– Hay casi tres kilómetros hasta la Columna de la Victoria -manifestó Hitler, que se negaba también al derribo del monumento-. Eso será suficiente.
El tema quedó agotado al fin, y entonces Burgdorf preguntó al Führer lo que pensaba hacer respecto al permiso que se concedía a Guderian por «enfermedad».
– ¡De una vez por todas -exclamó Hitler, exasperado-, quiero la opinión del médico acerca de Wenck! Que me dé un detallado informe. Le haré que responda de ello con su vida, y que me diga cuándo estará bien. No hacen más que hablar y hablar de que determinado día podrá dejar el hospital, pero ahora ni siquiera saben si tienen que operarle.
Era evidente que Hitler tenía esperanzas de sustituir con Wenck al cada vez más molesto Guderian.
– El médico nos dijo que Wenck deberá permanecer allí hasta mediados de abril -aclaró Burgdorf-. Pero él mismo se está impacientando.
– Mi Führer -interrumpió Below, cambiando de tema-, cuando no está usted en el Obersalzberg (Berchtesgaden), ¿sería posible ahorrar la cortina de humo? Ahora se lanza cada vez que se avista un aparato, y están agotando las reservas de la sustancia productora de humo.
– Está bien, pero si nos destruyen eso, todo se ha acabado. Es necesario que lo comprendamos. Se trata de uno de los últimos escondites de que disponemos.
Se habló luego de los bunkers de Zossen, y a continuación se inició una prolongada discusión acerca de las unidades especiales que podrían lanzarse a la batalla.
– No sabemos lo que pasa a nuestro alrededor -se quejó Hitler-. Para mi asombro, acabo de enterarme de que una división ucraniana de las SS ha aparecido repentinamente.
Siguió diciendo que era una locura entregar armas a una división ucraniana que no era muy digna de confianza.
– Más preferiría quitarles a ellos las armas y crear una nueva división alemana.
A diferencia de muchos de sus consejeros, Hitler tenía recelo de emplear unidades constituidas con soldados capturados del Ejército Rojo, que se habían ofrecido voluntarios para luchar contra Stalin.
Burgdorf le recordó oficiosamente que cada una de las divisiones voluntarias de Letonia y Estonia se habían destacado bastante en la lucha.
– Pero, ¿por qué luchan?-preguntó Hitler, sarcásticamente-. La División Vlasov, [26] por ejemplo, puede considerarse bajo dos posibilidades: si es eficaz, debe tomársela como una división regular; si no lo es, resulta absurdo equipar una división de diez u once mil hombres, cuando no puedo crear divisiones alemanas a causa de la falta de armas. Más valdría organizar una división alemana y entregarles todas esas armas.
– La legión india… -comenzó a decir Burgdorf.
– La legión india es una risa. Hay indios que son incapaces de matar una hormiga, y que antes se dejarían aplastar… Creo que si los emplearnos para tirar de carromatos, o algo por el estilo, se mostrarán como los soldados más bravos del mundo, pero utilizarlos en una lucha a muerte es algo ridículo. ¿Qué fortaleza tienen los indios? Todo eso es una idiotez. Cuando se tiene un exceso de armas puede hacerse algo semejante con fines propagandísticos, pero careciendo de ellas, tales bromas publicitarias resultan totalmente irresponsables.
Hitler siguió expresándose sarcásticamente durante varios minutos hasta que de pronto añadió:
– No quiero decir que no pueda hacerse nada con esos extranjeros. Algo puede lograrse, pero requiere tiempo. Si se los tiene durante seis o diez años, si se gobierna sus territorios de origen, como lo hizo la antigua monarquía de los Habsburgo, entonces se convertirían en buenos soldados. Pero ahora les haremos un gran favor si les decimos que no tienen que seguir luchando.
Alguien hizo notar que los 2.300 indios tenían 1.468 fusiles, 550 pistolas, 420 fusiles ametralladores y 200 cañones ligeros. -Véanlo si no -observó burlonamente Hitler-; tienen más armas que hombres. Algunos sin duda llevarán dos armas. Luego el Führer preguntó la función de esos hombres en aquellos momentos, y le contestaron que se hallaban en una zona de descanso. Hitler movió la mano con gesto significativo y declaró, disgustado:
– Esas gentes siempre están descansando, nunca luchan.
En aquel momento les interrumpió un oficial de enlace que llegó con el siguiente mensaje urgente: «El Grupo de Ejército H informó a las tres de la madrugada que el enemigo ha cambiado de posición para atacar a un kilómetro y medio al sur de Wesel, cerca de Mehrum (era la Operación «Saqueo», de Montgomery). La fuerza y naturaleza del ataque aún no ha podido determinarse. Se esperaba la ofensiva. Desde las 17 horas (del 23 de marzo) ha habido intenso fuego de la artillería enemiga sobre nuestra línea de combate principal, así como sobre las zonas de retaguardia.»
Cuando comenzaba a discutirse sobre las fuerzas germanas cerca de Wesel, y de los posibles refuerzos a enviar a la zona, un oficial de enlace llamado Borgmann recordó a Hitler que no había suficientes refuerzos para detener a Patton en Oppenheim: Sólo tenían cinco tanques pesados, y no estarían en condiciones de entrar en combate hasta el próximo día.
– En los días siguientes dos más se agregarán, de modo que la unidad podrá elevarse a siete tanques. Todo se halla ahora comprometido.
– Realmente habían sido destinados a la cabeza de puente superior -declaró Hitler.
– Así es -confirmó Borgmann-, para el batallón 512 de Remagen.
– ¿Cuándo partirán?
– Estarán dispuestos hoy o mañana. Tal vez no puedan salir hasta mañana por la noche.
– Entonces volveremos a informarnos de eso mañana -manifestó Hitler.
Luego comenzó a preguntar el tiempo que tardaría en repararse un grupo de «dieciséis o diecisiete Tigres».
– Eso tendría gran importancia -manifestó el Führer. Su preocupación por un puñado de tanques ilustraba dramáticamente el derrumbe a que había llegado el poderío del ejército alemán.
2
Poco antes del amanecer despegaron de la base inglesa de East Anglia los primeros aviones que transportaban 4.876 hombres de la 6.ª División Aerotransportada británica. Al cabo de una hora, 247 aviones «C-47» del 9.° Comando de Transporte de Tropas de Estados Unidos, así como 429 aparatos británicos con sus planeadores, se hallaban en el aire rumbo al Rhin, para llevar a cabo la Operación «Varsity».
En Francia, los hombres de la 17.ª División Aerotransportada acababan de tomar una ligera comida compuesta por bistec y tarta de manzana, y después de examinar su equipo comenzaron a trepar a los transportes y los planeadores. A las 7,17 de la mañana; despegaron los primeros aparatos. Los paracaidistas del 507.° regimiento de Infantería se lanzarían los primeros y ocuparían algunos bosques de importancia estratégica. Luego seguirían el 513.° regimiento de Paracaidistas de Infantería y cuatro grupos de planeadores, que deberían tomar tierra al este del 507. El último regimiento, el 194 de Planeadores de Infantería, tocaría tierra cerca de Wesel y se apoderaría de los puentes del canal de Issel.
Eran casi las nueve de la mañana cuando el último de los aparatos despegó. La enorme columna -226 aviones «C-47», 72 «C-46» y 610 «C-47» arrastrando 960 planeadores- se extendía más allá de donde podía abarcar la vista. Los 9.387 paracaidistas americanos volaron en dirección al Noroeste, para la cita final al sudeste de Bruselas, donde se unieron a la columna aérea británica más pequeña. [27] Uno tras otro, en una gigantesca caravana aérea de dos horas veinte minutos de largo, los dos grupos pusieron rumbo a Wesel con 213 cazas de la RAF y 676 de Estados Unidos protegiéndoles los flancos.
Para todos los paracaidistas americanos que iban en los transportes, salvo unos pocos, el salto en combate era una experiencia nueva. Muchos de ellos compartían una sensación común: un nudo en la garganta que aumentaba en intensidad, como si fuera a terminar por estrangularlos. Los que iban en los planeadores aún se hallaban más inquietos, ya que su endeble armazón se estremecía bajo la influencia de las fuertes corrientes que originaban los transportes que iban delante.
[26] El general del Ejército Rojo Andrei Andreevich Vlasov acusó a Stalin tres semanas después de su captura, ocurrida en 1942, y ayudó a los alemanes a movilizar un millón de prisioneros rusos, que pasaron al servicio de Hitler. Sin embargo, su principal interés consistía en abolir el comunismo, y no en apoyar el nacional-socialismo, por lo cual el Führer no dejaba de tenerle recelo.