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Si fuese yo quien estuviera huyendo, giraría a la derecha en la siguiente señal de stop.

– Gira a la izquierda -le digo a Gillian.

Aún conozco a mi hermano. Sin embargo, cuando damos la vuelta a la esquina la única persona que vemos es un anciano con la piel marrón como el cuero de un zapato y una camisa azul celeste de los años cincuenta. Está sentado en el porche de su casa, pelando una naranja con un cortaplumas.

– ¿Ha visto pasar a alguien corriendo? -le pregunto mientras bajo el cristal de la ventanilla y escondo el arma.

Me mira como si yo hablase…

– Español -me aclara Gillian.

– Ah… ¿ha visto un muchacho?

El hombre no contesta. Continúa pelando la naranja. La sirena de la policía ya está casi sobre nosotros.

Gillian mira por el espejo retrovisor, sabiendo que están muy cerca. Necesita tomar una decisión.

– Oliver…

– Espera -le digo-. Por favor, es muy importante. ¡Es mi hermano! [10]

El viejo ni siquiera alza la vista.

– Oliver, por favor…

Detrás de nosotros, unos neumáticos chirrían al doblar la esquina.

– Vamos, larguémonos de aquí -me rindo finalmente.

Gillian pisa el acelerador y las ruedas buscan nuevamente la tracción para poner el coche en movimiento. Un rápido giro a la derecha y un límite de velocidad absolutamente ignorado convierte el vecindario en una mancha rosa y verde. Miro a través de la ventanilla, esperando que Charlie salte de la espesura y grite que está a salvo. Pero no lo hace. No dejo de mirar.

Junto a mí, Gillian extiende la mano y me acaricia la nuca.

– Estoy segura de que no le ha pasado nada malo -promete.

– Sí -digo, mientras South Beach- y mi hermano -se desvanecen detrás de nosotros-. Espero que tengas razón.

56

Si hubiese llegado al lugar sólo diez minutos antes, Joey habría podido presenciar toda la escena: las luces rojas del coche patrulla, los policías uniformados que abrían las puertas y salían a la carrera, incluso a Gallo y DeSanctis mientras ofrecían sus explicaciones preparadas a la ligera: Sí, éramos nosotros quienes disparábamos; sí, consiguieron escapar; no, podemos arreglar este asunto sin ayuda, gracias de todos modos. Pero incluso cuando todo el mundo se hubo marchado -incluso con el coche alquilado por Gallo que no se veía por ninguna parte- era imposible no advertir la cinta amarilla y negra de la policía que cubría la puerta principal de la casa de Duckworth.

Joey salió del coche y se dirigió directamente a la puerta, golpeando tan fuerte como pudo.

– Soy yo, ¿hay alguien en casa? -gritó para asegurarse de que estaba sola.

Una rápida mirada por encima del hombro y un par de golpes en la cerradura hicieron el resto. Al abrirse la puerta, Joey se agachó y se deslizó por debajo de la cinta de la policía. En el interior, la cocina estaba en orden, pero la sala de estar estaba destrozada. La lámpara hecha añicos, la mesilla baja volcada, los libros de la estantería en el suelo. La lucha había sido breve, limitada a un único espacio. En la parte inferior de la estantería había una pila de viejos ejemplares de la revista Wired. Joey fue directamente hacia ellas, cogió la que coronaba la pila y examinó la etiqueta con los datos de suscripción. ¿Martin Duckworth?, leyó para sí, totalmente desconcertada. En un estante próximo descubrió el portarretratos roto con la fotografía en la que aparecían Gillian y su padre. Finalmente una prueba física. Joey sacó la foto del marco y la guardó en su bolso.

En el suelo, los pequeños trozos del vaso de cristal de la batidora cubrían la alfombra descolorida, que presentaba una mancha oscura junto a la puerta. Joey se agachó para examinarla de cerca, pero la sangre ya estaba seca. El rastro de sangre continuaba a lo largo del pasillo, pequeñas gotas que señalaban un rastro de pequeños planetas que se alejaban de un sol oscuro. Cuanto más avanzaba por el pasillo, más pequeñas se volvían las gotas, hasta llegar finalmente al dormitorio. Y a las puertas correderas de cristal.

A través del cristal vio que un niño cubano de unos cuatro años, con calzoncillos rojos y una camiseta de Supermán azul la miraba desde el otro lado, las manos metidas bajo el elástico de los calzoncillos. Joey sonrió y deslizó la puerta lentamente para no asustarle.

– ¿Has visto a mi hermano? -preguntó.

– ¡Bang-bang! -gritó el niño, señalando con el dedo como si fuese una pistola hacia la pared que había a la izquierda. Al volverse, Joey vio claramente la zona serrada donde había impactado el primer disparo. La tumbona estaba apoyada contra la base de la pared. Arriba y al otro lado, pensó Joey.

Sacó el móvil del bolso y pulsó el botón de llamada rápida.

– ¿Qué tal el vuelo? ¿Te ofrecieron cacahuetes gratis? -preguntó Noreen.

– ¿Has oído alguna vez el nombre de Martin Duckworth? -preguntó Joey, echando un vistazo al ejemplar enrollado de Wired.

– ¿No es el individuo cuyo nombre aparece en la cuenta del banco?

– El mismo. Según Lapidus y los datos que tienen en Greene, Duckworth está viviendo en Nueva York, pero apuesto a que si le metemos en la picadora de carne, descubriremos algo más.

– Dame cinco minutos. ¿Alguna otra cosa?

– También necesito que encuentres a sus familiares -le explicó Joey mientras se acercaba a la pared-. Charlie y Oliver… cualquiera que ellos puedan conocer en Florida.

– Venga, jefa, ¿crees acaso que no hice ese trabajo en el momento en que subiste al avión a Miami?

– ¿Puedes enviarme esa lista?

– Es una lista con un solo nombre -dijo Noreen-. Pero pensaba que habías dicho que los hermanos eran demasiado listos para esconderse con familiares.

– Ya no. A juzgar por el aspecto de la casa tuvieron una visita sorpresa de Gallo y DeSanctis.

– ¿Crees que les han cogido?

Aún con la imagen de esa mancha seca en la alfombra, Joey se subió a la tumbona y pasó las puntas de los dedos por el trozo de cemento que faltaba en la parte superior de la pared; no había sangre por ninguna parte.

– No puedo hablar por los dos, pero algo me dice que al menos uno de ellos consiguió escapar… y si está huyendo…

– … estará desesperado -continuó Noreen-. Dame diez minutos y tendrás todo lo que necesitas.

57

Cuando tenía doce años perdí a Charlie en el centro comercial del Kings Plaza. Mamá estaba en una de las antiguas tiendas de descuento, decidiendo qué ropa comprar; Charlie estaba investigando entre los artículos de Spencer Gifts, haciendo un esfuerzo por olfatear las velas eróticas «Sólo para adultos»; y yo… se suponía que no debía apartarme de su lado. Pero cuando me di la vuelta para enseñarle la colección de juegos de naipes con desnudos, comprobé que se había ido. Lo supe al instante: no se estaba escondiendo y tampoco estaba vagando por uno de los rincones de la tienda. Había desaparecido.

Durante veinticinco minutos corrí frenéticamente de una tienda a otra, gritando su nombre. Hasta el momento en que le encontramos -lamiendo el cristal en Jo Ann's Nut House- un dolor lacerante no dejó de perforarme el pecho. No fue nada comparado con lo que estoy sintiendo en este momento.

– ¿Puedo ayudarle? -pregunta el guardia de seguridad en el mostrador de recepción. Es un hombre mayor con un uniforme de «Seguridad Kalo» y zapatos ortopédicos blancos. Bienvenidos al Conjunto residencial Wilshire en North Miami Beach, Florida. El lugar indicado al que acudir cuando se trata de una emergencia.

– He venido a ver a mi abuela -contesto con mi mejor voz de buen chico.

– Escriba su nombre, por favor -dice el guardia, señalando el libro de registro. Garabateo algo ilegible y examino todas las firmas que hay encima de la mía. Ninguna de ellas es la de Charlie. No obstante, hemos pasado por esta situación una docena de veces. Si alguna vez nos perdemos, debemos acudir a un lugar seguro. Bajo la palabra «Residente», añado las palabras «Abuela Miller».

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[10] En español en el original. (N. del t)