Ahora, sin embargo, se convenció de que había una buena razón para leerla; conocer al adversario. Era la misma razón por la que, un año y medio antes, Decker había leído otra copia de la Biblia y hallado el verso que le proporcionó la idea de utilizar la marca para evitar que los fundamentalistas y el KDP tomaran la comunión.
En el vuelo a Jerusalén después de la resurrección de Christopher éste había dicho que las plagas invocadas por Juan y Cohen habían ocurrido tal y como lo predecía el libro del Apocalipsis. Pero aquello había sido antes de que Juan (el autor del Apocalipsis) y Cohen murieran. Decker había dado por hecho que con sus muertes se había puesto fin a tan catastróficos sucesos; pero lo acontecido en las tres últimas semanas constituía una prueba más que fehaciente de lo contrario. Así que, si por leer la Biblia de Elizabeth lograba determinar cuál iba a ser el siguiente paso de Yahvé, pensó Decker, hacerlo no sería una muestra de falta de lealtad hacia Christopher; es más, sería una locura por su parte no hacerlo. Con todo, no podía evitar seguir sintiéndose mal.
Finalmente, la abrió y fue pasando páginas hasta el final, donde se encontraba el libro del Apocalipsis. Rápidamente encontró lo que buscaba. Allí estaban la plaga de las llagas, [78] y los mares tornándose en sangre, [79] y el agua fresca convertida en sangre. [80] Y estaba la descripción de la siguiente plaga, que sería la cuarta de la serie más reciente:
Y el cuarto derramó su copa sobre el sol; y se le permitió al sol abrasar con su fuego a los hombres; y los hombres se abrasaron en una insolación intensa. [81]
¿Cuánto calor iba a llegar a hacer? ¿Cuánto calor era una «insolación intensa»? Y lo que era más importante, se preguntó Decker, ¿cómo podía prepararse? Presumiblemente, sería un calor bastante más intenso que el habitual en verano. ¿Cómo lo soportaría su aire acondicionado? La climatización de los espacios había sido uno de los principales temas de discusión durante el esbozo de los proyectos de viviendas para Babilonia, donde la temperatura puede alcanzar los cuarenta y nueve grados centígrados. Recordó haber oído que un aparato de aire acondicionado estándar podía enfriar una casa sólo quince o veinte grados menos que la temperatura exterior. El de su casa era tan viejo como la casa, lo que significaba que no sería tan eficiente como los últimos modelos y que, por tanto, no enfriaría lo mismo. Pero no disponía de tiempo suficiente para paliar ese defecto. Tampoco había tiempo para mejorar el aislamiento de los muros exteriores. Cualesquiera que fueran los preparativos que podía hacer, debía llevarlos a cabo entre las doce y veinticuatro horas siguientes.
Después de recapacitar sobre el asunto un rato, Decker decidió que lo mejor que podía hacer era limitar sus esfuerzos a una única habitación. La casa no tenía un sótano que la tierra que lo rodeaba se encargara de refrescar de forma natural, de modo que la opción más obvia era el lavadero. Estaba situado en la planta baja, y conservaba todavía el suelo de cemento, razón por la cual era la habitación más fresca de la casa. Tenía toma de agua, y un sumidero en el suelo por el que podría deshacerse de los residuos. También era lo suficientemente pequeño como para que le diera tiempo a mejorar el aislamiento de paredes y techo.
Decker elaboró una lista de materiales y telefoneó a Bert Tolinson, el encargado de cuidar de la casa. Hasta el momento, Tolinson se había mostrado encantado de conseguirle a Decker cuanto éste le había pedido, sin saber que al realizar esas compras estaba violando la ley de Naciones Unidas y podía haber sido encarcelado. Había dado por hecho que Decker tenía la marca, y sacaba el dinero para las compras directamente de la cuenta que Decker había abierto para cubrir los gastos de mantenimiento. Aunque la cuenta contaba con fondos suficientes por si se presentaba un imprevisto, la lista de la compra de Decker levantaba sospechas.
Decker había intentado pasar sin el aire acondicionado, a fin de evitar que nadie se enterara de que la casa estaba ocupada. Pero poco importaba ahora que el vecino, George Rollins, y su hijo estaban al tanto de su presencia. Por esa razón, y a pesar de lo agradable de la temperatura, Decker cerró todas las ventanas y puso en marcha el aire acondicionado a máxima potencia para que la casa se fuera enfriando con vistas a lo que se aproximaba. Si bajaba demasiado la temperatura, se pondría un abrigo. A continuación, buscó sus herramientas de mano -una sierra, una taladradora, un martillo y unos alicates-, y luego sacó todo lo que pudo del lavadero. Cerraría la llave del gas del calentador después de acabar con los preparativos y darse una ducha.
Cuando Bert Tolinson llegó con lo que Decker le había encargado con tanta urgencia, Decker estaba listo, vendado de arriba abajo, incluida la mano derecha. Tolinson podía pensar que se había vuelto loco, pero no iba a irse con la duda de si Decker tenía o no la marca.
Tolinson tardó quince minutos en meter todo en la casa. Repasando con la mirada la mercancía que, a excepción de unos cuantos alimentos, Decker le había pedido que apilara en el vestíbulo y el salón, Tolinson se quitó su eterna gorra de béisbol de los Washington Senators, se enjugó el sudor de la frente, y se rascó el cogote, donde todavía le quedaba algo de pelo.
– No es que me importe -dijo Tolinson-, pero ¿para qué quiere todo esto?
Decker contempló los objetos apilados y expuestos delante de ellos -diez rollos de aislante de fibra de vidrio, una clavadora de grapas, doce rollos de cinta adhesiva de aluminio, dos lámparas de camping a pilas, dos linternas, dos docenas de pilas de larga duración, un tubo grande de plástico, dos cajas de clavos de tres pulgadas, ocho neveras de camping grandes con veinticuatro bolsas de hielo (que eran cuanto Tolinson había podido conseguir debido a los recientes recortes de agua) repartidas en su interior, media docena de listones de madera de dos metros y medio, tres aparatos de aire acondicionado de ventana, y tres prolongadores eléctricos industriales de treinta metros.
Quería responder a la pregunta de Tolinson. Si podía evitarlo, no había razón para que Tolinson y su familia sufrieran mientras durara lo que se avecinaba. Pero ¿cómo explicar de qué modo se había enterado de que la próxima plaga sería una ola de calor? Desde luego que no podía decir que lo había leído en la Biblia. Aunque su lectura no había sido prohibida ni estaba restringida, la Biblia era un libro que sólo los fundamentalistas leían o en cuya palabra sólo creían ellos. Entonces se le ocurrió una idea.
– Va a haber otra plaga -dijo-. Empezará mañana, creo. Las temperaturas van a subir muchísimo.
– ¿Cómo lo sabe? -preguntó Tolinson, con tono de preocupación-. ¿Se lo ha dicho el secretario Goodman?
Aquélla era una explicación en la que no había pensado y se quedó parado un segundo, contemplando la posibilidad de utilizarla en lugar de la que él había pensado. Pero al final, le vio el fallo y la descartó. Si Bert Tolinson avisaba a otros, él a su vez iba a tener que explicar cómo se había enterado y, aunque era bastante bueno guardando secretos, podía escapársele que la información provenía de Decker. Y eso, claro está, atraería la atención sobre el hecho de que Decker se encontraba en Derwood. Necesitaba ofrecer como respuesta una fuente de información lo suficientemente trivial como para que no se cuestionara su origen si Tolinson alertaba a terceros.
– No -contestó Decker-. Un médium que conozco me advirtió sobre ello.