Malone miró nuevamente los frescos. Las escenas de caza constituían un evidente escapismo -gente haciendo cosas divertidas-, con una perspectiva que se elevaba y planeaba, pero nada en particular le llamó la atención.
Entonces lo descubrió de golpe.
– ¿Dónde está Dios?
– Buen ojo, monsieur. -Los brazos de Claridon barrieron la estancia-. En ninguna parte de este hogar de Clemente VI aparece un símbolo religioso. La omisión es patente. Éste es el dormitorio de un rey, no de un papa, y eso era lo que los prelados de Aviñón se consideraban. Éstos fueron los hombres que destruyeron a los templarios. Empezando en 1307 con Clemente V, que fue, junto con Felipe el Hermoso, el conspirador, y terminando con Gregorio XI en 1378, estos corruptos individuos aplastaron a esa orden. Lars siempre pensó, y yo estoy de acuerdo con él, que esta sala demuestra lo que esos hombres valían realmente.
– ¿Cree usted que los templarios sobrevivieron? -preguntó Stephanie.
– Oui. Están ahí. Los he visto. Lo que exactamente son, lo ignoro. Pero están ahí.
Malone no podía decidir si la declaración era un hecho o sólo la suposición de un hombre que veía conspiraciones donde no las había. Todo lo que sabía era que les estaba acechando una mujer que era lo bastante diestra para plantar una bala sobre una cabeza en el tronco de un árbol, desde cuarenta y cinco metros de distancia, de noche, con un viento de casi setenta kilómetros por hora. Podría incluso haber sido la persona que le salvó el pellejo en Copenhague. Y ella era real.
– Vayamos al grano -dijo Malone.
Claridon apagó la luz.
– Síganme.
Cruzaron el viejo palacio hasta el ala norte y el centro de convenciones. Un rótulo indicaba que la instalación había sido creada recientemente por la ciudad como una forma de obtener ingresos para una futura restauración. Las antiguas salas del Cónclave, Cámara del Tesorero y la Gran Bodega habían sido equipadas con un graderío, un escenario y equipo audiovisual. Siguiendo más pasadizos cruzaron por delante de efigies de otros papas de Aviñón.
Claridon finalmente se detuvo ante una sólida puerta de madera, y probó el pomo, que se abrió.
– Buen Dios. Siguen sin cerrarla por la noche.
– ¿Y por qué no? -preguntó Malone.
– No hay nada de valor aquí aparte de información, y pocos son los ladrones que están interesados en ella.
Entraron en un espacio oscuro como boca de lobo.
– Esto fue antaño la capilla de Benedicto XII, el papa que concibió y construyó la mayor parte del viejo palacio. A finales del siglo xix, ésta y la habitación de arriba fueron convertidas en los archivos de la región. El palacio guarda sus archivos aquí también.
La luz que penetraba desde el pasillo revelaba una altísima habitación llena de estanterías, fila tras fila. Éstas cubrían también las paredes exteriores, una sección amontonada encima de otra, rodeadas por una galería con barandilla. Detrás de las estanterías se alzaban ventanas de arco, sus negros paneles salpicados por una constante lluvia.
– Cuatro kilómetros de estanterías -dijo Claridon-. Una grata abundancia de información.
– Pero ¿Sabe usted dónde buscar? -preguntó Malone.
– Espero que sí.
Claridon se metió en el pasillo central. Malone y Stephanie esperaron hasta que se encendió una lámpara a unos quince metros de distancia.
– Por aquí -gritó Claridon.
Malone cerró la puerta del corredor y se preguntó cómo la mujer iba a conseguir entrar sin ser descubierta. Encabezó la marcha hacia la luz y ambos encontraron a Claridon de pie junto a una mesa de lectura.
– Por fortuna para la historia -dijo Claridon-, todos los objetos del palacio fueron inventariados a comienzos del siglo xviii. Luego, a finales del xix, se hicieron dibujos y fotografías de lo que sobrevivió a la Revolución. Lars y yo nos fuimos también familiarizando con la manera en que estaba organizada la información.
– Y usted no vino a buscar después de la muerte de Mark porque pensaba que los caballeros templarios lo matarían, ¿verdad? -preguntó Malone.
– Me doy cuenta, monsieur, de que usted no da mucho crédito a esto. Pero le aseguro que hice lo correcto. Estos registros llevan siglos aquí, de manera que me pareció que podrían seguir descansando tranquilamente algún tiempo más. Seguir vivo parecía lo más importante.
– Entonces, ¿por qué está usted aquí ahora? -preguntó Stephanie.
– Ha pasado mucho tiempo. -Claridon se apartó de la mesa-. A nuestro alrededor están los inventarios del palacio. Me llevará sólo unos minutos mirar. ¿Por qué no se sientan y me dejan ver si puedo encontrar lo que queremos? -Sacó una linterna del bolsillo-. Es del asilo. Pensé que podíamos necesitarla.
Malone se deslizó en una silla, al igual que Stephanie. Claridon desapareció en la oscuridad. Desde donde estaban sentados, se podía oír ruido, mientras el rayo de luz de la linterna bailaba a través de la bóveda encima de sus cabezas.
– Esto es lo que mi marido hacía -dijo ella con un susurro-. Esconderse en un palacio olvidado, buscando tonterías.
Malone captó una punta de mordacidad en su voz.
– Mientras nuestro matrimonio se desmoronaba. Mientras yo trabajaba veinte horas al día. Eso es lo que él hacía.
El retumbar del trueno provocó estremecimientos tanto en Malone como en la sala.
– Era importante para él -dijo Malone manteniendo también bajo el tono de su voz-. Y quizás incluso se trataba de algo realmente importante.
– ¿Como qué, Cotton?¿El tesoro? Si Saunière descubrió esas joyas en la cripta, conforme. Una suerte así visita a la gente sólo muy de tarde en tarde. Pero no hay nada más. Bigou, Saunière, Lars, Mark, Claridon. Todos unos soñadores.
– Los soñadores muchas veces han cambiado el mundo.
– Esto es una búsqueda inútil de algo que no existe.
Claridon regresó de la oscuridad y dejó sobre la mesa una mohosa carpeta, llena de manchas producidas por la humedad. En su interior había un montón, de tres centímetros de espesor, de fotografías en blanco y negro y dibujos a lápiz.
– A pocos centímetros de donde dijo Mark. A Dios gracias, los viejos que dirigían este lugar cambiaron pocas cosas con el tiempo.
– ¿Cómo lo encontró Mark? -quiso saber Stephanie.
– Buscaba pistas durante los fines de semana. No dedicaba tanto tiempo a ello como su padre, pero venía a la casa de Rennes a menudo, y él y yo nos tomábamos un ligero interés en la búsqueda. En la universidad de Toulouse tropezó con cierta información sobre los archivos de Aviñón. Ató cabos, y aquí tenemos la respuesta.
Malone esparció el contenido por la mesa.
– ¿Qué estamos buscando?
– Yo nunca he visto el cuadro. Sólo cabe esperar que esté identificado.
Empezaron a seleccionar las imágenes.
– Ahí -dijo Claridon, con excitación en su voz.
Malone concentró su atención en una de las litografías, un dibujo en blanco y negro, amarilleado por el tiempo, sus bordes raídos. Una anotación hecha a mano en la parte de arriba rezaba don miguel de mañana leyendo las reglas de la caridad. [6]
La imagen era la de un hombre mayor, con una pizca de barba y un bigote poco poblado, sentado a una mesa, vestido con un hábito religioso. Mostraba un elaborado emblema cosido a una manga desde el codo hasta el hombro. Su mano izquierda tocaba un libro que se sostenía verticalmente, y tenía la derecha extendida, con la palma hacia arriba, a través de una mesa elaboradamente revestida, hacia un hombrecillo con hábito de monje sentado en un taburete bajo, y que se llevaba los dedos a los labios, indicando silencio. Un libro abierto descansaba en el regazo del hombrecillo. El suelo, que se extendía de un lado a otro, estaba dispuesto a cuadros, como un tablero de ajedrez, y en el taburete donde se sentaba el individuo aparecía escrito: