– Ningún cristiano puede aceptar la comunión o la marca. Quienes lo hayan hecho son sólo cristianos de nombre y están perdidos para siempre.
– Rhoda -dijo Decker exasperado-, es precisamente esa intolerancia la causante de todo el problema. ¿Por qué no reconocer sencillamente que pueda haber otros con acceso a una parte de la verdad que vosotros y el KDP desconocéis?
– Sé que nuestras creencias deben de sonar intolerantes, señor Hawthorne, pero son todo lo contrario, porque la verdad única, el único camino a Dios en el que creemos está completamente abierto a todos, y es completamente libre, totalmente accesible y disponible para todos. Lo único que nos separa de Dios es nuestro deseo de acudir a él. Y yo le pregunto -dijo, recurriendo a las palabras que Saul Cohen le dirigió en una ocasión a su marido-: ¿Sería estrecho de miras decir que sólo existe un elemento que todos deben respirar para vivir? Sé que me va a decir que el aire está al alcance de todos. Pero, señor Hawthorne, también lo está Dios. La Biblia dice que Dios se ha dado a conocer en el interior de cada uno de nosotros. [74] Eso incluye a judíos y gentiles, a hindúes y budistas, a musulmanes, cristianos, ateos, agnósticos y paganos. Esto no es ninguna búsqueda del tesoro, donde se llevan el premio los afortunados o los astutos, ni tampoco un concurso donde estemos obligados a elegir a ciegas entre el dios detrás de la puerta número uno, la puerta número dos o la puerta número tres. En nuestro interior, todos sabemos ya cuál es la puerta correcta. Dios nos llama y nos dice cómo es, quién es y dónde podemos encontrarle. Puede que no conozcamos su nombre, pero conocemos su naturaleza, conocemos su llamada, y podemos ser testigos de su poder a lo largo y ancho del universo. Pero depende de cada uno de nosotros decidir si responderemos o no a la llamada de Dios.
»Si una persona ama a Dios y ama al prójimo como a sí misma, entonces, cuando así lo estime Dios, se le irá revelando más y más a esa persona, hasta que finalmente se dé cuenta de que el Dios al que sirve es, de hecho, el Dios de la Biblia, y que el que ha pagado por el perdón de sus pecados es el hijo de Dios, Jesús.
»En cuanto a quiénes van al infierno, lo cierto es que nadie tiene que ir al infierno. Es más, los únicos que lo hacen son aquellos que se niegan a ir al cielo. La condenación es una sentencia que nos imponemos a nosotros mismos. Si alguien busca a Dios de verdad, entonces Dios proveerá a esa persona con la sabiduría necesaria para salvarse. La conclusión, señor Hawthorne, es la siguiente: Dios es, Dios ama y Dios puede ser hallado.
Era evidente que Rhoda había concluido, pero Decker permaneció en silencio, sin querer discutir más sobre el tema.
– He de visitar a algunos pacientes más -dijo Rhoda cuando quedó claro que Decker no iba a responder-. Si quiere, usted y Decker pueden seguir explorando la zona. Cenaremos nada más ponerse el sol.
– Claro -repuso Decker-. No te preocupes por nosotros.
– De acuerdo -dijo ella, y entonces se dirigió al pequeño Decker-: Tómatelo con calma. No canses al señor Hawthorne.
– Sí, madre -contestó educadamente Decker Donafin.
Rhoda le dio un beso y luego se alejó.
– Bueno, así que estamos solos tú y yo -dijo Decker cuando Rhoda se hubo marchado-. ¿Adónde quieres ir primero?
– ¿Podemos ir al monumento del León? -preguntó el pequeño.
– ¡Pues claro! -contestó él con entusiasmo, ignorando la escalada que les esperaba.
Los dos Deckers pasaron el resto de la tarde andando, escalando y explorando. En el interior de uno de los túneles que habían sido excavados para comunicar dos fachadas adyacentes, tuvieron que abrirse camino a tientas a través de una negrura casi impenetrable. Decker sintió que el pequeño le daba la mano. Estaba tan oscuro que resultaba imposible ver nada.
– ¿Tienes miedo a la oscuridad? -preguntó Decker al niño cuando notó que le apretaba la mano.
– Mi madre dice que no hay que asustarse porque Yeshua siempre está conmigo -contestó el niño-. ¿Tú tienes miedo?
– Un poco -repuso Decker.
– Sí, yo también -admitió Decker Donafin-. Un poco.
– Pues vayamos a otro sitio entonces.
Decker Donafin asintió, aunque Decker Hawthorne no pudo verlo, por supuesto.
Después de visitar unos cuantos monumentos más, Decker insistió en que parasen a descansar, y se recostaron contra un saliente de piedra en la base de Ad Dier (el monasterio). Pasaron unos momentos sin que ninguno de los dos hablase, el mayor porque intentaba recuperar el aliento, y el pequeño porque le daba vueltas a algo en la cabeza; entonces, Decker Donafin rompió el silencio.
– Yo creo que recuerdo a mi padre bastante bien -dijo-, pero hay veces que mamá, Tom o Rachael hablan de él y es de cosas de las que no consigo acordarme.
Por fin había salido a la superficie; lo único en lo que no habían dejado de pensar en todo el rato que habían pasado juntos: sus recuerdos de Tom Donafin. En todo cuanto habían hecho ese día, los recuerdos habían estado ahí, flotando en la mente de ambos. Y, sin embargo, ninguno de los dos había hecho mención de él. Todo lo que el pequeño Decker hacía o decía había recordado a Decker a su viejo amigo o le había llevado a pensar en las diferencias entre padre e hijo. Del mismo modo, el pequeño Decker había observado al mayor preguntándose hasta qué punto aquel hombre, en cuyo honor llevaba su nombre, se parecía al padre que ahora se esforzaba por recordar.
– Le echo mucho de menos.
– Yo también le echo de menos -dijo Decker.
– Mi madre dice que era bueno y que amaba a Dios. Dice que volveremos a verle pronto, cuando Yeshua regrese.
Decker no estaba muy seguro de cómo contestar.
– Era un buen amigo -consiguió decir pasado un momento.
– Mamá dice que usted estaba con mi padre cuando murió.
– Sí -contestó Decker. Aquél era un recuerdo doloroso y deseó que el chico no le hiciera más preguntas sobre el asunto. Pero no tenía de qué preocuparse; Decker Donafin no tenía intención alguna de preguntar acerca de los detalles. Después de pasar unos momentos en silencio, Decker bajó la mirada hacia el chico y se encontró con unos ojos llenos de lágrimas. Vaciló y luego se agachó para abrazarle. Decker Donafin le rodeó con sus brazos sin reprimir las lágrimas.
Esa noche después de cenar, Decker volvió a entretener a los hermanos Donafin con viejas anécdotas de las aventuras y desventuras que él y Tom habían corrido juntos, y que ya casi había olvidado. Rhoda ya había escuchado algunas de las historias de boca de Tom, pero la versión ligeramente diferente de Decker le hizo preguntarse si alguno de los dos recordaba los hechos tal y como habían sucedido. Decker les contó cómo él y Tom habían sido capturados y trasladados al Líbano, aunque prefirió no mencionar las torturas a las que habían sido sometidos. Los hermanos Donafin sabían que su padre había sido secuestrado en el pasado, pero no que su cautiverio hubiese durado casi tres años.
Las anécdotas no se prolongaron tanto esa noche; Decker fue el primero en caer dormido, seguido de Tom y Rachael. De nuevo, Rhoda y Decker salieron de la tienda para charlar un rato más.
– ¿Se irá mañana? -preguntó Rhoda.
– A primera hora -contestó él, sorprendido de la seguridad con que lo había dicho.
– Está usted más que invitado a quedarse con nosotros -dijo Rhoda-. Fuera de Petra sólo encontrará muerte.