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– Sí, supongo que sí -dijo Christopher riéndose-. No sabemos muy bien por qué, pero a la semana de su ingestión, el sistema inmunológico humano gana en resistencia y en capacidad de recuperación, tanto que resulta casi increíble. Pasado un mes, el organismo es completamente inmune a todas las infecciones bacterianas y virales. Y aunque todavía es pronto para asegurarlo a partir de los voluntarios del grupo de control, si se repite lo de Bob Milner, puede que incluso contrarreste los efectos del envejecimiento.

– ¿Habéis empezado ya con las pruebas en humanos? -dijo Decker con la voz entrecortada.

Christopher asintió con la cabeza.

– Claro que la comunión no le libra a uno de los traumatismos -dijo, siguiendo el hilo de sus pensamientos-. No evita que uno se rompa una pierna o se corte, pero la curación de esas heridas se acelera muchísimo. Tampoco evita que alguien muera a consecuencia de una herida, pero fuera de eso, permitirá a la gente vivir lo suficiente como para que se complete la evolución del hombre a la forma espiritual. Entonces, ni siquiera una herida podrá matarlo.

– Todo esto suena muy bien -le interrumpió Decker-, pero ¿no va a ser un poco duro para ti donar tanta sangre?

– La sangre no procederá directamente de mí -dijo Christopher-. La OMS está clonando la sangre a partir de una muestra.

– Claro -dijo Decker, reconociendo su despiste al pasar por alto algo tan obvio. Entonces, volviendo a un detalle del asunto, al que venía dando muchas vueltas desde antes de mantener esta conversación, preguntó-: ¿Y tienes pensado que la comunión le sea administrada a todo el mundo?

– Por supuesto -repuso Christopher. Por su voz se notaba que la pregunta le había sorprendido.

Decker se quedó pensativo un momento, eligiendo cuidadosamente las palabras y el tono de voz.

– ¿Por qué razón habríamos de dar la comunión a nuestros enemigos? -preguntó-. ¿Por qué al KDP y a los fundamentalistas, si se oponen a cuanto dices y haces?

Christopher pensó un segundo y luego hizo ademán de empezar a hablar, pero antes de pronunciar una sílaba se detuvo de nuevo, como si fuera incapaz de dar con una respuesta convincente.

Decker respondió su propia pregunta.

– Sabes que sin ella, al final, morirán.

Christopher no habló, pero por su expresión Decker supo que su teoría era correcta.

– Christopher, creo que sé cómo te sientes. Aborreces la idea de tener que abandonar a alguien. Ha costado tanto llegar hasta aquí; tantas vidas desperdiciadas a lo largo de los siglos a causa de la opresión de Yahvé. Detestas tener que permitir aún más sufrimiento por su causa. Pero si permites que el KDP y sus seguidores fundamentalistas cristianos participen de la comunión, estarás ofreciendo a Yahvé un punto de apoyo no sólo en este siglo, sino en todos los que han de venir.

»Además, tú mismo me dijiste que después de morir, la gente vuelve a reencarnarse. Tus oponentes son residuos de la antigua era. ¿Por qué no permitir que sigan su camino? Después de muertos, renacerán sin memoria de lo que fueron o de cómo era el mundo. Volverán a nacer, y atrás quedarán todos sus prejuicios y su ignorancia adquirida.

»Visto así -continuó Decker-, resulta obvio que no estás ayudando a nadie al conceder la vida eterna a personas que no están preparadas para la Nueva Era, de la que precisamente procede esta vida. -Decker tomó aliento y luego concluyó su argumento-: Deja que quienes siguen atados a la antigua era mueran con ella, así podrán vivir de verdad su próxima vida.

Christopher se quedó pensativo un momento. El razonamiento de Decker era indiscutible y no se lo iba a refutar.

– Has leído demasiados de tus discursos -dijo finalmente.

Decker sonrió, pero ésa no era la respuesta que buscaba.

– Está bien -añadió Christopher finalmente-. Supongo que se podría dar orden a las clínicas de que no suministraran la comunión a los miembros del KDP, no creo que eso fuera demasiado complicado. Es fácil detectarlos con esa marca en la frente. Pero ¿cómo ibas a evitar que la recibieran los fundamentalistas? Lamentablemente, no son tan fáciles de detectar; cuando no están echándote una perorata sobre la Biblia, son como tú o como yo.

– Pero ésa es la solución -declaró Decker-. Podemos servirnos de su fundamentalismo para hacer que no quieran tomar la comunión.

– ¿Cómo?, Decker, no te entiendo -dijo Christopher.

– Hace tiempo que le vengo dando vueltas -dijo Decker.

– Ya me he dado cuenta.

Decker ignoró el comentario de Christopher y continuó.

– En la Biblia, el Apocalipsis dice que a todos los seguidores del Anticristo se les hará poner una marca en la frente o en el dorso de la mano. [12]

Conozco el pasaje -dijo Christopher.

– Bueno, pues creo que lo podríamos aprovechar. Si exigimos a todo aquel que reciba la comunión que acepte ser marcado con una señal en el dorso de la mano o en la frente, aunque dudo mucho que nadie esté dispuesto a exhibir un tatuaje en la frente, entonces los fundamentalistas no se atreverán a tomarla por temor a enojar a Yahvé.

Christopher pareció que contemplaba en serio la propuesta, pero Decker iba mucho más allá.

– Verás, no es más que mi opinión, pero creo que la comunión debería suministrarse solamente a quienes hayan dado señales de lealtad a tu persona y a cuanto simbolizas. Por lo tanto, la comunión sólo debe recibirse a sabiendas y en conformidad con lo que representa; es decir, una declaración de independencia de las exigencias de un dios dictatorial, una confesión de fe en la valía personal del individuo y en el valor colectivo de la Humanidad, una afirmación de autodeterminación, un propósito de tomar uno sus propias decisiones y aceptar las consecuencias, y un compromiso de abandonar el nido y de declarar que la humanidad ha alcanzado la mayoría de edad y ya no necesita un guardián.

– Espero que hayas apuntado todo esto en algún sitio -dijo Christopher. Decker asintió con la cabeza, algo azorado por tanto discurso-. Entonces, ¿dónde propones que pongamos la marca? -preguntó Christopher.

– Bueno, no creo que nos interese algo demasiado llamativo, no sea que nadie quiera ponérsela. Debería ser lo más pequeña y discreta posible e iría en el dorso de la mano derecha. Como te decía, no creo que vaya a haber nadie que quiera imprimirse la marca en la frente, pero deberíamos ofrecer esa posibilidad para ajustamos a la profecía y ahuyentar a los fundamentalistas. La marca deberá ser permanente, pero el grabado tendrá que ser lo más indoloro posible. Me he informado un poco sobre el asunto y resulta que ya son muy pocos los tatuajes que se graban con aguja; ahora la mayoría se tatúan con tintas permanentes que penetran tanto en la epidermis que no se borran.

– Y supongo que para mantener bien alejados a los fundamentalistas, la marca tendrá que llevar mi nombre o el número 666, ¿me equivoco? -preguntó Christopher, algo contrariado.

– Bueno, el KDP ha explotado el hecho de que la transcripción fonética de tu nombre en hebreo sume 666, así que sería lo más lógico que la marca fuera ésa -recalcó Decker, antes de añadir-: Desde luego, es mucho más breve que escribir tu nombre completo.

Christopher respiró hondo y luego dejó escapar un profundo suspiro.

– De acuerdo, deja que lo piense un poco.

– Genial, es todo lo que te pido -contestó Decker, confiado en la lógica incuestionable con que había presentado su argumento.

– Pero, bueno -dijo Decker, apartando la silla de la mesa-, tú venías a preguntarme si quería ver el secreto de la vida eterna. ¿Hay algo que quieras enseñarme?

– Sí, lo hay -repuso Christopher, dando muestras de querer moverse y dejar reposar un rato la propuesta de Decker-. Acompáñame -dijo.

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[12] Apocalipsis 13, 16.