Asaph ben Judah, el alcalde de Jerusalén, apaleado y con los brazos atados a la espalda, era conducido a punta de pistola por dos boinas azules hacia la colina donde aguardaba el general Kerpelmann, disfrutando del momento. Ambos estuvieron enseguida plantados cara a cara. Kerpelmann suspiró asqueado y miró a su cautivo, prestando especial atención al muñón donde antes había estado su mano derecha. Antes de la reunión, Kerpelmann había dedicado algo de tiempo a pensar sobre qué iba a decir, pero se dio cuenta de que, dijera lo que dijera, iba a ser una pérdida de tiempo. No quería comunicarse con el judío; quería humillarle, aplastarle. A Ben Judah tenía que decirle como mucho lo que uno le dice a un insecto pesado antes de aplastarlo.
Finalmente, cuando Kerpelmann estuvo satisfecho con su examen del enemigo, pisó fuerte, y con toda la fuerza que su cólera y su asco pudieron reunir, golpeó a Judah en el lado derecho de la cara con su bastón, y el otro cayó al suelo. Kerpelmann soltó una risotada e intercambió una sonrisa consumada con los dos soldados de la ONU que habían escoltado a Ben Judah hasta él.
Sangrando y aturdido, y con los brazos todavía atados a la espalda, Ben Judah hizo un esfuerzo por ponerse de pie. Cuando lo hubo logrado, se plantó otra vez cara a cara delante de Kerpelmann. Los dos hombres estuvieron mirándose a los ojos durante un largo rato. Y entonces, sin mediar palabra, Ben Judah volvió la cara y ofreció al neonazi su otra mejilla.
– ¡Lleváoslo de mi vista! -le ordenó Kerpelmann a los soldados.
Petra
Tan pronto llegó a oídos de Chaim Levin la noticia de la destrucción del Templo y de la caída de Jerusalén, el sumo sacerdote convocó de inmediato a todos los habitantes de Petra para que se reunieran a rezar. Luego, dirigiéndose a la asamblea, leyó un extracto de los Salmos:
¡Oh, Elohim!, han penetrado en tu heredad los gentiles, han profanado tu santo Templo, Jerusalén en ruinas han trocado. Han dado el cadáver de tus siervos como comida a las aves de los cielos, la carne de tus devotos a las bestias de la tierra. Han vertido su sangre como el agua en torno a Jerusalén, sin haber quien sepulte. Hemos venido a ser para nuestros vecinos oprobio, escarnio e irrisión de quienes nos rodean.
¿Hasta cuándo, Yahveh? ¿Airado estarás siempre? ¿Se encenderá tu celo como fuego? Derrama tu furor sobre los pueblos que no te reconocen y sobre aquellos reinos que tu Nombre no invocan. Porque a Jacob han devorado y han devastado su morada. No recuerdes contra nosotros culpas de antepasados; presto nos salgan al encuentro tus clemencias porque estamos en extrema miseria.
Ayudadnos, ¡oh, nuestro Dios salvador!, por amor de la gloria de tu Nombre, ¿Por qué han de decir los gentiles: «¿Dónde está su Dios?». Entre los gentiles hágase patente, a nuestros propios ojos, la venganza por la sangre vertida de tus siervos. Llegue a Ti el gemido del cautivo; según el poderío de tu brazo libra a los condenados a muerte.
Y a nuestros vecinos devuelve siete veces en su seno el baldón, ¡oh, Adonay!, con que te han baldonado. Pero nosotros, tu pueblo y la grey de tu pasto, eternamente a Ti celebraremos, de generación en generación contaremos tu loa.
… ¡Oh, Yahveh, Elohim, Sebaot! ¿Hasta cuándo colérico estarás, no obstante la plegaria de tu pueblo? Les has dado a comer un pan de lágrimas, y les has abrevado con lágrimas a cántaros… ¡Oh, Elohim Sebaot!, por favor, vuélvete, mira desde el cielo y ve… Sea tu mano sobre el varón de tu diestra, sobre el hijo del hombre que para Ti fortaleciste. [138]
El monte de los Olivos
El general Kerpelmann contemplaba desde lo alto del monte de los Olivos la hilera de guillotinas y a los habitantes cautivos de Jerusalén que no tardarían mucho en sentir la cuchilla en el cuello. A su derecha y a su izquierda, en las laderas, ya aguardaban ruidosamente el comienzo del sangriento espectáculo. La euforia del momento llenó a Kerpelmann de poder y de fe en su propio destino.
Algo más arriba en la ladera, unos cien metros detrás de Kerpelmann, donde instantes antes no había nadie, un hombre en túnica blanca observaba en silencio la escena.
De pronto, Kerpelmann sintió que se le doblaban las rodillas y todo su campo de visión empezó a sacudirse violentamente. Zarandeadas por el intenso terremoto, las guillotinas se tambalearon y cayeron derribadas, aplastando en muchos casos a quienes las estaban montando. Los soldados de la ONU y los cautivos judíos intentaron mantener el equilibrio, pero fueron arrojados al suelo. La tienda donde se alojaba la base de operaciones de Kerpelmann se vino abajo, y con ella derribó la bandera de su rango y la bandera de Naciones Unidas. Y entonces, mientras lidiaba con el terremoto, una pequeña grieta empezó a resquebrajar la tierra a sus pies. Aunque al principio le pasó desapercibida, con todo lo que estaba sucediendo a su alrededor, la grieta rápidamente adquirió varios centímetros de ancho. Kerpelmann intentó colocarse a uno u otro lado de la grieta, pero el terremoto era tan intenso que no lograba cambiar de posición. Así y todo, la grieta siguió ensanchándose. Kerpelmann miraba cómo se abría y seguía sin poder mantener el equilibrio, así que gritó pidiendo ayuda.
Inmediatamente, dos ayudantes intentaron acercarse a él, primero corriendo y luego gateando, pero no consiguieron aproximarse lo suficiente. A sus pies, la grieta se había abierto lo suficiente como para que pudiera apreciar que tenía una profundidad de más de treinta metros. Un momento después ya no pudo mantenerse más en pie, perdió el equilibrio y cayó dentro del abismo, dando volteretas mientras la brecha se lo tragaba. Sin nada que atenuara la velocidad de la caída, Kerpelmann aterrizó violentamente contra una enorme roca irregular. El golpe le dejó sin respiración, y Kerpelmann se dio cuenta de que no se podía mover; se había roto la columna.
Las murallas de piedra de la ciudad se sacudieron con el terremoto y luego se vinieron abajo, sus enormes piedras rodando ladera abajo hacia los soldados que se habían reunido en el valle del Kidron para las ejecuciones. Los que no murieron aplastados tuvieron que huir del valle por el este y el oeste, dejando así a los cautivos prácticamente sin vigilancia.
El general Rudolph Kerpelmann recobró la respiración, pero ya no sentía su cuerpo sacudirse junto con la montaña que lo rodeaba. La fractura en la que había caído ya tenía más de tres metros de ancho y continuaba expandiéndose. A pesar de su posición, Kerpelmann empezó a sentirse cansado. No era consciente de la hemorragia interna masiva que le estaba dejando sin fuerza; sólo sentía vagamente la calidez del río de sangre que le salía de la boca y le bajaba por el cuello, de modo que no acababa de comprender aquella fatiga repentina. Poco a poco, sus ojos se cerraron, pero volvieron a abrirse cuando escuchó unas voces que se acercaban. Habían venido a rescatarle, seguro. Pero no era así; quienes se aproximaban eran judíos que huían. La boca del abismo se había ensanchado hasta los cuatro metros, partiendo la montaña de este a oeste, y mientras la tierra continuó temblando, la grieta se fue haciendo más grande. De pronto, las paredes de tierra próximas a Kerpelmann se derrumbaron y cubrieron su cuerpo de arena y rocas. Sólo su cara permaneció expuesta, y estaba tan escondida que los que pasaban por allí no le vieron.
Al principio sólo fueron unos pocos, luego le pasaron de largo corriendo cientos de personas que huían por el cañón que se había formado. Enterrado algo prematuramente, y con su misión frustrada, Kerpelmann miraba a los que pasaban.
No llamó pidiendo ayuda. Aunque se hubiesen ofrecido, él no quería su ayuda. Intentaba desesperadamente mantenerse consciente, y aunque le producía náuseas contemplar cómo se escapaban los judíos, todavía había algo que quería ver antes de morir. Su paciencia se vio finalmente recompensada cuando vio que Asaph ben Judah corría por el valle en su dirección. En su rostro lucía una enorme herida sanguinolenta en el lugar donde Kerpelmann le había golpeado. Kerpelmann sonrió para sí, escupió un poco de sangre, y murió.