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Decker esperaba que sus preguntas cogieran a Rosen desprevenido, pero, como siempre, Rosen tenía una respuesta preparada.

– Hace miles de años que el hombre se debate por hallar respuesta a esa y otras preguntas por el estilo, señor Hawthorne. Pero la respuesta es bien sencilla.

– Dios mío -gimió Decker, que ya se arrepentía de haber formulado la pregunta.

– Pero para comprenderla -empezó Rosen, a pesar de las protestas de Decker-, hay que fijarse en qué fue lo que hicieron Adán y Eva exactamente. El fruto en sí carecía de importancia. El verdadero problema fue su desafío. Desafiaron a Dios y a su ley porque querían ser como Dios. Pero no es de extrañar, en realidad. Todos queremos hacer las cosas a nuestra manera, para así conducirnos con nuestras propias leyes, ser nuestro propio dios.

– Lo único que has hecho hasta el momento ha sido replantear el problema. Todavía no has respondido al porqué.

– A ello voy -dijo Rosen-. Es porque hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, por lo que está en nuestra naturaleza querer ser Dios.

– ¡Oh, ya veo! ¡Ahora resulta que Yahvé se equivocó con el diseño!

– No fue un error de diseño -le corrigió Rosen-, por ahora lo llamaremos un riesgo necesario. Es la misma clase de riesgo que corren todos los padres cuando tienen hijos. Igual que un niño es creado a imagen y semejanza de sus padres, Dios nos creó a su imagen para que fuéramos su familia. Un poco más y podríamos no ser sus hijos; seríamos sus mascotas o sus esclavos. Ahora bien, somos nosotros quienes hemos de decidir si deseamos ser o no sus hijos, igual que debían decidirlo los hijos del campesino e igual que debieron decidirlo Adán y Eva. Y aunque, como Adán y Eva, podamos todos desear ser dioses, sólo puede haber un único Dios. Una rueda con dos ejes no giraría. Un universo con dos dioses no puede funcionar.

– Llega un momento en el que los niños deben abandonar el nido y seguir adelante valiéndose por sí mismos -objetó Decker-. Y, les guste o no, los padres deberán estar dispuestos a dejarlos ir.

– Es cierto, señor Hawthorne. Al niño se le deben dar más y más responsabilidades según va creciendo. Pero es conveniente aclarar términos. El término hijo de Dios no quiere decir que nosotros seamos inmaduros, se refiere al amor perpetuo que Dios nos profesa. El niño abandona la infancia, pero el padre nunca deja de ser padre. La relación trasciende la edad de los individuos implicados. Ser hijo de Dios implica una relación de amor, confianza y respeto; nunca de opresión.

– Sí, ya, seguro -dijo Decker-. Pero siempre que estemos dispuestos a obedecer sus leyes y a cumplir sus órdenes.

– Sé que Christopher dice que las leyes de Yahvé están diseñadas para oprimir a las personas, para que nunca sean capaces de pensar por sí mismas. Pero Dios mismo le dijo al hombre: «Venid y hagamos cuentas». [54] Si de verdad se toma la molestia de meditar sobre las leyes de Dios, descubrirá que son tan razonables, beneficiosas y necesarias para nuestra supervivencia como lo son la gravedad y las demás leyes de la naturaleza. Antes que para oprimir, las leyes de Dios están diseñadas más bien para proteger y preservar.

»Uno de los líderes religiosos le preguntó a Jesús cuál era el mandamiento más importante de Dios. Él le contestó: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente". [55]Y dijo que el segundo mandamiento más importante era parecido al primero: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". [56] Pero no sólo son los dos mandamientos más importantes, Jesús dijo que en ellos se basan todas las leyes de la Biblia. [57]

– Ya, pero no son las únicas cosas que Yahvé dijo que debíamos hacer -argumentó Decker-. Aparte de los diez mandamientos, la Biblia incluye muchas leyes más.

– Pero todas esas leyes, todas y cada una de ellas, tienen como base los dos mandamientos de los que hablaba Jesús -replicó Rosen.

– Entonces, ¿por qué no se limitó Yahvé a darnos dos leyes y nada más?

– ¿Y dejar todo a juicio de cada uno? -preguntó Rosen retóricamente-. Eso estaría bien si uno tuviera la certeza de que lo sabe todo acerca de una situación concreta, y estuviera siempre seguro de sus motivos. Pero ¿se puede, de verdad, estar seguro de cuáles serán todas las consecuencias de tus actos? ¿Puede uno adelantarse al futuro y determinar el resultado último de cada decisión que toma? Quien diga que es posible es o un embustero o un iluso. Muy pocas cosas en esta vida acaban saliendo como esperábamos. Es la ley de Murphy: «Si algo puede salir mal, saldrá mal». Y claro, casi siempre hay algo que puede salir mal. En el mejor de los casos, quienes sólo dependen de su juicio para determinar lo que está bien y lo que está mal acaban haciendo conjeturas a partir de los datos conocidos y del espectro de posibles resultados ya anticipados. En el peor de los casos, ignoran las consecuencias obvias de sus acciones -convenciéndose a sí mismos de que todo acabará saliendo bien-, y todo para poder hacer lo que querían hacer desde un principio. Y entre medias del mejor y el peor de los casos están las decisiones que, independientemente de nuestras intenciones, nacen de juicios inevitablemente nublados por el más puro interés personal. Las leyes de Dios constituyen la norma establecida por el único que lo sabe todo -pasado, presente y futuro-, a fin de que nuestra sabiduría no se limite a nuestro conocimiento de las situaciones.

– ¡Así que se trata de no pensar y continuar a ciegas por el camino que Dios ha dispuesto para nosotros! -dijo Decker con sorna.

– De ninguna manera, señor Hawthorne. Recuerde que Jesús dijo que el mandamiento más importante es el de amar a Dios con todo nuestro corazón, y con toda nuestra alma y con toda nuestra mente. Él habla también de la mente. No quiere que aceptemos a ciegas lo que nos digan; quiere que consideremos la evidencia, que utilicemos tanto la mente como el corazón para llegar a él y seguirle. La fe ciega es un concepto ajeno al cristianismo. Son las religiones de la Nueva Era las que piden a sus seguidores que dejen de pensar y se dejen guiar por un guía espiritual o una fuerza desconocida. Son las religiones de la Nueva Era las que nos dicen que nuestro futuro depende de la situación de determinadas estrellas en el día de nuestro nacimiento.

Rosen acababa de mencionar dos de los temas que siempre habían hecho a Decker sentirse algo incómodo con la Nueva Era. Nunca había tenido problemas con las ideas de Christopher y sólo alguna que otra vez con las de Milner, pero algunos de sus seguidores sostenían creencias y prácticas a su entender muy estrambóticas y poco científicas, que él prefería no intentar defender. Los guías espirituales y la astrología eran dos de ellas. Y puesto que no quería detenerse a discutir sobre esos temas, casi se sintió aliviado cuando Rosen continuó, saltando aparentemente a otro asunto.

– A Jesús no lo crucificaron solo -continuó Rosen-, sino que en sendas cruces a ambos lados de él, había dos ladrones. Uno de ellos, a pesar de estar muriendo en la cruz, se burló e insultó a Jesús. El otro, sin embargo, se dio cuenta de que a pesar de merecer un castigo por los crímenes cometidos, Jesús era inocente.

»Usted pensará que un condenado no tiene mucho que perder, pero incluso en esa situación puede una persona aferrarse a su orgullo. De modo que, a pesar de estar allí, colgado en la cruz, el primer ladrón quiso ganarse el reconocimiento de la muchedumbre. Supongo que pensó que parecería mejor persona si vilipendiaba a otra. El otro ladrón, sin embargo, prefirió dejar a un lado su orgullo y su dignidad, y admitir su culpa, para allí mismo, delante de todo el mundo, dejar su destino en manos del Mesías, diciendo: "¡Jesús, acuérdate de mí, cuando vuelvas como rey!". [58]

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[54] Isaías 1,18.

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[55] Mateo 22, 37; Deuteronomio 6, 5.

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[56] Mateo 22, 39; Levítico 19,18.

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[57] Mateo 22,40.

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[58] Lucas 23,42.