Joel Felsberg se aproximó hasta la barrera y bajó la ventanilla para hablar con el guarda.
– Manifiesto -le dijo éste a secas.
Felsberg le tendió el documento con una firma falsificada, prueba de que la mercancía que habían traído por la mañana ya había sido entregada. El guarda verificó los datos del manifiesto en su PDA, para comprobar que la mercancía de verdad había sido entregada. En su incursión informática, Felsberg no se había limitado a introducir los datos del manifiesto falsificado, también había incluido un programa retardado que creaba automáticamente un registro de entrega de mercancía, una hora después de que la primera verificación de seguridad reflejara que habían entrado en la ciudad. Tres horas después, todos los registros del manifiesto se borrarían del sistema sin dejar huella.
Así que el guarda encontró que todo estaba en orden. En nueve de cada diez ocasiones, el siguiente paso del guarda habría sido pedirle al conductor que abriera la parte de atrás del camión para verificar que de verdad estaba vacío. Aquélla era la razón de que nadie hubiese intentado jamás sacar a gente de la ciudad por las barreras. Felsberg, Blocher y cuantos viajaban en la parte de atrás del camión rezaban por que aquélla fuera esa vez de cada diez en la que los guardas pasaban por alto aquel requerimiento y les dejaran proseguir su camino.
– Todo en orden -dijo el guarda en un tono que decía que sus plegarias habían sido atendidas.
Joel Felsberg suspiró en silencio. Ed Blocher apenas podía contener su alivio. De pronto, los ojos del guarda se desviaron hacia la parte posterior del camión. ¿Había oído algo?
En el interior, Akbar Jahangir se encogió y le tapó la boca a su hermana con la mano.
– Shhhhh -dijo suplicante.
– Un momento -dijo el guarda-. Abra atrás.
El pie de Felsberg vaciló sobre el pedal del acelerador. Sabía que esto podía ocurrir y, sin embargo, no estaba seguro de cómo reaccionar. ¿Qué hacer? Si pisaba a fondo, los guardas dispararían contra el camión, matando a muchos de los que viajaban en el interior, y los vehículos que salieran en su persecución seguro que los alcanzaban antes de que pudiesen dejar salir a los que todavía seguían vivos, para que se dispersaran e intentaran salvarse por su cuenta. Pero si abría la puerta, los arrestarían a todos, y la mayoría estarían muertos antes de ponerse el sol. La única esperanza -si es que podía llamarse así- era que los de dentro, conscientes de la situación, saltaran sobre los guardas e intentaran escapar. Muchos morirían en el intento, pero podía ser que algunos consiguiesen sobrevivir y huir de la ciudad.
Felsberg se apeó del camión. Y aunque rezaba, no lo hacía con palabras. Sólo con la emoción, porque tenía la mente demasiado ocupada planeando qué hacer, al tiempo que se esforzaba por actuar con normalidad y no delatarse. Al examinar la zona en busca de una vía de escape, le sobrecogió el espectáculo que ofrecían cuatro cabezas humanas, clavadas en postes junto a un cartel donde se podía leer: «No hay escapatoria para los enemigos de la Humanidad». Aquello no había estado allí horas antes, así que concluyó que las víctimas habían sido atrapadas recientemente en algún intento fallido de huir de la ciudad. Convencido de que ésa era la suerte que iban a correr él y el resto de los ocupantes del camión, apretó los dientes preparándose para la conflagración, soltó el cerrojo, y abrió la puerta de golpe, tan rápido como pudo, para que los que pudieran luchar tuviesen una oportunidad de saltar fuera.
No ocurrió nada.
La puerta se abrió, pero nadie saltó afuera para luchar. No se oyeron disparos, ni gritos.
– Todo en orden -dijo el guarda.
Joel Felsberg estaba paralizado, y no osaba volverse para mirar los rostros de aquellas personas, que había reunido sólo para entregarlas a sus verdugos, rostros que no tardarían en ser macabramente expuestos en palos. Pero ¿qué había dicho el guarda? ¿En orden?
¿En orden?
El guarda ya se había alejado. Felsberg no lograba entender. Pero ¿es que no había visto…? Entonces miró él. El camión estaba… vacío. ¡Vacío! Felsberg cerró los ojos y miró de nuevo. Seguía vacío. Lentamente, sin saber qué otra cosa hacer, se encaramó al parachoques, cerró la puerta y pasó el cerrojo. Mientras se dirigía a la cabina, repasó mentalmente todo lo ocurrido hasta ese momento, intentando hallar una explicación. ¿Acaso se había imaginado cargar a toda aquella gente? ¿Soñaba?
Entonces, algo le llamó la atención: los neumáticos. Fingiendo que se le había caído algo al suelo, se agachó para coger un guijarro, al tiempo que se volvía para echar un vistazo a la suspensión. Era como si el camión estuviera cargado de plomo.
– ¿Qué ha pasado? -preguntó Ed Blocher, cuando Felsberg entró en la cabina.
– No sé -contestó-. No sé.
A fin de no levantar sospechas, Joel siguió conduciendo hasta que estuvieron a seis kilómetros de la ciudad. Cuando por fin detuvo el camión, saltó de la cabina y corrió hasta la parte de atrás. Ed Blocher le siguió. Sin saber qué era lo que se iba a encontrar, liberó el cerrojo y abrió la puerta.
– ¿Ya hemos llegado? -preguntó Akbar Jahangir.
Joel se echó a reír y a llorar al mismo tiempo. Estaban todos allí.
– Todavía no -contestó aturdido-. Dentro de unos pocos kilómetros.
Cuando regresaron a la cabina, Ed Blocker volvió a preguntar qué había ocurrido en la barrera.
– No sé si me ibas a creer. No sé ni si yo me lo creo. Pero ahora lo que tenemos que hacer es llevar a esta gente y regresar a por otro cargamento. Tengo la impresión de que éste va a ser un gran día.
23
Sábado 19 de septiembre, 4 N.E.
Petra
La familia escuchaba en silencio mientras Michael Feingold, como miles de otros padres y madres de Petra, leía las palabras del profeta Oseas:
Me voy y regreso a mi lugar hasta que se reconozcan culpables y busquen mi rostro. En su angustia me buscarán diciendo:
«Venid, volvamos a Yahveh; pues Él dilaceró, pero nos curará; hirió, pero nos vendará. En un par de días nos dará la vida y al día tercero nos resucitará y reviviremos en su presencia. Reconozcamos, apresurémonos a reconocer a Yahveh, pues presa como la aurora está su salida y vendrá a nosotros cual la lluvia invernal, como la lluvia tardía regará la tierra. [136]
Siguiendo las instrucciones del sumo sacerdote, los habitantes de Petra se habían apiñado todos juntos en las tiendas con sus familias y pedían perdón a la vez que evocaban la rebelión de ellos y de su pueblo contra Dios. Evocaron su animosidad hacia otros, su vanidad y su capricho por las cosas de este mundo, su egoísmo, su falta de confianza en su Dios.
También se acordaron de los falsos mesías a los que su pueblo había seguido a lo largo de los siglos: [137]
ñ Bar Kochba, que cuando reconquistó Jerusalén de los romanos durante un breve periodo de tiempo hacia el 130 d. C. fue proclamado mesías por el rabino Akiba, pero enseguida fue capturado y ajusticiado por los romanos;
ñ Moisés de Creta, que prometió a los judíos de Creta que apartaría las aguas del mar y los conduciría de regreso a Israel por tierra firme, y que al no conseguir obrar el milagro, cayó silenciosamente en el anonimato;
ñ Abraham ben Samuel Abulafia, que en 1284 se autoproclamó mesías, pero cuya profecía de una era mesiánica que habría de comenzar en 1290 murió con él;
ñ Shabbetai Zevi, cuyos miles de seguidores en Oriente Próximo, Asia, Europa y las islas Británicas estaban tan convencidos de que era el Mesías que inscribieron sus iniciales en oro sobre los santuarios de la Torá en las sinagogas y los libros de oraciones nuevos se imprimieron sustituyendo con su nombre la palabra Mesías, pero que, cuando fue desafiado por el sultán musulmán de Constantinopla a que demostrara que era el Mesías desviando las flechas que fueran arrojadas contra él, prefirió convertirse de pronto al islam;