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—Está bien, Pisandro ¿qué me dices? ¿Ha existido alguna vez un programa de construcción como éste en la historia del mundo?

Su rostro estaba radiante. Demetrio César era un hombre muy apuesto, y, en aquel momento, transfigurado por su propio plan megalomaníaco, parecía un auténtico Apolo, aunque un Apolo chiflado. ¿Qué podía decirle yo ante todo aquel torrente que acababa de liberar? ¿Que pensaba que era la locura más descomunal? ¿Que dudaba mucho de que hubiese oro suficiente en las arcas de su padre para financiar el coste de tamaña absurda empresa? ¿Que moriríamos todos mucho antes de que aquellos proyectos pudieran concluirse? Cuando el emperador Ludovico, su padre, me asignó al servicio del cesar Demetrio, ya me había alertado de su temperamento imprevisible. Un comentario inoportuno y podría verme lanzado como un trapo por los mismos escalones que acababa de i subir con tanta fatiga.

Pero como sé cómo deben manejarse las cosas cuando se habla í con la realeza, con tacto pero sin empalago, dije:

—Es un proyecto que me produce sobrecogimiento, César. No me resulta posible recordar nada equivalente.

—Exactamente. Nunca ha habido nada como esto, ¿verdad? ; Pasaré a la historia. Ni Alejandro ni Sardanápalo,[1] ni el mismo César Augusto acometieron nunca un programa de obras públicas tan ambicioso. Tú, por supuesto, serás el arquitecto jefe de todo el proyecto, Pisandro.

Si me hubiera propinado una patada en las tripas, no me habría desconcertado tanto.

Reprimí un grito y dije:

—¿Yo, César? Me honras demasiado. Mi campo fundamental en la actualidad es la historia, mi señor. He tenido algunos escarceos en arquitectura, pero no me considero precisamente cualificado para…

—Bien, yo sí. Ahórrame tu falsa modestia, ¿quieres Draco? De repente volvía a llamarme por mi verdadero nombre. Eso me pareció muy significativo.

—Todo el mundo conoce tu capacidad. Tú te escondes tras esa pose de erudición porque así te sientes más seguro, imagino, pero yo soy plenamente consciente de tus verdaderas habilidades y, cuando sea emperador, quiero sacar el máximo partido de ellas. Ésa es la consigna de un gran emperador ¿no te parece?, rodearse de grandes hombres e inspirarlos para que desarrollen todo su potencial. Yo espero ser un gran emperador, ¿sabes?, de aquí a diez años, veinte, cuando me llegue el turno. Pero ya estoy empezando a seleccionar mis hombres clave. Tú serás uno de ellos —me dijo mientras me guiñaba el ojo—. Trata de que esa pierna tuya sane rápido, Draco. Deseo iniciar estos proyectos con la construcción del palacio de Tauromenium, el cual quiero que diseñes para mí. Y eso significa que tú y yo vamos a trepar como cabras por la cara de ese acantilado en busca del mejor lugar posible. No te quiero ver con muletas cuando lo hagamos… ¿No está preciosa la montaña hoy, Pisandro?

En el intervalo de tres nuevas respiraciones ya había vuelto a ser Pisandro.

Enrolló su pergamino. Me preguntaba si por fin íbamos a empezar a discutir los trabajos de renovación del teatro. Pero entonces advertí que César (con la mente enardecida por la total magnificencia de su plan de transformación de todas las ciudades principales de la isla) tenía el mismo interés en hablar sobre una fruslería como el cambio del canal de desagüe en la ladera adyacente del teatro, que el que tendría un dios en escuchar los problemas de salud de alguien (su tobillo roto, por poner un caso), cuando su divino intelecto se halla absorto en la creación de alguna maravillosa nueva plaga con la que, un poco más entrado el mes, tratará de destruir a once millones de habitantes de piel amarilla del lejano Catay.

Por consiguiente, admiramos juntos la vista durante un rato. Después, cuando noté que mi presencia ya no era requerida, me marché sin haber sacado el tema del teatro y, lenta y fastidiosamente, bajé por los escalones. Justo cuando llegaba abajo, oí al cesar decir mi nombre. Por un instante atroz, temí que me estuviera llamando de nuevo y que tuviera que reptar hasta arriba del todo una segunda vez. Pero simplemente quería desearme que pasara un buen día. El cesar Demetrio desde luego está loco, pero no es malvado.

—El emperador nunca le permitirá llevarlo a cabo —dijo Espináculo cuando nos sentamos aquella noche a tomar una copa de vino.

—Sí lo hará. El emperador concede a su hijo todos sus pequeños caprichos.Y éste grande también.

Espináculo es mi mejor amigo; y este espinoso hombrecillo hace honor a su nombre. Los dos somos hispanos. Fuimos juntos a la escuela enTarraco. Cuando fijé mi residencia en Roma y entré al servicio del emperador, también lo hizo él. Cuando el emperador me transfirió al servicio de su hijo, Espináculo también me siguió lealmente a Sicilia. Confío en él como no confío en ningún otro hombre. Los seres humanos nos infligimos constantemente las más flagrantes traiciones unos a otros.

—Si lo empieza —dijo Espináculo—, no lo continuará. Ya sabes cómo es. Seis meses después de preparar el terreno para el palacio real aquí, decidirá que sería mejor empezar con el Partenón de Siracusa. Erigirá allí tres columnas y se marchará a Panormus.Y después de un mes a cualquier otro sitio.

—¿Y bien? —dije yo—. ¿Qué me importa a mí eso? Él es el único que parecerá estúpido si se comporta de ese modo, no yo. Yo soy sólo el arquitecto.

Sus ojos se abrieron.

—¿Qué? ¿Verdaderamente vas a implicarte en todo eso?

—El cesar ha solicitado mis servicios.

—¿Y tan poca voluntad tienes que, sencillamente, haces todo lo que él te diga, por estúpido que pueda ser? ¿Derrochar los próximos cinco o diez años de tu vida con los disparatados planes de un joven príncipe demente para sepultar toda esta isla dejada de la mano de Dios bajo montañas de mármol? ¿Quieres ver tu nombre vinculado para siempre al suyo como el ejecutor de esta lunática empresa?

Su voz adquirió un fuerte y sarcástico tono de soprano:

—«Tiberio Ulpio Draco, el mayor hombre de ciencia de la era, abandonó insensatamente todas sus valiosas investigaciones históricas con el objeto de consagrar los restantes años de su vida a esta serie desafortunada de grandiosos y ridículos proyectos, ninguno de los cuales se concluyó nunca. Finalmente, una mañana fue encontrado tendido a los pies de la Gran Pirámide de Siracusa, tras haberse quitado la vida él mismo…» ¡No Draco! ¡No lo hagas! ¡Simplemente dile que no y márchate!

—Hablas como si tuviera alternativa al respecto —le dije yo.

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1

También llamado Assurbanipal (669–627 a.C), fue el último de los grandes monarcas de Asiria. (N. del t.)