– ¿Y lo admites? -le preguntó firme.
– Para mi desgracia.
– Acepto tu disculpa. -Ella torció los labios. Parecía de mal gusto dar voz a sus deseos. Pero su cuerpo no mantenía tales restricciones.
– No fue tanto una disculpa -susurró-. Más bien fue un aviso.
Los músculos profundos de ella se estremecieron.
– ¿Un aviso?
Inhaló. La voz sonó profunda con el placer. -Esta vez no va ser un desorden…
– Adrian…
– … y no me vas a convencer que este es un acto impropio entre un hombre y una mujer que ahora se van a casar…
– Por amor de Dios, no deseo ninguna disculpa, lo que quiero es acción.
A él se le oscurecieron los ojos de placer. -Entonces voy a actuar.
– Y si no me tocas pronto, Lord Wolf -susurró muy bajo, sacándole la chaqueta por los hombros-, avergonzaré a la misma palabra etiqueta.
Él gimió.
– Como tu futuro esposo, nada me gustaría más que obedecer tus deseos. -Movió la cabeza y le tomó una mano-. Pero primero las damas, ¿verdad? Mira, yo sigo instrucciones…
Entonces deslizó su mano enguantada bajo la bata de ella, y con provocación deliberada, acarició del tobillo a la rodilla desnuda, a la barriga. La respiración de ella se hizo más profunda. Volvió la cara hacia el cojín, murmurando, -Guantes, milord -con una risa fascinada, que le revolvió sus instintos predadores-. Un caballero siempre se debe quitar los guantes cuando toca íntimamente a una dama.
– ¿Es esa una regla inquebrantable en tu manual? -preguntó relajadamente acomodando los dedos enguantados entre sus pliegues-. ¿O estás creando reglas nuevas de acuerdo a lo que hacemos?
– Adrian -respiró deleitada e impresionada mientras el índice enguantado se introducía en su interior-. Esto…
Él se inclinó acercándose, introdujo otro dedo en su pasaje estrecho, -Nunca me he guiado por ningún libro. Parece que soy un animal instintivo. Perdóname.
– Esto -se movió, la mirada ampliándose con anticipación; los hombros se le arquearon-, no es civilizado. Esto, bien. No sé que es.
– Yo tampoco, pero me gusta demasiado y sugiero que esperes antes de decidir.
Ella puso la mano en su poderosa muñeca, los músculos internos apretando sus dedos enguantados. Era decadente. Era deseo. Y sintió la pureza y el poder de eso que le llegaba hasta el alma. -¿Cuánto más debo esperar? -susurró bajo.
Él le subió la bata más arriba de la cintura. Su mano pesada yacía posesivamente entre los muslos lisos y los rizos con visos dorados que delicadamente escondían la hendidura de su mirada voraz.
Para ser su amante, se habría arrodillado y suplicado. Estaba como tonto. Embrujado. Él, cuyas destrezas en la guerra había hecho que los hombres pidiesen clemencia, dejaría de lado su espada para siempre y dedicaría su vida a agradarla, si se lo permitía.
– Desde la primera vez que estuvimos juntos, no he tenido un momento que haya dejado de pensar en ti -dijo ronco.
Su suave suspiro de placer, lo animó. Lentamente terminó de desamarrar las cintas de los hombros. Ella no hizo ningún intento de disuadirlo. Sus manos ayudaron a la delgada muselina a que se deslizara por su graciosa espalda. Sus pechos se cernían sobre el delicado género transparente, con sus pezones rosa sedosos y exquisitos. -Oh, Emma. -Con sus rasgos aristocráticos y su pelo suelto, parecía una concubina elegante. Sintió cómo su erección sobresalía en sus pantalones, presionando las costuras apretadas a punto de romperlas.
– Lentamente -se dijo a sí mismo. Ella se merecía el tiempo, el mejor que pudiese ofrecerle, después de la torpe indiscreción inicial-. Estoy tratando de controlarme, -explicó-. Me temo que a veces me siento un poco salvaje.
– Mi Lobo salvaje.
– Domestícame, Emma.
– ¿Por qué? -susurró-. A veces una dama sabe cuando apreciar lo que la naturaleza deja libre. Una tormenta en las montañas. La lluvia en un picnic de verano. Un duque que no sigue las reglas de su dominio…
Su corazón se aceleró tanto, que le dolía el aire que entraba a sus pulmones. La tensión sexual le contraía los músculos, espesaba el mismo aire que compartían. El órgano en los pantalones le dolía y pesaba. Cómo anhelaba a esta mujer.
Ella hizo presión contra su mano.
Con un leve gemido ante esta inesperada tentación, se sacó el guante mojado y buscó la suave carne tierna. Su sumisión. Había esperado por su capitulación, sabiendo que él era de ella desde el primer momento que la había visto.
– Debes creer que soy un diablo -dijo con una voz ronca-. Te he atraído deliberadamente para que abandones esos principios que estimas.
– ¿Y qué harías si admito, mi diablo, que es a ti a quién más estimo? -preguntó con una voz más ronca aun-. ¿Qué renunciaría a todo para ser tuya?
Se frotó la cara con la mano libre.
– Entonces soy tuyo para que hagas lo que quieras. Púleme. Instrúyeme. Conviérteme en uno de esos ingleses que tanto admiras. No me importa. Solo no me rechaces, Emma, pero te ruego con todo mi corazón que me hagas tuyo.
Los Boscastles, Heath reflexionó molesto, nunca habían sido conocidos por su paciencia, exactamente. Drake había tamborileado en el escritorio hasta prácticamente casi hacer un hoyo. Gabriel ya había acabado con tres de los mejores cigarros puros de Heath. Devon caminaba de allá para acá hasta la ventana, hasta que al final se sentó en su sillón a dormitar.
Fue un alivio cuando, al fin, el mayor de los hermanos Boscastles, Grayson, los agració con su presencia dominante.
– ¿Oíste un ruido sospechoso cuando entraste a la casa? -Heath preguntó, y no le gustaba desperdiciar las palabras.
Grayson se sacó la capa mientras se encogía de hombros.
– Seguramente fui yo que di un portazo. ¿Llegué muy tarde?
– Eso depende -dijo Heath echándose hacia atrás en su sillón-. ¿Sabe Jane que estás aquí?
– Por supuesto que no -Grayson dijo-. ¿Es que no he sido siempre el alma de la discreción? Jane anda ocupada con un nuevo zapatero. Al menos eso es lo que ella dice.
Devon empezó a reír. -Ya lo sabe.
– ¿Precisamente qué es lo que sabe, que yo no me he enterado? -Grayson preguntó dando una mirada sombría alrededor de la sala.
– Siéntate -dijo Heath-, y te diré los hechos como los entiendo. Empezó hace como dos semanas atrás en una boda…
Grayson frunció el ceño. -Siempre empieza en una boda.
Heath hizo una pausa. -Pensándolo bien, me sentiría mejor si uno de vosotros se da una vuelta por la casa para investigar el ruido que acabamos de oír. Apostaría que no fue un portazo.
Harriet estaba vigilando bajo el dormitorio de Lady Lyons, como lo había hecho incontables veces para sus hermanos en el curso de sus robos en Mayfair. Aunque esto era más fácil, era menos excitante. No veía nada desde su escondite y aunque no iba a ir a la cárcel si la pillaban, tampoco le iban a dar una bolsa de joyas.
Nada había pasado.
Ni un vistazo del gran señor jugando rantum scantum [5] con Lady L, un hecho que, según el cálculo de Harriet, tenía que estar pasando ahora.
Se hundió en los escalones del pabellón. Esperaba a medias que la dama se desgañitara gritando por su buhardilla, a pesar de sus buenas maneras y todo.
– Su silencio lo dice todo, ¿verdad? -le susurró al gato flaco gris que se acercó a olerle los zapatos-. Tú y yo compartimos secretos, ¿eh, gatito?
Harriet había visto suficiente de la vida en las Siete Esferas, como para sacar por conclusión que los hombres y las mujeres disfrutaban mucho uniendo sus entrañas. Pero aunque ella fuese una mentirosa y una ladrona, apreciaba su virtud. No es que importara mucho en una niña destinada a Newgate. Aun así Harriet…
El gato volvió la cabeza. Harriet parpadeó, escuchando pasos que venían desde la cocina. Alguien reclamaba en voz baja por el banco que ella había puesto atravesado en la puerta en caso que a un intruso se le ocurriera salir a olfatear al jardín. Lord Wolf no le había pagado por esta precaución especial.