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Marco era un espejo. Y yo, el hombre que debía cambiar.

Tal como suponía, me esperaba en mi apartamento, fumando mis cigarrillos y bebiéndose mi whisky. Tenía los pies sobre la mesita, un claro reflejo del joven engreído que yo había juzgado.

Le observé tranquilo, sin pensar en nada, tratando de relajarme y mostrarme abierto en su presencia. Conociendo su auténtico carácter, ya no le temía. Él lo percibió enseguida.

Soltó una carcajada. Luego, viendo mi rostro, dejó el cigarrillo y se puso en pie con el ceño fruncido.

– ¡Eh! -dijo-. ¿Qué ocurre?

Husmeó el ambiente y restregó el aire entre sus dedos. Sus ojos se desorbitaron primero y se cerraron después, y su cuerpo osciló de un lado a otro, igual que la primera vez que nos vimos.

– Ha cambiado -musitó. Había temor en su voz-. Su respiración… Es como el agua helada, y huele usted liso y claro, como el vidrio. -Parecía confuso-. Nunca he visto a nadie cambiar hasta ese punto.

Su expresión fue variando: amargura, desprecio, miedo, ira, diversión, súplica, inocencia infantil… Por último, perdió toda la peculiaridad. Como si probara todos los disfraces de su repertorio, cambiándolos sin cesar para averiguar qué esperaba yo de él, cómo creía que era, cuál de los Maro deseaba. Pero tal como había afirmado, yo me había vuelto liso, agua helada y vidrio claro.

Se dejó caer en el sillón y aguardó. Intuía mi conocimiento y esperaba mi reacción. El agua helada, el vidrio claro que veía en mí debía transformarse en un espejo. Por primera vez en su vida, una persona iba a ser como Maro quería. Alguien reflejaría sus necesidades. Y Maro había necesitado más que ninguna otra cosa en sus años de adolescencia que se confiara plenamente en él.

Capté el movimiento de sus ojos hacia el cajón de la mesita de noche. Sabía que guardaba allí mi pistola. Fue como si advirtiera mi disposición a confiar en él y me indicara cómo demostrarlo. Debía tratar de matarme, confiando en que él intervendría para salvarme.

Mi naturaleza interna se rebeló. ¿Y si me equivocaba? ¿Y si Maro no era en absoluto como yo creía? ¿Y si no me detenía? Resultaba estúpido, tremendamente ridículo, confiar tanto en un hombre. Un hombre ni siquiera podía confiar en si mismo…

Una imagen apareció de súbito en mi mente, un recuerdo de mi infancia. Mi padre al pie de la escalera. Yo, cinco o seis escalones más arriba. Extiende los brazos y me dice que salte. Él me recogerá. Tengo miedo. Me persuade… Me asegura que papá no me dejará caer. Salto. Se aparta y chillo mientras caigo al suelo. Dolor y enfado. «¿Por qué me has mentido? ¿Por qué…? ¿Por qué…?» Y la risa, y las palabras, y la voz de mi padre. Jamás las olvidaré. «Eso, para que aprendas a no confiar nunca en nadie, ni siquiera en tu propio padre.»

Acaso por ello no me había casado jamás, ni amado, ni creído en nadie. Acaso aquel temor me había mantenido preso todos aquellos años tras el seguro y fuerte caparazón de la sospecha… En aquel momento vi muy claro que mi decisión revestía tanta importancia para mí como para el propio Maro. Si me echaba atrás, jamás lograría confiar en nadie el resto de mi vida.

Maro me miraba. Esperando a que creyera por fin en él.

Sin decir una sola palabra, me acerqué al cajón, lo abrí y saqué la pistola. La examiné para asegurarme de que estaba cargada y luego me volví hacia Maro. El muchacho no mostró emoción alguna, ni tan siquiera hizo un gesto.

– Confío en ti, Maro -dije-. Necesitas una prueba de mi fe. Bien, en ese caso, te la daré. Veamos si soy capaz…, si puedo apretar el gatillo… -Apoyé el cañón del arma en mi sien derecha-. Voy a contar hasta tres. Quiero creer que me detendrás antes de que me mate.

– ¿Lo hará de verdad? -sonrió-. Quizá yo no le detenga. Quizá sea demasiado lento. Quizá…

– Uno.

– No sea bobo, señor Denis. Medio millón de dólares no justifica tanto riesgo. ¿O no se trata del dinero, después de todo? ¿Qué espera probar?

– Dos.

¿Reaccionaría mi dedo al impulso? ¿Me atrevería? Entonces, casi como si nuestras mentes se pusieran en contacto por un instante, supe que en efecto lo haría…, con tanta certeza como supe que Maro iba a salvarme. No valía la pena saber nada más. Todo estaba bien.

La sonrisa desapareció de su cara. Su respiración se tornó agitada y apretó los puños. Tenía los ojos desmesuradamente abiertos.

– Tres.

Apreté el gatillo sin cerrar los míos.

Y en ese instante que me separaba de la eternidad, Maro actuó con la velocidad del rayo. Apartó la pistola de un manotazo. La bala rozó mi frente y se estrelló en la pared, a nuestras espaldas. La blanca explosión chamuscó mi rostro y me desmayé. Cuando recuperé el sentido, vi a Maro dando vueltas a mi alrededor. Había colocado una toalla mojada sobre mi cara.

– Se pondrá bien -me anunció-. La pólvora quema. Ya he avisado a un médico.

– He estado a punto de no contarlo.

– ¡Es usted un bobo! -Se movía sin cesar de un lado a otro, agitando los puños-. ¡Un maldito bobo! ¿A quién se le ocurre?

– Tú lo deseabas. Me alegro de haberlo hecho. Tanto por mí como por ti.

Maro se hallaba tremendamente excitado. Oía sus incesantes paseos. Apartó de una patada un cojín que se interponía en su camino.

– No debí de esperar tanto -dijo-. No creía que se atreviera… Es decir, no lo sabía. Nadie había creído en mí así hasta ahora. Me he pasado toda la vida esperando que alguien confiara de verdad en mi. No me imaginé que sería usted.

– Yo tampoco lo pensaba. Jamás confié así en nadie desde niño. Y he descubierto algo en mi interior que creía destruido. Valió la pena.

– Señor Denis…

Retrocedió y olisqueó el ambiente.

– ¿Qué ocurre?

– Hay algo ahí fuera. Muy lejos y al mismo tiempo muy cerca. Música, aunque no real. Jirones de sonido, violeta claro, amarillo oscuro, revoloteando a mi alrededor y disolviéndose. Aquí mismo y en un futuro muy lejano.

– Ése es el lugar y la época para ti, Maro. Te necesitan allí…, tal como eres, de la forma que eres. Y tú también les necesitas. Debes fiarte de ellos.

– Me fío de usted, señor Denis. Si usted dice que es lo correcto, me iré.

– Es lo correcto. No lo digo por el dinero, ya lo sabes. Voy ceder mis honorarios a la clínica. Tengo ya más que suficiente. Me retiro. Éste será mi último trabajo para ellos.

– ¿Pensará en alguna excusa que dar al doctor Landmeer, mi padre y Delia?

– Te lo prometo.

Expliqué a Maro cómo debía llamar al servicio telefónico para informarles de que ya estaba dispuesto a partir. Ellos le indicarían dónde debía aguardar a que enviaran alguien para recogerle. Me tomó la mano y la estrechó durante largo tiempo.

– Señor Denis -dijo-, creo que le gustará saberlo. Aquella música… La vi y la sentí… Usted tenía razón. Procedía de ellos. Un indicio de por qué me necesitan.

– ¿Puedes aclarármelo?

– Ni siquiera para mí está muy claro, señor Denis. Pero vi en imagen una gran reunión. No se entienden entre ellos y nadie sabe qué pretenden los demás. Las palabras parecen haber perdido todo significado. Como…, como sucedió en el Antiguo Testamento, cuando construyeron la Torre de Babel. Hay mucha confusión. Creo que me necesitan para ayudarles a hablar, a confiar en los demás… y hacer las paces.

– Me alegra que me lo hayas dicho, Maro. Me hace sentirme mejor.

– Adiós, señor Denis.

– Adiós.

Esperé a oír el portazo de la entrada principal. Entonces, aparté la toalla de mi cara y rodé sobre mi mismo hasta sentarme en el borde de la cama. Busqué el encendedor en mi bolsillo y lo encendí, manteniéndolo frente a mi rostro. Noté un fuerte calor, acompañado por los crujidos y el olor acre a cabello quemado, conforme se me iban chamuscando las cejas. Pero no vislumbré luz alguna.