– ¿Qué hay de las otras personas que aparecen en las fotografías? -pregunta Charlie.
Truman las examina detenidamente.
– Lo siento, para mí son unos desconocidos.
– ¿Es gente de Disney? -pregunto.
– ¿O de esta zona? -añade Charlie.
– ¿O acaso se trata de tíos de los que mi padre fue amigo? -insiste Gillian.
Truman retrocede ante la batería de preguntas; parece estar a punto de decir algo… luego titubea. Comienza a alejarse y añade.
– Realmente debo irme…
– ¡Espere! -gritamos al unísono Gillian y yo.
Truman se queda inmóvil. Ninguno de nosotros se mueve. Eso es todo. Traman está oficialmente censurado.
– Me alegro de haberles conocido -dice, devolviéndome las fotos.
– Por favor -le ruega Gillian. Su voz tiembla; extiende la mano y le coge de la muñeca-. Encontramos las fotos en uno de los cajones de papá… y ahora que está muerto… sólo queremos saber quiénes son estas personas… -Dejando que el pensamiento penetre profundamente, añade-. Es todo lo que tenemos.
Truman mira a Charlie, luego me mira a mí y se muere por largarse de allí. Pero cuando baja la vista hacia la mano de Gillian que sujeta su muñeca… cuando sus ojos se encuentran con los de ella… ni siquiera él puede evitarlo.
– Si esperan un momento aquí, tal vez pueda llevar las fotos dentro y ver si alguien conoce a los otros tres.
– Perfecto… eso sería perfecto -dice Gillian.
Con la tira de fotografías en la mano y la promesa de que las devolverá en unos minutos, Truman se dirige a la entrada principal que hay detrás de la mesa de la recepcionista. Me siento tentado de seguirlo, es decir, hasta que descubro el teclado del panel de seguridad que está obviamente diseñado para que nosotros no podamos entrar. Es similar al que tienen en Five Points, excepto que aquí también disponen de una pantalla digital -como si fuese un televisor en miniatura- empotrada en la pared encima del teclado. Cuando Truman se aproxima a la puerta, la pantalla comienza a parpadear y aparecen nueve pequeñas casillas azules como si fuese el teclado de un teléfono. Pero, en lugar de números, cada una de las casillas contiene un rostro humano, haciendo que se parezca a los créditos de presentación de La familia Brady. A pesar de que el hombro de Truman bloquea nuestra línea de visión, aún podemos ver el reflejo en las brillantes paredes negras.
Tocando la pantalla con el dedo índice, Truman selecciona el rostro que aparece en la casilla inferior derecha. La casilla se ilumina, los nueve rostros desaparecen y, con la misma rapidez, sus lugares son ocupados por igual número de rostros nuevos. Como si estuviese introduciendo la contraseña de una alarma, Truman toca la pantalla digital y selecciona el rostro de una mujer asiática en la parte superior izquierda. Nuevamente, los rostros desaparecen; nuevamente, nueve rostros diferentes ocupan sus lugares.
– Parece que aquí tienen montado todo el tinglado de Buck Rogers, ¿verdad? -dice Charlie.
– ¿Lo dice por esto? -pregunta Truman, echándose a reír y señalando la pantalla-. Los próximos años podrán verse Contrarrostros en todas partes.
– ¿Contrarrostros?
– ¿Olvida alguna vez su número secreto del cajero automático de su banco? -pregunta-. Nunca más. Existe una razón para que la gente no olvide un rostro, es algo que está fijado en nosotros desde que nacemos. Es lo que nos permite reconocer a nuestros padres e incluso a amigos que no hemos visto desde hace veinte años. Ahora, en lugar de un código numérico elegido al azar, te suministran rostros de personas desconocidas elegidos también al azar. Combina eso con una cubierta gráfica y obtienes la única contraseña que incluye todas las edades, todos los idiomas y todos los niveles culturales. «Autentificación global», así lo llaman. Veamos si tu código con el número secreto es capaz de hacer eso.
Tocando la casilla central, Truman selecciona un último rostro. La casilla en la que aparece una mujer rubia se enciende y se apaga velozmente. Las cerraduras magnéticas emiten un zumbido, la puerta se abre y Truman se dirige hacia el interior del edificio, con nuestras foto…
Una oleada de adrenalina me enciende las mejillas. No lo puedo creer. Eso es todo.
– ¿Ha dicho que Stoughton aún trabaja en Disney.com? -le pregunto mientras se aleja.
– Eso creo -dice Truman-. Aunque también pueden comprobarlo en la página web. ¿Por qué lo pregunta?
– No… por nada -contesto-. Sólo curiosidad.
La puerta se cierra de golpe y Truman desaparece. Charlie sigue perdido, pero cuanto más miro la pantalla táctil…
– Hijo de puta -murmura Charlie.
Gillian se queda boquiabierta y nos quedamos oficialmente en la bicicleta para tres.
– ¿Crees que…?
– Desde luego -musita Charlie.
No puedo evitar una sonrisa.
Durante todo este tiempo hemos estado mirando la mancha de tinta invertida. [13] Tal como dijo Charlie cuando regresábamos de Five Points: No guardas aquello que te traerá problemas, sino aquello que quieres proteger. Como la combinación del candado de tu bicicleta. Cuando estaba en octavo grado y Charlie estaba en cuarto, yo solía guardar mi combinación en su mochila; él la guardaba en mi billetera con Velero. Ahora no es diferente. Los dos pensamos que la clave consistía en averiguar a quiénes pertenecían los rostros de las fotografías; pero ahora… está claro que los rostros son la clave. Literalmente. Olvídate de los desconocidos elegidos al azar; Duckworth utilizaba a gente que conocía.
Charlie está tan excitado que incluso ha dejado de mirar a Gillian. Se balancea sobre los talones. «Vamos», dice con un leve gesto de la cabeza.
«Tan pronto como Truman regrese con las fotografías», respondo de la misma manera.
– Lamento interrumpirla -le digo a la recepcionista y la mujer aparta la mirada de la revista-, ¿pero tiene idea de dónde podemos encontrar un acceso a Internet?
63
En la quinta planta de la Biblioteca del Condado de Broward hay treinta ordenadores maravillosamente nuevos. Sólo necesitamos uno. Un ordenador, acceso a Internet y un poco de privacidad, cortesía de los carteles de «Fuera de servicio» que Charlie escribió y fijó a las pantallas de los tres ordenadores más próximos al nuestro.
– ¿A alguien le molesta si yo me encargo de teclear? -pregunta, acercando su silla al teclado.
Estoy a punto de protestar, pero cambio de opinión. Es una sencilla concesión y cuanto más ocupado le mantenga, menos le buscará las pulgas a Gillian. Naturalmente, mi hermano pequeño sigue molesto por el hecho de que la haya invitado a que nos acompañe, pero entre sus responsabilidades como redactor y la tarea de resolver el misterio de las fotografías, Charlie está tan distraído que prácticamente no le importa.
– ¿Todo preparado? -pregunta Charlie mientras Gillian y yo colocamos nuestras sillas junto a la suya.
Asiento, prácticamente derrochando energía. Finalmente, nos ponemos en marcha.
– Ve a www.disney.com -dice Gillian, igualmente excitada.
Charlie le lanza una mirada capaz de tallar diamantes.
– ¿De verdad? No estaba seguro -dice con evidente sarcasmo.
Me inclino hacia adelante y le pellizco la espalda.
Sacude la cabeza y teclea la dirección electrónica. En la pantalla del ordenador aparece la página web de Disney. «Diversión para las familias», dice con letras doradas, que se encuentran justo al lado de nuestros primeros pares de orejas de ratón: Mickey y Pluto sentados fuera de una casa de dibujos animados. «Donde la Magia Vive Online», dice en la parte superior de la pantalla.
– Será mejor que así sea -advierte Charlie.
Pasa las páginas y aparecen tres botones en la Guía Disney: «Entretenimientos, Parques & Lugares de recreo», y uno con el encabezamiento de «Dentro de la Compañía».