa a dormir.

47

PIEL DE RINOCERONTE A PRUEBA

Por primera vez en varios días el sol había salido ya cuando me desperté. Quizá eso fuera un buen presagio. Había dormido nueve horas, profundamente, casi sin moverme, a pesar de las preocupaciones que había arrastrado conmigo a la cama. Otra buena señal.

Me puse unos vaqueros y unas zapatillas deportivas. Como los policías me habían seguido hasta San Remigio, iba a dejar el coche en la oficina y quería estar cómoda para moverme por la ciudad. Los perros dieron uno de sus paseos más breves. Los dejé con el señor Contreras y después conduje hasta la oficina, donde estuve el tiempo justo para revisar los mensajes. Nada sobre el informe toxicológico. Ningún mensaje que no pudiera esperar. Puse una batería nueva en el teléfono móvil y me fui.

De camino al metro paré de repente en una panadería y asomé la cabeza por la puerta. Nadie se había detenido en la calzada detrás de mí. Compré un bollito de jengibre, una botella de zumo de naranja, los periódicos matutinos y me apresuré a coger el metro.

La vida de un detective es más dura si usa el transporte público. El metro iba tan repleto que tuve que hacer el viaje de pie. No pude comer ni leer, y cuando me bajé seguía estando a varios kilómetros de mi destino, ya que la línea de Gold Coast es distinta a la que pasa cerca de mi oficina. En División paré un taxi, que me llevó hasta la esquina de Banks y Astor. Al llegar, una mujer joven se metió en el asiento trasero antes de que yo terminara de pagar; eran las ocho y diez, la hora en que agresivos abogados y economistas van a toda carrera a su trabajo.

Crucé la calle y me situé en un punto desde donde pudiera divisar el apartamento de los Bayard. Con el Herald-Star delante de la cara, llamé y pregunté por Renee. Todavía no había salido; colgué en cuanto se acercó al teléfono. Hice un agujerito en el periódico para mirar a través de él; mientras me comía el bollito, observé a niñeras y madres llevando a los niños a la escuela a toda prisa. También presencié la feroz competencia por los taxis entre los que iban a trabajar, incluyendo un combate a empujones entre dos mujeres. Aquélla por la que yo aposté en silencio fue la que perdió.

Renee Bayard probablemente hubiese ganado la batalla por un taxi, pero ella no tenía que pelear por esas cosas: un sedán oscuro esperaba delante del apartamento de Banks Street. A las 8.48 el chófer salió del coche y se puso junto a la puerta trasera. A las 8.50 salió Renee por la puerta principal, una figura imponente vestida de lana azul marino. La acompañaba su hijo. El chófer le abrió la puerta de atrás a Renee, pero Edwards se fue andando por State Street y se encaminó hacia el norte.

Podía dirigirse a cualquier parte, pero Vina Fields Academy se encontraba en esa dirección. Si iba a buscar libros o apuntes para Catherine, Elsbetta lo sabría, y yo no podría usar eso como pretexto para entrar en el edificio. Me mordí el labio, indecisa, pero finalmente crucé la calle y llamé al timbre de los apartamentos más bajos, comenzando por el primer piso. Allí no contestó nadie, en el segundo me colgaron, pero en el tercero le dieron al botón de abrir en cuanto dije que era de Vina Fields. También me abrieron la puerta interior. Para evitar al máximo las sospechas, subí al tercer piso en ascensor, dije que estaba allí por Catherine Bayard y me indicaron que fuera al quinto. Hasta ahí, todo bien.

En la quinta planta, la entrada del apartamento de los Bayard estaba abierta; suponían que los cerrojos de las puertas de fuera y las del vestíbulo eran protección suficiente. Sacudí la cabeza en un gesto de desaprobación: así es como acceden a las casas los criminales.

Entré sin que nadie me viera en la zona del recibidor, deteniéndome para admirar un bronce de Louise Nevelson antes de pasar bajo el arco que conducía al interior. Intenté recordar cómo se llegaba al dormitorio de Catherine. El camino hacia el despacho de Renee quedaba a la izquierda; pensé que el dormitorio de Catherine estaría en dirección opuesta.

Mientras avanzaba por el pasillo, comenzó a rugir un aspirador. Me sobresalté, pero seguí avanzando con valentía. Un vistazo disimulado me permitió ver a un equipo de limpieza en acción. Elsbetta me daba la espalda, gritando órdenes en polaco. Estupendo.

Al final del pasillo encontré el dormitorio de Catherine. La puerta estaba cerrada. Llamé con suavidad y entré. En la habitación no había nadie, pero una puerta abierta en la pared más cercana conducía a un baño. Me asomé desde el umbral y vi a Catherine delante de un tocador intentando abotonar una camisa de hombre con una sola mano. El pelo oscuro le caía suelto por la espalda. No se volvió cuando entré, sino que siguió obstinadamente lidiando con los botones.

– Es más fácil si no miras al espejo -dije.

Se dio la vuelta, asustada.

– ¡Ah! Es usted. Pensé que sería Elsbetta. ¿A qué ha venido? ¿Benji está bien?

Coloqué una silla frente a ella.

– Lo vi ayer. Parecía estar muy bien, y preguntó por ti. Pero hay algunos problemas.

La preocupación le oscureció los ojos.

– ¿Como cuáles?

– Como que la policía de Chicago se presentó ayer buscándolo. Por lo visto, debido a que yo estuve antes allí. Así que necesitamos…

– Pensé que era usted detective. -Su tono era desdeñoso-. ¿No sabe si la están siguiendo?

– ¡Que si no sé si me están siguiendo! Ahora me sales con eso, vaya por Dios. -Me di una palmada en la frente-. Escucha, listilla, estuve dando vueltas con el coche a las seis de la mañana. Las calles estaban vacías. No me seguía nadie. Una de dos: o me pusieron un localizador en el coche para observarme en una pantalla en lugar de gastar gasolina o han estado vigilando a todas las personas que conozco. El padre Lou tuvo tiempo de esconder a Benji en un lugar seguro de la iglesia, pero no podrá permanecer allí mucho tiempo. Por razones obvias, no puedo llevarlo a casa de ninguno de mis amigos. Pensé que podrías hablar con tu abuela y convencerla para que le deje quedarse en tu casa de New Solway. Ella en el fondo está a favor de…