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– También son mis antepasados -interpuso Cohen.

Levin asintió con la cabeza.

– Sí, pero… -Con su referencia a «mis antepasados» no había pretendido decir lo contrario. Sabía que los miembros del KDP se consideraban judíos y que incluso respetaban todas las leyes y tradiciones judías -de no haber sido así, jamás habría permitido que Cohen se sentara a su mesa-, pero en el fondo, sí que ponía en duda que una persona fuera cristiana y siguiera siendo judía a la vez.

– Yo me siento ante usted como un judío -insistió Cohen-, ni más ni menos. Cuando mi padre estudiaba con el rebe Schneerson, creía que Schneerson era el Mesías -dijo Cohen.

– Igual que yo, igual que miles de sus seguidores -añadió Levin.

– ¿Acaso dejaron ellos, mi padre y usted de ser judíos por esa razón?

Levin no contestó. Se trataba de una pregunta retórica.

– Y aun así, el rebe Schneerson ni siquiera pisó Israel, y mucho menos nació en Belén, la ciudad de David, como había anunciado el profeta Miqueas que sucedería con el Mesías. [98] Así que ¿cómo es que si una persona cree que Yeshua -un judío de la casa de David, nacido en Belén- fue el Mesías, deja de ser judío de pronto?

Levin ya había escuchado ese argumento antes. Sabía que tenía su lógica, pero a pesar suyo, a pesar incluso del propósito de aquella reunión, no acababa de sentirse cómodo con el tema.

– Hace tres años y medio -dijo Levin dejando caer el interrogante de Cohen- que vivimos aquí juntos, nosotros judíos y vosotros el KDP y vuestros cris… -Levin se mordió la lengua-. ¿Cómo prefiere que les llamemos?

– Cristianos está bien -contestó Cohen-, aunque muchos prefieren el término «judíos creyentes», para distinguirse como creyentes en Yeshua como el Mesías, y al mismo tiempo dejar claro que siguen siendo judíos.

Levin asintió y reformuló la pregunta.

– Hace tres años y medio que vivimos aquí juntos, en Petra, nosotros judíos y vosotros el KDP y vuestros judíos creyentes, y, sin embargo, ninguno de vosotros ha llamado a mi puerta, ha intentado nunca convencerme de que nos equivocamos sobre vuestro mesías. ¿Por qué?

Benjamin Cohen se quedó pensativo un segundo antes de contestar.

– ¿Qué íbamos a contarle que no supiera ya? -preguntó-. ¿Quiere que le hable de las señales mostradas por Juan y mi padre? ¿Quiere que le hable de cómo, después de yacer muertos en las calles de Jerusalén durante tres días y medio, resucitaron y subieron al cielo, con el mundo entero por testigo? ¿Quiere que le explique cómo el discurso de Christopher Goodman en el Templo y la colocación de su estatua se corresponden exactamente con las palabras del profeta Daniel? [99] ¿O acaso prefiere que le enseñe la prueba de que gozamos de la bendición de Dios, el maná y la fruta de la cosecha obtenidas de lo que antes era un desierto estéril? -dijo señalando, con las manos abiertas, las galletas y las fresas que había en la mesa.

– Sabemos que nadie podría obrar señales tan milagrosas si Dios no estuviera a su lado -ofreció Chaim Levin inmediatamente.

– ¿Quiere entonces que le lea las palabras de los profetas: Daniel, que dijo que el Mesías vendría 483 años después de que se decretara la reconstrucción de Jerusalén tras el cautiverio babilonio; [100]Jeremías, que dijo que el Mesías pertenecería a la casa de David; [101]Miqueas, que dijo que el Mesías nacería en Belén, en Judea, pero que sus orígenes venían de antaño? [102] ¿Quiere que le cite a Isaías, que dijo que el Mesías se llamará Dios Todopoderoso, Padre eterno y Príncipe de la paz; [103] que su ministerio comenzaría en Galilea; [104] que realizaría numerosas curaciones y otros milagros; [105] que a pesar de no haber hecho nada malo, sería juzgado, y que en su juicio el Mesías no se defendería, sino que sería llevado al matadero como un cordero, enmudecido, al matadero; [106] que sería traspasado y molido por nuestras iniquidades; [107] pero que después de muerto resucitaría; [108] y que los hechos y la palabra del Mesías serían contados por toda la Tierra tras generación, para siempre? [109] ¿O he de leerle las palabras de Zacarías, que dijo que el Mesías entraría en Jerusalén montado sobre un asno, [110] y que sería entregado por un amigo a cambio de treinta monedas de plata? [111] ¿O he de apelar al rey David, quien describió la muerte del Mesías con todo detalle mil años antes de que la crucifixión fuera utilizada por primera vez -la burla de la muchedumbre, la subasta de sus vestiduras-, [112] y quien dijo también que el Mesías resucitaría? [113]

Sam Newberg, que hasta ahora había guardado silencio, habló, por fin.

– Si lo que dice es cierto -preguntó con cierto apremio-, ¿cómo es posible que nuestros antepasados le rechazaran?

– Me temo -contestó Cohen- que los judíos tenemos todo un historial de rechazo hacia quienes Dios nos ha enviado para salvarnos. ¿No rechazaron nuestros antepasados a su hermano José y le vendieron como esclavo porque sus sueños decían que, algún día, todos se postrarían ante él? [114] Y, sin embargo, años después, de acuerdo con la voluntad de Dios, se postraron ante él y él les salvó de la carestía. Moisés también fue rechazado al principio. [115] Huyó de Egipto y vivió en el Sinaí cuarenta años antes de regresar, para liberar a Israel del faraón. Pero de nuevo lo rechazamos. [116] E incluso cuando Moisés les había liberado de Egipto, nuestros antepasados le rechazaron como su salvador doce veces más. [117] En dos ocasiones estuvieron a punto de apedrearle. [118] Pero Moisés no fue el único al que habían rechazado; Moisés dijo que sus murmuraciones, en realidad, iban en contra de Dios. [119] ¿Acaso no rechazaron nuestros antepasados a Moisés y a Dios, y se esculpieron una imagen -un becerro de oro- para adorarlo? [120] Hasta Aarón y María rechazaron el liderazgo de Moisés. [121]

»En Pascua, en la canción Dayenu, cantamos que habríamos estado satisfechos "si tan sólo nos hubiese rescatado de Egipto, y no castigado a los egipcios; si tan sólo hubiese castigado a los egipcios, y no destruido sus dioses; si tan sólo hubiese destruido sus dioses, y no matado a sus primogénitos…" Pero ¡es mentira! No hacemos más que engañarnos. Debería haber sido suficiente, pero incluso después de todo lo que Dios hizo por nosotros, persistimos en nuestra rebeldía. Acaso no dijo el Señor de nosotros por medio del profeta Isaías:

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[98] Miqueas 5, 1.

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[99] Daniel 9, 27.

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[100] Daniel 9, 25.

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[101] Jeremías 23, 5.

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[102] Miqueas 5, 1.

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[103] Isaías 9, 5.

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[104] Isaías 9, 1-7.

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[105] Isaías 35, 3-6.

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[106] Isaías 53, 7.

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[107] Isaías 53, 4-12.

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[108] Isaías 53, 10-11.

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[109] Isaías 49, 6.

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[110] Zacarías 9, 9.

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[111] Zacarías 11, 12-13.

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[112] Salmos 22, 7-8; 16-18.

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[113] Salmos 16,10; 30, 3.

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[114] Génesis 37.

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[115] Éxodo 2,11-14.

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[116] Éxodo 6, 9.

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[117] Éxodo 14, 11-12; 15,24; 16, 2-3; 17,1-4; Números 11, 18-20; 14,1-5, 40-45; 16, 1-3, 41-45; 20, 2-5; 21, 4-5; 25, 1-9; Deuteronomio 1, 26-27, 42-43; 9, 9-17, 23-24.

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[118] Éxodo 17, 4; Números 14, 10.

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[119] Éxodo 16, 7-8; Números 20, 13.

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[120] Éxodo 32, 1-6.