Выбрать главу

– No creo que regrese tan pronto. De todas maneras, le facilitaré un teléfono.

Martina escribió en una hojita de su agenda el número de la posada del Pájaro Amarillo y descendió la calle casi sonámbula, como si flotara sobre el asfalto, entre los tilos y plátanos que sombreaban el barrio residencial.

Otro taxi la dejó en la puerta del Hospital Clínico.

Era la una y media en punto cuando entró al comedor de la cafetería. El médico de guardia la estaba esperando en una mesa del fondo. Las restantes estaban ocupadas por personal sanitario. Los cubiertos resonaban contra las bandejas de acero inoxidable.

– Patatas y carne, el menú de hoy -la saludó el médico-. Todavía está a tiempo de mirar por su salud y elegir otro restaurante.

– La verdad es que tengo hambre -sonrió ella, sentándose a su lado.

Se llamaba Juan Cortés. Estaba separado. Vivía en un adosado de las afueras, con garaje y jardín, y, cuando le correspondía la custodia, con una niña de seis años, fruto de su matrimonio con una de las enfermeras del hospital, con la que seguía manteniendo una aceptable relación.

– ¿Por qué se ríe, Martina?

– Porque lo había adivinado casi todo.

– Menos la razón que nos impide tutearnos.

– Eso tiene fácil solución.

Cuando Martina volvió a mirar el reloj, eran las tres. Se asombró de lo rápido que se le había pasado el tiempo de esa comida informal, la mayor parte de la cual continuaba en la bandeja. No habían parado de hablar. Martina le contó cosas de la comisaría, de Ernesto Buj y de Adela, la secretaria de Satrústegui. Le habló de su padre, Máximo de Santo. Y le confesó por qué se había hecho policía.

Juan Cortés abrió un yogur, hundió la cucharilla de plástico y se la llevó a la boca.

– Me gustaría volver a verte.

Ella se puso súbitamente en pie.

– Es hora de trabajar. Quiero ver a ese hombre.

– Está en trauma, en la 404 -dijo el médico, algo turbado por su reacción-. Te acompañaré.

– No hará falta. Gracias por todo.

Lo dejó allí, apoyado contra la pared del comedor, con la cucharilla de yogur entre los dedos, y subió en el ascensor hasta la cuarta planta. El celador la dejó pasar en cuanto le mostró la placa.

La subinspectora abrió sin ruido la puerta de la habitación 404.

Blanco como la sábana, desnudo de cintura para arriba, Carlos Martel estaba tumbado en una cama con el respaldo alzado. Tenía entre las manos el mando de la televisión, y estaba viendo las noticias. Sin pronunciar palabra, Martina se dirigió al aparato, que colgaba alto en la pared, cerca del techo, como los de los bares, y lo apagó.

– ¡Eh, oiga! ¿Qué está haciendo?

– Asegurarme de que va a entender lo que vengo a decirle.

– ¡Hice poner una moneda! -exclamó Martel, incorporándose con tal brusquedad que a punto estuvo de derribar los goteros. Las heridas debieron producirle un dolor insoportable, porque se derrumbó en la almohada con el rostro crispado.

– Tómeselo con calma -le aconsejó Martina-. Deberá permanecer en el hospital varios días. Semanas, quizá. Tendrá tiempo para ver la televisión. Yo, en cambio, apenas dispongo de margen. Por eso he venido a proponerle un trato.

– ¿Quién es usted?

– Subinspectora De Santo, Homicidios.

El hombre hizo una mueca de desdén. Sin embargo, su expresión fue atemperándose, como en un rápido proceso de adaptación a la nueva situación.

– La recuerdo borrosamente… ¿Fue usted quien me rescató de las rocas?

Martina hizo un gesto afirmativo.

– Oí sus gritos al caer por el acantilado, y corrí desde la posada. ¿Qué ocurrió?

– Alguien me empujó.

– ¿Pudo verle, o estaba usted demasiado borracho?

Martel la miró con una expresión de astucia.

– ¿Qué importa si lo estaba? Dijo que había venido a proponerme algo. ¿De qué se trata?

– De un acuerdo amistoso.

– No hago tratos con policías.

La subinspectora hizo chasquear la lengua.

– Sé quién es usted, Martel, y para qué fue a Portocristo. Un transbordo en alta mar nunca resultaría seguro de no contar con un grupo de apoyo en tierra. Usted iba a coordinar ese grupo. El desembarco de la mercancía va a hacerse efectivo en un paraje de la costa oriental, en algún punto entre Forca del Diablo y la Piedra de la Ballena. Tengo razones para sospechar que la operación se ejecutará muy pronto. Seguramente a estas horas alguno de sus amigos se estará preguntando por qué han perdido contacto con usted. Quizá decidan suspender la entrega, pero lo más probable es que se resuelvan a sustituirle por cualquier otro. Pico Uriarte es un hombre práctico. Seguirá adelante con o sin su ayuda.

Martel guardó un silencio huraño. La subinspectora le dio la espalda y se dirigió a la ventana de la habitación. Desde allí, entre las manzanas de casas, podía verse el puerto. Los mástiles de un buque escuela asomaban entre los edificios, como si los barcos estuvieran enterrados a la altura del asfalto. Martina recordó que el ferry salía a las seis, y que debía cogerlo.

– ¿Cuál es el trato?

La subinspectora no se volvió. Su aliento empañaba el cristal de la ventana. Encendió un cigarrillo, y dijo:

– Voy a permitir que esa operación se lleve a cabo. Nadie lo sabrá. Tampoco que tuvieron que intervenirle en un hospital, ni que habló con la policía.

– Pero yo no estaré allí, en Portocristo.

– Su gente, sí. Arrégleselas con ellos. Estoy segura de que Teo Golbardo sabrá sustituirle. Me pareció un muchacho muy competente. Ambicioso y frío, nada temperamental. Conocedor de la costa. El lugarteniente ideal. ¿Vamos con la otra parte, con lo que quiero de usted?

Martel no contestó. Miraba la pantalla apagada de la televisión. La voz de la subinspectora se hizo más persuasiva cuando se acercó a su cama.

– Algunos hombres han muerto asesinados en el delta. Se trata de crímenes violentos, sin explicación aparente. Todas las víctimas son varones de cierta edad. Honrados ciudadanos que en apariencia llevaban vidas corrientes y que se conocían entre sí, al menos de vista. Pero ahora usted, un forastero, ha estado a punto de engrosar esa fúnebre lista, y no creo que los nombres de quienes han perdido trágicamente la vida le digan nada. Usted supone una excepción, Martel, y por eso debo saber todo lo que hizo en Portocristo, desde el momento en que bajó del ferry el pasado lunes por la noche. Absolutamente todo, sin omitir detalle. Tiene que existir un punto que le relacione con los demás, ¿me sigue?

La subinspectora se había sentado en el filo de la cama, y jugaba con su cigarrillo. Martel pareció meditar durante un minuto eterno. Martina le tendió el pitillo. El hombre lo aceptó y se lo llevó a los labios.

– Usted me gusta -dijo Martel-. Tiene un corazón de hielo. ¿En qué cree? En nada, ¿verdad?

– Sólo en mi instinto.

– ¿Su olfato le dice qué fue de mis perros?

– No lo sé. Supongo que alguien se habrá encargado de ellos.

Martel fumó y volvió a refugiarse en el silencio. Finalmente, dijo:

– ¿Sólo quiere eso, un relato de mis andanzas en Portocristo?

– Nada más.

– ¿Y saldré de esto sin cargos?

– Le doy mi palabra.

– De acuerdo. Le contaré lo que hice, Adónde fui, con quién hablé, con quién me acosté. Pero encienda la televisión. Así olvidaré más fácilmente que estoy delatando a alguien. Pensaré que fue un mal sueño, y que usted nunca existió. Que jamás recibí la visita de una mujer policía ni me dejé engañar por una cara bonita y un cigarrillo manchado de carmín, como si fuera Carlos Gardel.

Martina sonrió.

– Le escucho.

TERCERA PARTE