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»La respuesta de Jesús al ruego del ladrón fue del todo insólita. No le dio una lista de cosas que debía hacer para ser aceptado por Dios. Tampoco le dijo que tuviera que ser bautizado, o santificado, o que tuviese que tomar la comunión o hacer buenas obras o andar sobre brasas o ir de peregrinación o entonar cánticos o algo así. Jesús sólo le dijo: "Te digo de verdad: hoy estarás conmigo en el paraíso". [59]

»Podría parecer que el ladrón no hizo más que formular un ruego, pero no debemos pasar por alto el sentido de lo que hizo. Igual que el hijo menor del campesino, que admitió su fracaso y regresó humildemente junto a su padre, el ladrón reconoció su culpa y volvió con humildad a Jesús.

»¿Lo ve, señor Hawthorne? Igual que el hijo del campesino y el ladrón de la cruz, uno no se hace cristiano por ser buena persona; se hace cristiano porque cae en la cuenta de que ha errado. Sabe que ha quebrantado las leyes de Dios y que es un pecador.

»Si lo piensa, el cristianismo es como la bancarrota. Aceptar a Yeshua significa admitir la derrota y ponerse en manos del tribunal esperando clemencia, cuando uno se da cuenta de que la justicia exige mucho más de lo que uno puede pagar. Sólo el primer pago le costaría a uno la vida. ¿Y de qué sirve aprender la lección si el precio de ganarse esa lección es la muerte?

»Recuerdo haber leído en el colegio algo sobre una extraña práctica que empleaba la realeza europea para castigar a los príncipes. Cuando el príncipe se portaba mal, en lugar de castigársele a él en persona, era un niño de su misma edad -llamado el niño de los azotes- el que soportaba el castigo en sus carnes. La costumbre siempre me pareció increíblemente injusta y estúpida; injusta porque un niño inocente tuviera que cargar con la culpa de otro, y estúpida porque así no se motivaba al príncipe a modificar su mala conducta. Pero hace poco se me ocurrió que después de todo no era tan estúpida. Bien aplicada, podía resultar una medida disuasoria muy efectiva contra la mala conducta del príncipe.

Decker meneó la cabeza.

– Ahí sí que me pierdo, Rosen.

– Si el príncipe no hubiese conocido al niño de los azotes o no le hubiesen obligado a presenciar cómo aquél era castigado por lo que él había hecho -explicó Rosen-, la medida no habría significado nada para él y el castigo había resultado inútil. Pero si el príncipe conocía al chico -si eran amigos y compañeros de juegos-, entonces aunque él no soportara físicamente las marcas de los azotes, sí que sentía el dolor de saber el sufrimiento que le había causado a su amigo. ¿Tiene usted hermanos, señor Hawthorne?

– Sí, un hermano mayor. Nathan. Murió en el Desastre -contestó Decker, asombrado por su propia obsequiosidad.

Rosen arqueó una ceja sorprendido por la revelación, pero no dejó que ello le distrajera.

– Entonces es muy probable que entienda que, si sus padres hubiesen castigado a su hermano cada vez que usted hacía algo mal, durante un tiempo habría pensado que era una magnífica idea. Pero, muy pronto, si sentía algo por su hermano, habría empezado a sentirse mal. De modo que, aunque fuera su hermano quien recibía el castigo, usted sufriría también, y muy pronto modificaría su conducta.

»La práctica de sacrificar animales se parece mucho a la idea del chico de los azotes. Christopher dice que los sacrificios de animales que exige Yahvé le identifican como a un dios sediento de sangre. Pero Dios no nos dijo que sacrificásemos animales por ser un Dios sanguinario. A Dios no le gusta ver sufrir; no se complace viendo cómo mueren los animales. Según la Biblia, al principio los animales ni siquiera se mataban entre ellos. [60] Todos eran vegetarianos, y lo volverán a ser cuando regrese Jesús. [61] La razón de que Dios nos dijera que ofrendáramos animales sacrificados fue que nos diéramos cuenta de cuán terrible es nuestro pecado. Si ya se habría sentido mal al ver como su hermano recibía los castigos en su lugar, imagínese lo horrible que habría sido que sus padres le obligaran a que fuera usted quien administrara el castigo personalmente. Eso es lo que Dios pretendía con los sacrificios de animales. Quería mostrarnos sin tapujos cuán destructivo es el pecado, y que el precio del pecado es la muerte.

»En la parábola del padre y sus dos hijos, al final no quedaba herencia para el hijo menor. Cuanto el padre tenía constituía la herencia del hijo mayor. Pero que había una manera de que el hijo menor hubiese conseguido una herencia y aun así haberse ganado la lección: y habría sido si su hermano hubiese muerto sin dejar heredero. De haber ocurrido así, habría recibido la herencia del hermano mayor porque no podía ir a parar a nadie más. Y aun así todavía habría aprendido y se habría ganado la lección, porque sabría que lo que recibía lo hacía a cambio de la vida de su hermano.

Rosen hizo una pausa para formular su conclusión.

– Pues bien, nuestro hermano que murió -dijo, por fin-, y no porque Yahvé sea un Dios sanguinario, sino porque la única manera de que seamos conscientes de la gravedad de nuestro pecado, sin tener que pagar por él, es dándonos cuenta de la magnitud del precio que tuvo que pagar Jesús al morir por nosotros.

»Decía antes que cuando Dios nos creó a su imagen y semejanza corrió un "riesgo necesario" porque sólo creándonos a su imagen podíamos ser de verdad hijos suyos. Es más, puesto que Dios sabía por adelantado que Adán y Eva pecarían, no sería tanto un «riesgo necesario» como un «precio aceptado». Dios sabía que pecaríamos, y sabía que él mismo, en la persona de su hijo Jesús, tendría que ser torturado y morir para pagar por ese pecado. Y a pesar de todo, lo hizo de todas formas. Su muerte fue el precio que estaba dispuesto a pagar, porque nos ama tanto que preferiría morir antes que vivir sin nosotros.

»La herencia es nuestra, señor Hawthorne. Para reclamarla, sólo tenemos que hacer lo que hizo el hijo menor del campesino: admitir que sin Dios nos hemos arruinado la vida, tragarnos nuestro orgullo y pedirle que nos perdone y vuelva a acogernos en su seno. Al igual que el hijo menor, debemos estar dispuestos a regresar como siervos, pero como el padre de la parábola, Dios espera anhelante para aceptarnos como hijos suyos.

»Jesús le dijo al ladrón de la cruz que iría al paraíso. Y, curiosamente, aquel ladrón fue la única persona a la que Jesús hizo directamente esa promesa. Yo creo que Jesús se sirvió de aquella situación, en la que a quien hablaba no podía hacer nada para ganarse el perdón de Dios, para que en los siglos venideros nadie, tras leer esa historia, llegara a creer honestamente que el perdón y la aceptación de Dios fuese algo que uno se puede ganar.

»Está en nuestra mano decidir qué papel queremos jugar en esta vida: el del ladrón orgulloso y burlón o el del ladrón humilde y arrepentido. Así de simple era entonces, y así de simple sigue siendo hoy. Lo único que hace falta para ser perdonado y aceptado por Dios es reconocer que se necesita ser aceptado, y luego pedirlo. Acércate con humildad a Dios, como el hijo del campesino regresó humildemente a su padre, y él te acogerá con los brazos abiertos.

– Todo eso es muy bonito, Rosen -dijo Decker-. Pero no dices nada nuevo. Como ya te dije anoche, por muy convincente que sea la historia que me cuentes, no pienso darle más crédito a la palabra de un secuestrador que a la de Christopher.

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[59] Lucas 23,43.

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[60] Génesis 1, 29-30.

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[61] Isaías 11, 7; 65,25.