Christopher recuperó la compostura.
– No importa -dijo, dejando a un lado la derrota-. Aunque fue una dulce ironía que Poupardin estuviera tan decidido a matarme que, cuando Tom Donafin le privó de ese placer, volvió la pistola contra Donafin, en su lugar.
»Oh, y con toda modestia -añadió con una mueca-, creo que programar el estallido de la locura para que coincidiera con mi muerte y finalizarla cuando maté a Juan y Cohen fue un golpe magistral. ¿Quién iba a pensar que los seres espirituales que acudieron a mi llamada en el Templo de Jerusalén eran los mismos que habían causado una sangrienta carnicería con la locura sólo momentos antes?
Christopher sonrió y aguardó a que Decker respondiera, y cuanto más esperaba, más amplia se hacía su sonrisa.
– Entonces, ¿es cierto? -consiguió preguntar Decker por fin, incapaz de creer que él hubiese estado en lo cierto, y lo que era más, que Christopher así lo estuviese admitiendo-. ¡Todo lo que dice el KDP sobre ti es verdad! ¡De verdad eres el Anticristo, el hijo de Satanás!
– En carne y hueso -dijo Christopher triunfalmente, haciendo una exagerada reverencia y burlándose de Decker-. Pero ¿qué te sorprende tanto? Yo nunca lo he ocultado. Incluso llegué a contártelo durante al vuelo a Israel después de mi resurrección, y también en varias ocasiones desde entonces. No he dejado de decirlo nunca, pero no parece que a nadie le importara. Claro que siempre he insertado la verdad en historias sobre lo malo que es Yahvé.
Christopher meneó la cabeza maravillado.
– Siempre me ha asombrado lo dispuestos que están los humanos a creer esa versión. No tengo más que llamar su atención sobre alguna chuchería o trasto bonito que esté fuera de su alcance, decirles lo injusto que es que no lo tengan, y que si Dios fuera de verdad bondadoso y benévolo, no permitiría que no lo tuvieran. Dinero, poder, sexo: todo vale casi igual de bien. Claro que la tentación más seductora para los humanos ha sido siempre decirles que ellos pueden ser su propio dios, o por lo menos ser iguales que Dios. Funcionó con Eva en el jardín del Edén; «os haréis como dioses», [89] le dijo Lucifer. Ha funcionado durante siglos. Y ahora esa misma mentira ha funcionado con la Nueva Era para toda la Humanidad.
– Así que toda tu vida -Decker tuvo que sacarse las palabras de los labios casi a la fuerza-, ¿toda tu vida ha sido una representación?
– Por favor, Decker, no trivialicemos mis logros con palabras como «representación». Prefiero llamarlo una magníficamente orquestada y brillantemente ejecutada mentira.
– ¿Y lo que hablan las profecías sobre ti en la Biblia es todo verdad?
– Por supuesto que sí -dijo Christopher, sin emoción en la voz.
– Pero entonces debes de saber ya que, si vas a Petra, perderás.
– Ah, así es, en efecto -corroboró Christopher con resignación-. Pero el hecho de no ir tampoco iba a cambiar las cosas. Mi hora final está fijada. No importa dónde esté. Para mis propósitos, ir a Petra es, sencillamente, la más favorable de las opciones disponibles. Es a Petra adonde irá Jesús. No voy a esconderme en un oscuro rincón cuando llegue el día. ¡Estaré allí para recibirle! ¡Me plantaré desafiante ante él a su regreso, y llevaré conmigo a quienes le he robado! ¡No le temeré más al final de lo que le he servido en el pasado! ¡No sucumbiré jamás! ¡Me he puesto en su contra, y le desafiaré hasta el final. ¡Y después de eso, le maldeciré por siempre desde las llamas del infierno!
– Pero ¿por qué? ¿Por qué seguir hasta el final si ya sabes que acabarás en el infierno?
Christopher soltó una carcajada.
– Llámalo odio a Dios. Llámalo independencia. Seguro que eso sí que puedes entenderlo. Es tan sencillo como que me niego a servir. El poeta John Milton lo entendió. Y lo explicó sucintamente allá por 1667 en El paraíso perdido: «Mejor reinar en el Infierno que servir en el Cielo», escribió parafraseando al Señor Lucifer. [90] Y también para llevarme a otros conmigo, ¡claro! En realidad es bien sencillo. El hombre fue creado para que gobernara y reinara con Dios, fue hecho para amar y ser amado. ¡Cuando me quedo con aquellos que Dios había creado para sí, consigo que se enfade, que entre en cólera, y lo que es más importante, consigo hacerle daño!
»¿Tienes la más remota idea -dijo Christopher con toda sinceridad, deseando de verdad que Decker lo comprendiera- de lo que se siente al pellizcarle la nariz a Dios? -Christopher levantó la mano exultante con sólo pensarlo-. ¿Del torrente de poder, puro y duro, que te recorre el cuerpo cuando le miras a la cara y ves que tú… -volvió a mirar hacia Decker y golpeó el aire con su puño cerrado para dar más énfasis a cada logro de su enumeración-: ¡Con tu voluntad!, ¡con tu poder!, ¡has conseguido intencionadamente que Dios, el creador del Universo… llore!?
Decker estaba perdido… derrotado. Scott Rosen y el KDP habían acertado con Christopher con todo. Y llamara como llamara Christopher a su vida, representación o mentira, Decker se dio cuenta de que la suya había sido una farsa. Contra eso nada tenía importancia ya. Pero todavía había algo que Decker deseaba saber.
– Christopher -dijo. El roce del nombre de Christopher en sus labios, el sonido de éste en sus oídos, azotó a Decker con el recuerdo de todos los años en los que lo había pronunciado engañado-. Sólo una pregunta más.
Así como Christopher antes no había tenido tiempo para Decker, ahora su expresión reflejaba un enorme deseo de contestar. Estaba disfrutando aquello de verdad.
– ¿Por qué yo? -preguntó Decker-. ¿Por qué me escogiste a mí?
Christopher miró a Decker, momentáneamente sorprendido por lo inesperado de la pregunta. Pero entonces se le hincharon las mejillas, al tiempo que apretaba los labios, intentando controlar su reacción. Sin poder aguantarse más, Christopher cedió al impulso y estalló a reír descontroladamente, durante un rato largo.
– ¿Cómo puedes ser tan estúpido? -dijo desdeñosamente con una sonora carcajada-. ¿De verdad crees que eras tan importante para mis planes como para que haya una razón de que te eligiera a ti? Podía haber elegido a cualquiera de entre por lo menos un millar de personas más. -Christopher hizo una pausa para enjugarse una lágrima de risa antes de continuar.
»Está bien -dijo intentando recobrar la seriedad, aunque estaba pasándoselo demasiado bien como para ocultarlo-. Te diré por qué te elegí a ti. -Christopher se detuvo un instante para saborear la ironía. Era un chiste cuyo final llevaba esperando veintitrés años al momento justo para terminar de ser contado.
»Tú -dijo Christopher, e hizo una pausa, debatiéndose por mostrarse totalmente inexpresivo, pero disfrutando con el sonido de cada sílaba que articulaba su lengua, sabedor del efecto que tendría sobre Decker- resultaste estar… -Christopher no pudo evitar echarse a reír- ¡en el sitio adecuado, en el momento oportuno!
Christopher estalló ahora en un ataque de risa tan incontrolado que tuvo que echar mano al respaldo de una silla para recuperar el equilibrio.
Decker sintió escapársele las fuerzas. De haber tenido la presencia de ánimo para notarlo, habría creído casi inexplicable que su corazón siguiera latiendo bajo el peso de su pecho, cuando cayó repentinamente en la cuenta de que su vida no pasaba de haber sido más que un chiste para divertimento de Christopher.
Hasta ese instante había tenido su cólera al menos. Ahora ya no le quedaba ni eso. No es que la hubiera satisfecho, no, se había esfumado. Ya no le quedaba nada. Nada tenía sentido. Durante más de dos décadas había construido su vida en torno a Christopher. Y ahora no sólo le habían quitado aquello, arrancándoselo de debajo de los pies, sino que había sido todo una farsa. ¡Además de haber sido traicionado, había sido un estúpido! ¡Él no era más que un chiste!