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De principio a fin, el suceso no había durado más de dos segundos. En sus últimos momentos de conciencia, mientras se le desangraba el cerebro, Decker pudo ver a Christopher allí de pie, que le miraba, satisfecha su ira, con una sonrisa, blandiendo la espada sobre su cabeza, con la sangre de Decker resbalándose sobre la empuñadura y goteando sobre su mano. Junto a la cabeza de Decker, pero fuera de su campo de visión, la sangre que manaba de su torso descabezado borboteó desacompasadamente, al tiempo que su corazón sufría una convulsión y se paraba. El flujo fue perdiendo intensidad enseguida, y pronto manó solamente por efecto de la fuerza de la gravedad. Lo mismo ocurrió con la cabeza de Decker. Al haber sido separada del corazón, ya no existía una fuerza motora que expulsara la sangre, como sería el caso con una herida normaclass="underline" la única fuerza que hacía manar la sangre de su cabeza era la gravedad. El resultado, como Decker pudo comprobar de primera mano, fue que todavía permaneció consciente y con vida unos segundos inmediatamente después de la decapitación. [91] Incluso en la muerte, había podido Decker satisfacer su curiosidad.

– Me equivocaba, Decker. ¡Ha sido más divertido de lo que imaginaba! -dijo Christopher alejándose-. ¡Nos veremos en el infierno!

Decker podía sentir la sangre manándole del cerebro y observó cómo la habitación se oscurecía al mismo tiempo que él empezaba a perder el conocimiento. Por lo menos ha sido rápido, pensó.

Entonces Decker oyó algo… una voz. Con la pérdida de sangre del cerebro, no tenía ni idea de dónde provenía, pero estaba convencido de que le hablaba a él. Entonces recordó algo, y el recuerdo le arrolló como un tren de mercancías. A pesar de su estado, a pesar de estar desorientado, jamás había pensado en nada con tanta claridad en toda su vida. Sabía lo que tenía que hacer, y no pudo más que pensar (de haber formado su cuerpo todavía parte de él, se habría reído en alto) que todo se redujera a aquello: no llevaba muerto más que unos segundos, la cabeza seccionada del cuerpo, y aun así supo que había nacido para vivir ese día, esa hora, ese momento.

Al instante Christopher se paró en seco.

– ¡Nooooooo! -gritó, y su voz brotó produciendo un sonido aterrador, tanto que sólo podía provenir de muy por debajo de las puertas del infierno. De haberla podido oír, Decker habría reconocido la voz como la misma de años atrás, cuando había estado al borde de la locura. De haber podido ver, mientras Christopher daba media vuelta y volvía a levantar la espada, habría visto por primera vez el verdadero rostro del hombre al que había criado como a un hijo. Ni la suma de todas las malas obras y de todos los malos pensamientos del hombre mortal y los demonios habría conseguido mostrarse tan lóbrega como lo hacía ahora el odio en aquel auténtico rostro de muerte.

Christopher se fue decididamente hasta donde había dejado abandonados la cabeza truncada y el cuerpo de Decker agarró la espada, se hincó sobre una rodilla, y con toda su fuerza descargó el filo de la hoja directamente delante de la oreja derecha de Decker, abriéndole el cráneo de parte a parte con un crujido estridente y derramando sus sesos por todo el suelo.

«¡Tírale del pelo!»

18

LAS SEÑALES

– ¿Qué? -ladró Christopher cuando llamaron a la puerta.

Robert Milner entró cautelosamente y se encontró a Christopher todavía furioso, con los músculos temblándole de rencor.

– Creo que querías verme… -empezó Milner algo acobardado, incluso antes de descubrir los restos desmembrados en el suelo.

Christopher respiró hondo varias veces para serenarse. Pero la cólera en su voz era inconfundible.

– Quiero a la Organización Mundial de la Salud, al ejército, a las fuerzas de seguridad y a la policía haciendo horas extras para que detengan hasta el último seguidor de Yahvé. No quiero que se escape ni uno, ¡ni uno!

Milner escuchó las palabras de Christopher, pero ahora estaba completamente concentrado en la carnicería a sus pies.

– ¿Qué ha ocurrido? -preguntó. De la cara de Decker quedaba lo suficiente para que Milner estuviese relativamente seguro de que se trataba de él.

Christopher le lanzó una mirada fulminante por toda respuesta.

– Y diles a los guardas que los prisioneros deben sufrir antes de morir, para que la limpieza espiritual sea completa. Que hagan con ellos lo que les plazca. ¡Pegarles! ¡Humillarles! ¡Violarles! ¡Torturarles! ¡Mutilarles! ¡Pero no quiero ver a ni uno solo más sonriendo antes de morir!

– Me ocuparé de ello inmediatamente -contestó Milner obedientemente, al tiempo que concentraba por fin toda su atención en Christopher.

– Y manda a alguien para que limpie esta porquería -dijo Christopher frunciendo el entrecejo, y admitiendo por fin la existencia de los restos de Decker.

– Llamaré a Seguridad. Les diré que te atacó -dijo Milner, y mirando las dos mitades de la cabeza de Decker, que yacían separadas por casi un metro de alfombra ensangrentada, añadió-: Pero no sé cómo voy a explicar las… esto… las circunstancias.

– ¡Tú trae a alguien que sepas que puede mantener la boca cerrada! -dijo Christopher, perdiendo momentáneamente la compostura y estrellando el puño contra la mesa.

Milner asintió nerviosamente con la cabeza.

– Le diré que se deshaga del cuerpo en una de las instalaciones de interrupción involuntaria de la vida -dijo, al tiempo que descolgaba el auricular para hacer la llamada. Luego recordó algo y se detuvo-. He hablado con Jackie Hansen cuando se marchaba, hace un rato. Sabía que Decker estaba aquí.

Christopher sacudió la cabeza, desechando la inquietud de Milner.

– Jackie Hansen es mía -dijo-. Siempre ha sido mía.

Viernes 17 de julio, 4 N.E.

Centro de Irak

Cinco kilómetros al norte de Jadad, en Irak, a orillas del río Éufrates, un reducido equipo de ingenieros de caminos daba los últimos pasos necesarios para cerrar la gigantesca esclusa y así desviar el curso del gran río que discurría por Wadi Ghazila hacia el lago llamado Mileh Tharthâr. Ninguno de los componentes del equipo conocía la razón de aquel encargo. La esclusa se había ubicado allí originalmente para controlar las crecidas, pero no había riesgo de inundaciones en esa época del año. Si la esclusa permanecía cerrada mucho tiempo, la navegación río abajo, en dirección a Babilonia, no tardaría en ser imposible. Pero la orden no hacía mención a cuándo debía abrirse de nuevo, sólo ordenaba que se cerrara. Y no daba razones. Sólo decía lo que había que hacer, así que lo hicieron.

Viernes 24 de julio, 4 N.E.

Chongqing, China

Su Lien Chu dio por finalizado el baño y empezó a secarse, cuidándose mucho de no irritar la multitud de llagas dolorosas que le cubrían el cuerpo. Al contemplarse desnuda en el espejo, sacudió la cabeza, disgustada ante el feo espectáculo que ofrecían las heridas abiertas. La más grande formaba un círculo rugoso que había crecido hasta unos quince centímetros de diámetro y le ocupaba la base del cuello y de ahí se extendía sobre el seno derecho. «¡Te odio!», dijo en su dialecto nativo al tiempo que miraba al cielo. Luego rompió a llorar. Cuando se hubo serenado, retiró las manos de la cara y se enjugó las lágrimas con el dorso de las manos. Cuando volvió a mirarse en el espejo, desvió la mirada para intentar no mirar la enorme lesión. Aun así, no pudo evitar ver que se había producido un cambio: la úlcera parecía haber disminuido ligeramente de tamaño. Con los ojos abiertos de par en par de asombro, se llevó la mano hasta la llaga para comprobar el tamaño. Era claramente más pequeña, y no tardó en darse cuenta de que lo mismo le había sucedido a todas las demás úlceras de su cuerpo.

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[91] En las crónicas históricas y en los países donde la decapitación sigue practicándose en la actualidad, como es el caso de Arabia Saudí, se habla de casos en los que los ojos y la boca de la víctima siguen moviéndose después de la decapitación. El caso más notable es el de Ana Bolena, quien, tras ser decapitada por orden de Enrique VIII, continuó moviendo los labios, articulando en silencio su última oración durante varios segundos. Se calcula que el cerebro humano dispone de oxígeno suficiente para que el metabolismo persista durante aproximadamente siete segundos después de una decapitación.