Sardon continuaba hablando, pero Ian no le oía. Sus palabras carecían ya de importancia. Ya no había duda alguna: Ian sabía que estaba a punto de morir.
El hombre dejó de hablar y con un gesto indicó a los guardas que acompañaran hasta el estrado a uno de los compañeros de Ian.
– Ya lo sé -continuó Sardon dirigiéndose de nuevo a los soldados-, a mí también me gustaría hacer la demostración con un KDP, pero como no hay ninguno por aquí -bromeó-, estos hombres y mujeres han aceptado echarnos una mano. Si esto es motivo de inquietud para algunos de vosotros, he de señalar que todos estos voluntarios eran hasta hace muy poco tiempo colaboradores de los fundamentalistas. Mientras ellos sí que han aceptado la comunión y la marca en lugar de enfrentarse a le rasoir national, [96] nosotros y ellos hemos decidido que, por su propio bien, habría que liberarles de los recuerdos negativos de esta vida y permitirles pasar a la siguiente encarnación con un historial limpio.
Los guardas se dirigieron directamente hacia el hombre que había vomitado.
– ¡No! ¡No! -gritó, mientras era conducido a empellones hacia el estrado.
– Parece que nuestro primer voluntario ha cambiado de idea -dijo Sardon con una sonrisa. El hombre fue arrastrado sollozando hasta el estrado, y lo colocaron a unos dos metros a la izquierda de Sardon. Para que se callara, uno de los guardas acabó apuntándole con una pistola a la cabeza-. ¿Lo veis bien todos? -preguntó Sardon. Cuando hubo comprobado que todos veían bien, continuó-: En la técnica que vamos a demostrar a continuación, utilizaré el poder telequinésico y, para facilitar la visualización y la concentración, emplearé la mano en una acción física paralela. Aunque no es necesario recurrir a la ayuda física, se recomienda, sobre todo al principio. -Dicho esto, Sardon se alejó del atril, se giró hacia el «voluntario», que seguía gimoteando, y extendió levemente la mano derecha. Entonces, mientras se concentraba en la visualización del corazón del hombre, empezó a cerrar los dedos de la mano extendida, al tiempo que giraba ésta lentamente hacia la derecha. Los gimoteos y la respiración del voluntario se detuvieron de golpe, y su rostro se torció en una grotesca mueca de dolor. Podía haberse desplomado al instante, pero Sardon quiso prolongar la actuación, así que echó mano de sus facultades telequinésicas para mantener al hombre erguido a fin de que nadie se perdiera la demostración. Sardon apretó con fuerza los dedos y continuó girando la mano de un lado a otro, al tiempo que la cabeza del hombre era lanzada hacia atrás, su cuerpo se volvía flácido y de su boca empezaba a brotar sangre. Finalmente, cuando ya no había duda de que el hombre había muerto, Sardon liberó su influencia telequinésica y dejó que el cuerpo se desplomara sobre el estrado.
Había sido una exhibición impresionante y el general Sonnier no pudo evitar prorrumpir en aplausos, dejando ver a los soldados que era correcto hacerlo. Sardon agradeció la muestra de aprobación.
– Y ahora -dijo, cuando se apagaron los aplausos-, aunque nos gustaría brindar a cada uno de vosotros la oportunidad de probarlo personalmente, me temo que contamos con un número muy limitado de voluntarios. Entonces, lo que vamos a hacer es… A ver… -dijo, parando a mitad de la frase el tiempo suficiente para girarse y comprobar el número de «voluntarios» de los que disponía-. Dieciocho, diecinueve. ¿Sólo diecinueve? -preguntó decepcionado a nadie en particular-. Muy bien, entonces -continuó, volviéndose de nuevo hacia los soldados-, seleccionaremos a diecinueve de vosotros para que subáis uno a uno y lo intentéis vosotros mismos. Yo me quedaré aquí para ofreceros comentarios y sugerencias, y así el resto podréis aprovechar la demostración, aunque no podáis intentar practicarlo todavía.
21
Sábado 29 de agosto, 4 N.E.
Babilonia
Akbar Jahangir, un joven de trece años, espiaba desde detrás de una pila de cajas y palés de madera en el callejón, cuando la puerta trasera se abrió y apareció una mujer cargada con una bolsa negra de basura. Era imposible adivinar lo que había en el interior, pero hacía dos días que él, su madre y su hermana pequeña no comían y lo único que podía hacer era rezar por que contuviese algunos restos de comida. Habría tenido más probabilidades de encontrar comida en los contenedores de detrás de alguno de los restaurantes, pero la probabilidad de que estuvieran vigilados por la policía era mayor. Conocía a gente que había sido arrestada en lugares así. Era lo que él y su madre pensaban que le había ocurrido a su padre. Nadie lo sabía a ciencia cierta. Un día, su padre y otro hombre salieron a ver si encontraban comida y ya no volvieron nunca más.
Cuando la mujer regresó al interior y la puerta se hubo cerrado del todo, Akbar echó un vistazo a su alrededor y corrió hacia el cubo metálico de basura. Procurando ser rápido y silencioso, retiró la tapa y sacó la bolsa. No examinaría el contenido hasta que no estuviera mejor escondido, hasta que no encontrara un lugar donde estuviera seguro de que nadie podía ver que no llevaba la marca.
Domingo 30 de agosto, 4 N.E.
Petra
– Disculpe la tardanza -dijo Benjamin Cohen, mientras Samuel Newberg le presentaba a Chaim Levin, el sumo sacerdote de Israel-, pero estaba en Jerusalén cuando recibí recado de que quería verme.
Finalizadas las presentaciones, Newberg hizo ademán de retirarse.
– Por favor, Sam -le dijo el sumo sacerdote a su asistente y viejo amigo-, quédate. -Y volviéndose hacia su invitado, dijo-: Si no le importa, claro.
– Por supuesto -dijo Cohen. Y dicho esto, los tres hombres se sentaron en sillas de madera en torno a una mesa en la que Rose Levin había dispuesto una jarra de agua, un cuenco de fresas y una fuente de galletas de maná.
– ¿Jerusalén, dice usted? -Levin había querido insinuar con su pregunta cómo Cohen, un hombre del KDP, podía haber viajado a Jerusalén sin ser arrestado. Pero tan pronto como la formuló, se dio cuenta de que era una pregunta para la que sobraban las explicaciones; el KDP tenía sus recursos.
– El Señor provee -contestó Cohen de todas formas.
Levin asintió con la cabeza, y tras una pausa embarazosa, señaló a Cohen con el dedo meñique-. Yo conocí a su padre -dijo.
– Lo sé -respondió Cohen.
– Los dos estudiamos con el rebe Schneerson. [97] Nunca llegamos a intimar -añadió Levin-. Su padre era cinco años mayor que yo, pero supongo que nos respetábamos.
– Él siempre hablaba muy bien de usted -dijo Cohen-. Se alegró cuando le nombraron sumo sacerdote.
Levin no respondió, pero levantó la ceja izquierda, sonrió agradecido y asintió con la cabeza. Después de tantos años, le agradaba saberlo.
– ¿En qué puedo servirle? -preguntó Cohen.
Levin miró la marca que Benjamin Cohen lucía en la frente; las letras hebreas deletreando el nombre de Yeshua.
– ¿Sabe una cosa? -empezó-. Yo me crié odiando a los cristianos. Mi madre me decía que odiar no es bueno, pero yo la había oído llorar por las noches. Durante la Segunda Guerra Mundial pasó dos años en Belsen -explicó refiriéndose al campo de exterminio nazi-. Pesaba treinta y dos kilos cuando los Aliados liberaron el campo. Yo culpaba a los cristianos por lo que los nazis les hicieron a los judíos, y casi todos los cristianos que conocí de joven no ayudaron demasiado a que cambiara de opinión. Pero tuve que moderar mi forma de pensar cuando conocí a mi esposa. Sus padres también habían vivido en Alemania, cerca de Würzburg. Pasaron casi toda la guerra escondidos encima del garaje de una familia de cristianos que arriesgó su vida para protegerles. Entonces no lo comprendí, pero con el tiempo me di cuenta de que las malas personas -gente como Hitler y los nazis- suelen tratar de vestirse con ropas respetables para ocultar su verdadera naturaleza. También descubrí que no todos los que reivindican a Cristo siguen luego sus enseñanzas. Y supongo que se me ocurrió que, si le echaba la culpa a todos los cristianos de las faltas de unos pocos, entonces yo como judío debía asumir la culpa de todas las faltas de todos los judíos, y remontarme a Jacob, por haber engañado a Isaac y robarle a Esaú su primogenitura, y asumir también la culpa de las muertes de los profetas a manos de mis antepasados. Ninguno de nosotros, judíos ni gentiles, tenemos que se diga un historial impoluto.