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– Yo que usted no intentaría eso todavía -dijo Debbie Sánchez al periodista que levitaba-. Acabará con una jaqueca horrorosa si no va con cuidado.

– ¿Cuánto durará esto? -preguntó un periodista a voz en grito, sin acabar de creerse el comunicado escrito de Christopher.

– Como asegura el secretario general en su comunicado -contestó Sánchez-, es permanente.

– ¿E irá haciéndose el poder mayor con el tiempo?

– Sí, según vaya uno aprendiendo a utilizarlo, éste se hará mayor. Pero debe emplearse de forma responsable y pensada, no por capricho.

– ¿Es éste el poder que se empleará para derrotar al KDP en Petra?

– Sí -contestó Debbie Sánchez.

19

SI TU MANO DERECHA TE HACE CAER

Jueves 27 de agosto, 4 N.E.

Petra

Hacía tres días que Chaim Levin, el sumo sacerdote de Israel, hacía ayuno. No había comido ni bebido nada. Tampoco había hablado. Pero aquello no tenía nada de insólito en un rabino que buscaba conocer la voluntad de Dios, así que le habían dejado que meditara y orara en soledad. Incluso su mujer, Rose, no osaba molestarle.

A nadie le hacía falta preguntarse sobre qué estaría orando. Sabían tan bien como él lo que estaba ocurriendo en el mundo fuera de Petra; nadie que tuviese una radio o un televisor podía ignorarlo. Las señales prometidas por Christopher se habían manifestado, y muy pronto se reunirían los ejércitos de la Tierra para marchar sobre aquel lugar provisto por Dios. Los seguidores de Levin en Petra deseaban conocer la respuesta de Dios, tanto como el propio sumo sacerdote.

Hacia el mediodía del tercer día, Chaim Levin se puso en pie, rompió su ayuno y se dio un baño. Luego llamó a Samuel Newberg, su ayudante y confidente. Newberg ya estaba esperando; uno de los sacerdotes le había avisado de que Levin había puesto fin a su ayuno.

– Sam, quiero hablar con el líder del KDP -dijo sin más preámbulos.

Newberg le miró confuso.

– Rabino, verá… esto… no creo que…

Chaim Levin asintió insistentemente con la cabeza, pues sabía que su petición podía resultar algo sorprendente.

– No pasa nada, Sam, tú tráemelo. -Entonces, percibiendo la expresión que nublaba el rostro de Newberg, se le pasó por la mente que a lo mejor era otro el problema-. A no ser, claro, que creas que no va a querer venir.

– No, no es eso. Es sólo que, bueno, que… no creo que tengan un líder.

Aquélla era una posibilidad con la que Levin no había contado. Frunció el entrecejo, asombrado por lo poco que en realidad sabía de los demás residentes de Petra. Con todo, deseaba hablar con alguien que pudiera hablar por y para el KDP.

– ¿Es que no hay nadie entre ellos que ocupe una posición más destacada que los demás? -preguntó.

– No desde que murieron Juan y Saul Cohen -contestó Newberg. El sumo sacerdote estaba perplejo, y Newberg le espetó la única sugerencia que se le ocurría-: He oído que Cohen tenía un hijo -dijo. Newberg se arrepintió nada más decirlo al caer en la cuenta de que no tenía ni idea de cómo iba a contactar con el hijo de Cohen.

El sumo sacerdote se acarició la barba mientras ponderaba rápidamente la posibilidad. La idea tenía su mérito.

– Me gustaría hablar con él -dijo.

Jerusalén

La Resistencia de Jerusalén existía con un único propósito, ayudar a quienes querían huir a Petra. Como tal, su utilidad era ya prácticamente nula. Hacía un mes que nadie de fuera del país pasaba por Israel de camino a Petra. En Israel eran muy pocos los que no llevaban la marca de Christopher, y la mayoría pertenecían a la Resistencia. Completada su misión, los líderes de la Resistencia se habían reunido en un kibbutz abandonado las afueras de Jerusalén para planear su huida a Petra. Cuando llegaron, los recibió Benjamin Cohen, hijo de Saul Cohen, y miembro del KDP. Cuando la reunión hubo concluido, el amigo íntimo de Cohen, Jim Carp, le pidió que esperara. Entonces, cuando todos se hubieron marchado, Carp le dijo que había alguien al que quería que conociera.

– ¿Quién es?-preguntó Cohen.

– Mi hermano, Asaph -contestó Carp.

Cohen sonrió sorprendido.

– Tanto tiempo y ni siquiera sabía que tenías un hermano. ¿Acaba de llegar a Israel?

– No -repuso Carp. Su voz revelaba cierto malestar-. Lleva en Jerusalén varios años.

– ¿Y cómo es que no le conozco?

– Bueno, es posible que sí que lo conozcas. Es más, se cambió el apellido cuando vino a Israel.

– ¿De verdad? -empezó Cohen, pero antes de que pudiera terminar, el invitado de Carp entró en la habitación.

Cohen se quedó boquiabierto. Su mirada iba y venía entre Carp y el otro hombre. Parecía impensable, pero allí delante de él estaba Asaph ben Judah, el alcalde de Jerusalén; un hombre que, durante los últimos tres años y medio, había servido de marioneta al gobierno de ocupación de la. ONU, un hombre que en todo momento se había prestado a ser el peón de Christopher en la región.

– Nos has traicionado -le dijo Cohen a Carp.

– No -insistió Carp.

– ¿Tu hermano es Asaph ben Judah? -exclamó Cohen con incredulidad. El parecido era menos que evidente.

– ¡Ha cambiado de parecer! -dijo Carp-. Se ha dado cuenta de que estaba equivocado. -De algún modo, hablar de Ben Judah en tercera persona, como si no estuviera allí con ellos, hacía que la conversación fuera algo más soportable.

– ¿Que ha cambiado de parecer? -repitió Cohen, escupiendo las palabras de Carp como si de un vil veneno se trataran-. ¿Que ha cambiado de parecer? -Aquello sí que era una ridiculez.

– Sí, señor Cohen -dijo Ben Judah, uniéndose por fin a la conversación-. He cambiado de parecer. Reconozco que estaba equivocado, al igual que lo reconocen muchos de los habitantes de Jerusalén.

– Pues me parece muy bien -dijo Cohen con desprecio-, pero me temo que es un poco tarde. -Cohen dirigió su mirada hacia la mano derecha de Judah y el número de Christopher que estaba grabado en ella-. ¡Hiciste tu elección! Podías haberte resistido. Podías haberte ido con los que huyeron a Petra. Podías haberte ocultado como tu hermano. -Cohen volvió a mirar a Jim Carp, sin acabar de creerse que los dos hombres estuvieran emparentados-. Pero escogiste seguir a Christopher Goodman. Incluso después de que profanara el Templo y destruyera las tablas de la ley; incluso cuando instaló su imagen en el muro del Templo, que era claramente la abominación de la que advirtiera el profeta Daniel; [92] ¡y aun así permaneciste a su lado! Incluso te pusiste en contra de tu propio pueblo, entregándolo a los verdugos de Naciones Unidas si se negaban a adorar la imagen. ¿Cuántos han muerto por tu culpa?

Asaph ben Judah suspiró y apretó los dientes. No respondió a la pregunta. No hacía falta. Incluso una muerte eran demasiadas, y lo cierto era que no conocía la cifra.

– Cuanto has dicho es cierto. He hecho todas esas cosas, y reconozco que probablemente sea demasiado tarde para mí. Pero los demás…

– Ya escuchaste la advertencia del ángel -dijo Cohen-. Todos la escucharon: todo el que reciba la marca beberá del vino de la cólera de Dios y será atormentado con fuego y azufre por los siglos de los siglos. No tendrán reposo los que adoran a la bestia y su estatua, ni el que reciba la marca de su nombre -dijo, parafraseando las palabras del ángel.

– Pero tiene que haber algo que se pueda hacer. La mayoría de esas personas no han llegado nunca a rebelarse en contra de Dios. Sólo aceptaron la marca porque, de no haberlo hecho, lo habrían perdido todo.

– Y así ha ocurrido -respondió Cohen-. Vendieron su prerrogativa como pueblo elegido de Dios a cambio de sus posesiones, de la misma manera que Esaú vendió su primogenitura a Jacob a cambio de un poco de comida. [93]

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[92] Daniel 9, 27.

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[93] Génesis 25, 29-34.