– Cuando Tom te disparó -empezó Decker-, yo estaba justo a su lado. Al darme cuenta de lo que había hecho, le pregunté por qué. Él empezó a contestarme, pero lo único que tuvo tiempo de decirme antes de que le dispararan fue: «Él iba a abandonarme».
»En ese momento no le encontré sentido alguno. Pensé que no era más que el desvarío de un loco. Con el tiempo acabé creyendo que el Koum Damah Patar le había lavado el cerebro. Pero cuando estaba en Petra volví a tener el sueño. -Decker hizo una pausa para recuperar el aliento y tranquilizar el nervioso latido de su corazón. A pesar suyo, empezaba a sonar más y más como un fiscal que estuviera a punto de rematar su alegato ante el jurado.
A Christopher no le gustaba que le pusieran en esa situación, y era obvio que le importaba poco el tono de Decker.
– ¿Qué sueño? -inquirió Christopher, deseando no perder más tiempo con aquel juego-. ¿De qué estás hablando?
– Fue el mismo sueño que tuve en el Líbano.
Hubo una larga pausa mientras Christopher confuso, estudiaba el rostro de Decker.
– ¿Te refieres -preguntó- a cuando te rescaté de Hezbolá? ¿De eso se trata?
– De eso era de lo que hablaba Tom -contestó Decker-. Nunca le conté a nadie lo de aquel sueño salvo a Tom y a Elizabeth. En el sueño tú venías a buscarme a mi cuarto. «Es hora de irse», me decías. Pero cuando ya salía detrás de ti, te detuve para preguntarte por Tom. -Decker observaba a Christopher atentamente, en busca de alguna reacción. Pero no la hubo-. Te pregunté dónde estaba. Lo sabías, pero no te importaba. De no haber insistido, le habrías abandonado allí y él habría muerto.
– Pero ¡si no fue más que un sueño! -le interrumpió Christopher, con la mano sana extendida, apelando a su razón.
– Pero ¡fue más que un sueño! -le espetó Decker indignado-. En Nueva York me dijiste que te habías servido de una proyección astral para venir al Líbano a rescatarme. ¡Eras tú! ¡Fue más que un sueño!
Incapaz de rebatir a Decker, Christopher dejó caer la mano al costado.
– ¡Fuiste a rescatarme a mí! ¡Sólo a mí! ¡No tenías intención de rescatar a Tom! ¡Ibas a abandonarle allí, pudriéndose hasta la muerte! Eso debió de ser lo que descubrió Tom. -La disposición de Christopher pareció cambiar de repente. La cólera y su actitud a la defensiva se esfumaron, y se limitó a esperar y escuchar-. No sé cómo se enteró Tom de que había sido más que un sueño, pero estoy convencido de que era eso lo quería decir cuando dijo que lo ibas a abandonar. De una u otra forma, Tom supo que no era sólo un error o un despiste. ¡Tú ibas a abandonarle!
»A ti no te importan nada ni la Humanidad ni la gente. Si te importaran, jamás te habrías olvidado de Tom.
La serenidad de Christopher desentonaba ya tanto con la situación que Decker tuvo que hacer una pausa. Seguía impasible, y hasta parecía que disfrutara.
– Pero él no entraba en tus planes -continuó Decker con voz entrecortada, sintiéndose más y más inseguro a la vez que el gesto divertido de Christopher se hacía más pronunciado-. No le necesitabas para llevar a cabo tus planes. Sólo me necesitabas a mí. -Decker se detuvo, después de que las últimas palabras brotaran de sus labios casi por inercia.
Christopher sonreía ya abiertamente, y enseguida quedó claro que lo hacía para sí y no a Decker, que, dolido, había esperado negativas o cólera, pero desde luego que no aquello.
Finalmente, la sonrisa se transformó en una risa descarada.
– ¡Bravo! -dijo Christopher por fin, casi gritando-. ¡Lo has hecho muy bien, Decker! ¡Aunque hayas tardado veintitrés años en darte cuenta!
Decker estaba estupefacto. ¿Era aquello una confesión… o sólo una burla?
– Francamente, Decker, discutir contigo está tomándome más tiempo del que mereces -dijo-. A decir verdad, algo que por otra parte evito siempre que me es posible -añadió, y levantó la mano en un falso gesto de rendición-, jamás se me pasó por la cabeza rescatar a Tom Donafin. Como decías, fui a por ti -Christopher se encogió de hombros-. ¿Por qué iba a preocuparme por lo que pudiera ocurrirle a Tom Donafin?
»Claro que, por entonces, no tenía ni idea de quién era Tom. Yo creía que se había matado con el resto de su familia en un accidente de coche. Verás -explicó Christopher-, se suponía que Tom Donafin tenía que haber muerto años antes en un pequeño encuentro nocturno concertado para su familia con un conductor borracho. ¡Qué vista aquélla, sangre y cristales rotos por todas partes! -dijo haciendo un inciso-. El conductor ebrio salió ileso, sin ni siquiera un rasguño. Cuando se le hubo pasado la borrachera, se sintió tan culpable que se colgó en la celda de la prisión. Dejó a una esposa y dos hijos prácticamente en la pobreza. Y lo mejor de todo: cuando se colgó, el guardia estaba mirando. Ni siquiera intentó detenerle. Fue perfecto.
»Bueno… Casi perfecto. Pensé que toda la familia Donafin había muerto. Parece ser que los adláteres de Yahvé se las ingeniaron para ocultar a tu amigo de nosotros todos esos años. -Christopher se encogió de hombros como para eximirse de toda responsabilidad por el fallo-. No tenía ni idea de quién era cuando fui a sacarte del Líbano.
»¿Sabes qué? -dijo, levantando un dedo en el aire y agitándolo lentamente como para recalcar cada sílaba, al tiempo que una idea iba tomando forma en su mente-. ¡Me apuesto lo que quieras a que fue por eso por lo que dejó que creyeras que estaba muerto durante todos esos años! Donafin o Saul Cohen u otro debió de darse cuenta de que la mejor forma de ocultarle de mí era dejar que pensaras que había muerto. De haber mantenido el contacto después de que me mudara a tu casa, yo habría descubierto tarde o temprano quién era y habría organizado otro "accidente".
A Christopher se le ocurrió entonces otra idea.
– El día que me dispararon, ¿era Donafin el que estaba contigo en tu oficina cuando me dijiste que querías presentarme a un viejo amigo tuyo?
Decker asintió, pero su gesto, antes que una respuesta, parecía más un interrogante.
Christopher sonrió.
– Yahvé no corrió ningún riesgo -dijo-. Seguro que tenía a una legión de ángeles protegiéndole. Sentí algo, pero ni siquiera vi a Donafin. Supuse que el amigo que me querías presentar aguardaba en tu despacho. -Christopher hablaba como si se tratara de una conversación cualquiera. Decker estaba estupefacto y confundido no por el contenido de sus palabras, sino por el hecho de que estuviera contándole todo aquello.
Christopher continuó, ya fuera porque interpretó la expresión de Decker como demanda de una explicación más concreta o porque deseaba prolongar su agonía.
– Verás, Tom Donafin era el último de su linaje, el último pariente de sangre de Jesús, o Yeshua, como prefieras llamarle. Como sea, el caso es que hay una vieja ley según la cual un pariente de sangre de una persona asesinada tiene derecho a buscar al asesino y vengar la muerte. Yo sabía que sería asesinado; eso nunca lo dudé. Lo dice la profecía. [88] Es más, encajaba perfectamente en mi plan. ¿Cómo si no iba a haber representado una resurrección tan dramática delante de todo el planeta? Pero tenía pensado que fuera otra persona la que apretara el gatillo.
Christopher soltó una carcajada deleznable.
– Pobre Gerard Poupardin. Ese patético idiota quería pegarme un tiro para vengar a Albert Faure, un hombre que le utilizó y traicionó a su antojo. En realidad importaba bien poco quién me disparara. -Sacudió la cabeza con el pesar del jugador de ajedrez que se acaba de dar cuenta de que ha elegido el movimiento equivocado-. Lo único que quería era que fuera un asesinato. ¡Y en su lugar fue una ejecución! Es un detalle nimio dentro del proyecto en conjunto, ¡pero dediqué mucho tiempo a montar la escena! -Era evidente que a Christopher no le gustaba que Yahvé le ganara en su propio juego.