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– ¿Las sacas con este tiempo? -preguntó Sophie.

– El frío es bueno para la seda… la vuelve más brillante que el día que compraste las blusas.

Maggie colgó las perchas de uno de los tres colgadores que había junto a la pared de la sala de estar.

– Vigila la vuelta del dinero… -advirtió Gallo.

– Vaya, ¡dónde tengo la cabeza! -comenzó a decir Sophie, buscando un monedero que no tenía-. He dejado mi…

– No tiene importancia -dijo Maggie. Incluso en la imagen digitalizada, Gallo pudo ver su sonrisa tensa-. Puedes traerme el dinero cuando te venga bien. No pienso ir a ninguna parte.

– ¡Maldita sea! -gritó Gallo.

– Eres una buena persona -insistió Sophie- Eres una buena persona y te pasarán cosas buenas.

– Sí -digo Maggie, alzando la vista hacia el detector de humo-. Debería ser muy afortunada.

Después de cerrar la puerta detrás de Sophie, Maggie suspiró en silencio y regresó a la ventana de la cocina. A lo largo de la pared, el viejo radiador hipó con un sonido metálico, pero Maggie apenas si lo advirtió. Estaba demasiado concentrada en todo lo demás: sus hijos… y Gallo… incluso su rutina. Especialmente su rutina.

Colocando ambas manos debajo de la parte superior del marco de la ventana, tiró con fuerza un par de veces hasta que se abrió. Una ráfaga de aire frío penetró en la cocina pero, nuevamente, no reparó en ello. Sin las blusas de Sophie, en la cuerda de la ropa había quedado un espacio. Un espacio abierto que no podía esperar a llenar.

Cogió la sábana blanca húmeda que estaba doblada junto a la tabla de planchar, se inclinó hacia fuera, sacó una pinza del bolsillo del delantal y sujetó una de las esquinas de la sábana. Centímetro a centímetro desenrolló la sábana sobre el callejón oscuro. Colocó más pinzas a lo largo de la cuerda. Al llegar al borde, tiró de la tela para que la sábana quedase bien extendida. Una ráfaga de viento intentó llevársela volando, pero Maggie la sujetó con fuerza. Sólo otra noche normal. Ahora quedaba la parte más complicada.

Mientras el viento hinchaba la sábana sobre el callejón, metió ambas manos en el bolsillo del delantal. Su mano izquierda tanteó las pinzas para la ropa; su mano derecha buscó algo más. En pocos segundos, sus dedos se deslizaron por el borde de la nota que había escrito unas horas antes. Cuidando de mantener la espalda hacia la cocina, sostuvo la hoja doblada en su mano temblorosa. Con el rabillo del ojo vio el débil resplandor en el coche de Gallo y DeSanctis. Pero eso no la detuvo.

Apretó los dientes, apoyó con fuerza los pies en el suelo y luchó para contener las lágrimas. Luego, con un ágil movimiento, se inclinó nuevamente fuera de la ventana, metió la mano derecha debajo de la sábana y sujetó la nota en su sitio. Directamente enfrente, la ventana del edificio contiguo estaba a oscuras, pero aun así Maggie podía vislumbrar la silueta negra de Saundra Finkelstein. Oculta a un lado de su ventana, Fink asintió cautelosamente. Y por tercera vez desde el día anterior, bajo la mirada atenta de cuatro videocámaras digitales, seis micrófonos activados con la voz, dos transmisores en código y más de cincuenta mil dólares en el mejor equipo de vigilancia militar del gobierno, Maggie Caruso tiró de la cuerda de dos dólares y, debajo de una sábana, barata, usada y húmeda, le pasó una nota manuscrita a su vecina de al lado.

39

Puedes aprender muchas cosas acerca de un hombre si registras las cosas que tiene en su cuarto de baño. Un cepillo de dientes con las cerdas deshilachadas… pasta dentífrica de bicarbonato de sosa… pero ninguna prueba. Puedes aprender incluso más de lo que quieres saber. Arrodillado junto al lavamanos, deslizo el brazo entre las cañerías oxidadas y reviso los artículos de tocador caducados hace mucho tiempo.

– ¿Qué hay del botiquín? -pregunta Charlie, pasando junto a mí y subiéndose al borde de la bañera.

– Ya lo he mirado.

La puerta del botiquín se abre con un chasquido magnético. Levanto la cabeza. Charlie está revisando su contenido.

– Te lo he dicho… ya he buscado allí.

– Lo sé, es sólo para comprobar -dice, examinando rápidamente el escondite de frascos marrones recetados-. Lopressor para la presión sanguínea, Glyburide para la diabetes, Lipitor para el colesterol, Allopurinol para la gota…

– Charlie, ¿qué estás haciendo?

– ¿A ti qué te parece, Hawkeye? [8] Quiero saber qué medicación tomaba.

– ¿Para qué?

– Sólo para ver… quiero averiguar quién era este tío, meterme en su cerebro, ver qué ha hecho de…

El discurso se prolonga demasiado tiempo. Vuelvo a mirarle fijamente. Charlie comienza a colocar rápidamente los medicamentos nuevamente en su sitio.

– ¿Quieres explicarme lo que estás haciendo realmente? -pregunto.

– Verás, estás fumando demasiados Twinkies -dice, con una risa forzada-. Ya te lo he dicho, estoy buscando su…

– Has olvidado tu medicación, ¿verdad?

– ¿Qué…?

– El Mexiletine… no lo has estado tomando.

Pone los ojos en blanco como si fuese un adolescente enfadado.

– ¿Quieres hacer el favor de no exagerar? esto no es Hospital General…

– Maldita sea, yo sabía que había algo que… -escucho un ruido en el pasillo e interrumpo lo que iba a decir.

– Salvado por la campana -susurra Charlie.

– ¿Qué ocurre? -pregunta Gillian desde la puerta.

– Nada -dice Charlie-. Registrábamos el botiquín de su padre. ¿Sabía que guardaba tampones ahí?

– Son míos, Einstein.

– Eso es lo que quise decir… que son suyos.

Bailando a mi alrededor, Charlie sale del cuarto de baño; pero en este momento, mis ojos están fijos en Gillian mientras se aleja por el pasillo.

– Cuidado, tienes un poco de baba en el labio -susurra Charlie al pasar junto a mí-. Quiero decir, no es que te culpe, con todo ese vudú de chica hippie que destila yo también estoy sudado.

– Hablaremos de ello más tarde -murmuro con un gruñido.

– Estoy seguro de que lo haremos -dice-. Pero si fuese tú, por ahora me olvidaría de comprarle un sostén y me concentraría en el problema que tenemos entre manos.

Hacia las siete de la tarde aún nos quedan la cocina, el garaje y los dos armarios del pasillo.

– Yo me encargo de la cocina -dice Gillian. Eso deja dos posibilidades. Charlie me sonríe. Yo le miro de reojo. Sólo un imbécil elegiría el garaje.

– Piedra, papel, tijera -me reta-. Dos derrotas seguidas y se acaba el juego.

Esta vez sonrío yo y escondo la mano detrás de la espalda.

– Piedra, papel, tijera.

Su piedra rompe mis tijeras.

– Piedra, papel, tijera.

Su piedra vuelve a hacer pedazos mis tijeras.

– ¡Mierda! -digo, enfadado.

– Eres un pelmazo con esas tijeras…

Convierto mis tijeras en un dedo corazón levantado y me marcho al garaje.

Con una sonrisa de oreja a oreja, Charlie se da media vuelta y se aleja hacia los armarios del pasillo.

Cuando estoy a punto de girar hacia el garaje, me vuelvo, preparado para lanzarle un desafío a doble o nada. Charlie debería estar en los armarios del pasillo. En cambio, lo veo ante la puerta cerrada en el extremo del pasillo. El dormitorio de Duckworth. El único lugar donde no hemos estado. En verdad, no debería tener importancia -Gillian ya nos ha dicho que lo ha revisado-, pero conozco a mi hermano. Puedo percibir el movimiento furtivo en su forma de andar. Mira la puerta como si tuviese visión de rayos-X. Después de nueve horas de registro de la vida de este hombre muerto, él quiere saber qué hay dentro de esa habitación.

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[8] Personaje de la película M*A*S*H*, cuya acción se desarrolla en un hospital de campaña durante la guerra de Corea. (N. del t.)