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Al anochecer, después de que el último avión «P-47» americano hubo partido, un grupo de nueve «Tigres», con tres de ellos a la cabeza, salió repentinamente de entre los árboles que había delante y a la izquierda, y avanzó despacio hacia la carretera, ametrallando a los vehículos que hallaban a su paso. Rose y su comitiva estaban atrapados, con tanques alemanes al frente y detrás, que destruían sistemáticamente todo lo que se les ponía por delante. La única luz que había en el campo de batalla, en esos momentos, procedía de los vehículos americanos incendiados. Ningún movimiento era aconsejable en esas circunstancias, pero a pesar de todo, era necesario salir de allí.

El coronel Frederic Brown, comandante de la artillería de la división, tuvo la impresión de hallarse «ante una vívida escena del Infierno de Dante». Aconsejó a Rose que avanzase por entre los bosquecillos de la izquierda, a pesar del fuego de armas ligeras, con el fin de rodear los tanques que bloqueaban la retaguardia. Pero Rose señaló que no había disparos de tanques en vanguardia, por donde Welborn había avanzado, probablemente debido a la retirada de los cuatro tanques alemanes. Por consiguiente, manifestó que le parecía más seguro ir hacia la derecha, alejándose de la luz que despedía la columna incendiada, para luego reunirse más adelante con los efectivos de Welborn. En consecuencia, el grupo del general -dos jeeps y un vehículo blindado, seguidos de un mensajero en una moto- se desvió de la línea de tanques en llamas para dirigirse hacia donde se hallaba Welborn. Un kilómetro y medio más adelante llegaron a un cruce. Hacia la derecha podía verse la oscura silueta de uno de los tanques. La columna de Rose se alejó de la carretera principal, que conducía hacia la Fuerza Especial Richardson, y avanzó hasta donde se hallaba el tanque. Este aparecía inutilizado y abandonado. De pronto se inició una descarga de armas ligeras desde los árboles adyacentes. El grupo de Rose volvió rápidamente a la carretera principal, y siguió hacia donde se encontraban los efectivos de Richardson. El jeep del coronel Brown, que conducía éste, iba en cabeza; luego seguía el del general Rose, el camión blindado y la motocicleta.

Los cuatro vehículos iniciaban el ascenso de una colina cuando Brown advirtió la presencia de un gran tanque que se dirigía hacia ellos en la oscuridad.

– Ahí viene uno de los nuevos tanques de Jack -dijo, creyendo que la oscura forma era uno de los nuevos «Pershing» de Welborn. Pero conforme el tanque se iba acercando, el coronel Garton, que iba en el jeep de Brown, advirtió los dos escapes del vehículo a diferencia de los «Pershing», que sólo tenían uno. Era un «Tigre», y Garton tuvo la certeza de que detrás venían otros.

– ¡Son «Tigres»! -gritó a Brown-. ¡Fuera de la carretera!

Brown siguió aún un trecho más y pasó ante otros dos «Tigres» alemanes. Los tres primeros tanques germanos no se dieron cuenta de que estaban pasando ante un grupo de enemigos, pero el cuarto comenzó a avanzar para interponerse en el camino de Brown. Este condujo el «jeep» hasta colocarlo detrás de un árbol, y trató de averiguar si el general Rose también se había apartado de la carretera. En ese momento se aproximó un quinto tanque alemán. Brown se lanzó hacia la derecha y se detuvo en medio de un prado. Detrás, los tanques alemanes comenzaron a disparar, y los ocupantes del jeep descendieron apresuradamente del mismo y se dirigieron corriendo hacia los árboles.

El jeep de Rose, que conducía T. Shaunce, y en el que iba también el ayudante del general, comandante Robert Bellinger, pasó sin novedad ante el segundo «Tigre», pero se vio bloqueado por el tercero. Rose y los demás saltaron a la carretera. Los cañones del tanque les siguieron amenazadoramente. Luego un alemán asomó la cabeza por la torrecilla, hizo una señal con una pistola, y dijo algo que no entendieron.

– Creo que quiere nuestras armas -dijo Rose.

Bellinger y Shaunce se desabrocharon los cinturones de las pistoleras, pero Rose, que estaba entre ambos, tuvo que agacharse para hacerlo.

De pronto surgió un fogonazo y Rose cayó muerto sobre la carretera. En la semioscuridad, el comandante del tanque alemán había interpretado mal los movimientos del general. Shaunce saltó inmediatamente detrás del tanque, fuera de su línea de fuego, y Bellinger lo hizo en dirección opuesta, arrojándose a una cuneta. Atrajo sobre él todo el fuego del vehículo alemán, pero por milagro no le acertaron. Luego corrió hasta internarse en el bosque. Shaunce tenía una pierna rota, pero también consiguió huir. En cambio, la dotación del camión blindado y el oficial de operaciones de la división, teniente coronel Wesley Sweat, se vieron rodeados por los alemanes.

Los supervivientes de la primera emboscada todavía seguían dispersándose por los campos. Mientras corrían, se iban aligerando de las pistolas «Luger», los relojes y otros objetos que habían quitado a los alemanes prisioneros. Sin embargo, sus temores eran infundados en la mayor parte de los casos. Muy pocos eran los alemanes que tenían deseos de venganza, o de dar caza a los americanos.

Aquella misma noche, los sargentos Bryant Owen y Arthur Haushchild, mientras huían por el bosque, fueron a dar de pronto con un centenar de soldados alemanes que les acogieron levantando las manos en señal de rendición. Los dos sargentos se turnaron para vigilar a sus prisioneros. Owen había dormido muy poco durante la semana anterior, y descabezó algún sueño durante sus períodos de descanso, pero casi siempre le despertaba un alemán que le exhortaba a que se mantuviera vigilándoles. Al amanecer, Owen y Haushchild condujeron a sus prisioneros por una senda del bosque deseando interiormente que fuera aquélla la dirección conveniente. Después de varios kilómetros de marcha llegaron ante el refugio de un centinela. Dentro vieron a un soldado, pero no pudieron precisar si se trataba de un americano o un alemán.

– ¡Dios santo! -exclamó al fin el centinela, en inglés, al ver aquella partida de alemanes. Owen se sintió tentado de darle un abrazo.

En cuanto los dos sargentos hubieron entregado los prisioneros a un oficial, recibieron la orden de regresar para recuperar el cadáver del general Rose. Les llevó cerca de una hora encontrarlo en la carretera. Sin duda los alemanes no se habían dado cuenta de que dieron muerte a un comandante de división, Los mapas y los libros de códigos seguían en su jeep, lo mismo que los del camión blindado. [35] La pistola del «45» de Rose se hallaba aún en su pistolera, y Owen la recogió para entregársela a la familia del muerto. Rebuscaron un poco por el jeep y el vehículo blindado hasta que hallaron una manta. Envolvieron con ella a Rose, colocaron su casco sobre el pecho del cadáver y comenzaron a trasladarlo hacia retaguardia. Cuando se acercaban a las líneas americanas, un segundo teniente les preguntó qué estaban haciendo. Cuando se lo dijeron, el teniente les criticó por tratar los restos de un general tan poco respetuosamente. Owen, que tenía varios amigos muertos en la carretera, le contestó de mala manera, y más tarde tuvo que presentarse ante un tribunal militar.

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[35] En algunos periódicos aliados se dio la noticia de que Rose había sido "asesinado" por los nazis porque era judío. Nada hace presumir que esto fuera verdad.