Durante tres días prosiguió la lucha, pero el 14 de abril concluyó definitivamente la batalla de Viena. Las calles estaban llenas de tanques incendiados y de caballos muertos, y millares de alemanes, vieneses y rusos yacían sin vida unos al lado de los otros. Los heridos y enfermos eran transportados a hospitales de emergencia en carretillas y cochecillos de niños. Mucha gente se parapetó en sus casas, para rechazar a los rusos, a los trabajadores forzados e incluso a los mismos vieneses, que se dedicaban al pillaje y a violar. Se adiestró a los niños para que corrieran al puesto de mando más próximo en busca de auxilio. Si la patrulla llegaba a tiempo, el delincuente era fusilado en el acto. Pero en otros casos sólo se le detenía, o le hacían una severa e inútil advertencia.
Si bien los depósitos de agua se hallaban intactos, las conducciones habían quedado destruidas por las bombas y las granadas, y la gente hacía largas colas ante las pocas fuentes de las que aún surgía el líquido. El problema de la alimentación era todavía mas grave. Los almacenes que no habían quedado destruidos, fueron saqueados por la gente. No había casi nada en disposición de usarse. Las tarjetas de racionamiento resultaban inútiles, y prosperaba el mercado negro.
En las calles imperaba la ley de la fuerza. Extrabajadores forzados extranjeros se apoderaban de las armas y asumían singulares funciones policíacas, en tanto que grupos de saqueadores bien organizados se dedicaban a despojar sistemáticamente almacenes, tiendas y hogares. Funcionarios civiles, nombrados a sí mismos como tales, sacaban a la gente de sus pisos y colocaban en ellos a sus familias. En algunos distritos no había más que decir que una vivienda pertenecía a un nazi, para tomar posesión de la misma.
Ya en esos momentos estaban organizándose distintos movimientos políticos. Ernst Fischer, un notorio comunista vienés, llegó por vía aérea desde Moscú. El doctor Karl Renner, antiguo Canciller, fue llevado igualmente a la ciudad por los soviéticos. El comandante Szokoll fue proclamado por los rusos comandante civil de Viena, y quedó instalado en el Rathaus (Ayuntamiento). A los dos días de hallarse en funciones, se presentó ante él un coronel ruso, que le dijo:
– Le acaban de nombrar jefe de policía de Viena. Sígame, hemos hallado algunos criminales de guerra.
Szokoll declaró que estaba demasiado ocupado para marcharse, pero el coronel llamó a varios guardias, y Szokoll fue llevado hasta un coche que esperaba ante la alcaldía.
Sólo entonces el coronel reveló que era un oficial del NKVD. Acusó al comandante de ser un espía de los Aliados Occidentales, que había ido al cuartel general de Tolbukhin para descubrir los planes soviéticos. También se le achacó la culpa del fracasado levantamiento, y le amenazaron con ejecutarle.
Por la tarde, los guardias del NKVD encerraron a Szokoll en un sótano lleno de humedad. El comandante se acostó sobre una alfombra que había encima de unos cajones y se quedó dormido. [43]
Capítulo segundo. «Esas viles mixtificaciones»
1
El activo intercambio de telegramas que provocó la «Operación Amanecer», sólo parecía haber agravado la situación. El día de Viernes Santo, Roosevelt recibió un nuevo mensaje. En él, Stalin declaraba que a causa de las conversaciones de Ascona, los alemanes habían podido enviar tres divisiones desde Italia al Frente Oriental. [44] Stalin se quejó, además, de que lo acordado en Yalta, en el sentido de atacar simultáneamente desde el Este, Oeste y Sur, no se cumplía, por parte de los aliados, en Italia.
«…Esta circunstancia disgusta al comando soviético y genera la desconfianza… En una situación de tal naturaleza, los Aliados no deben tener nada que ocultarse mutuamente.»
Exasperado, el presidente pidió a Marshall y a Leahy que redactasen una respuesta. La junta de jefes militares se mostraba preocupada ante las acusaciones de Stalin, y temió que una ruptura de relaciones con Rusia fuese «el único milagro que evitase el rápido derrumbe de los ejércitos alemanes». Por todo ello se redactó una contestación que a un tiempo trataba de ser conciliadora y enérgica. El telegrama de Roosevelt decía así:
«Debo repetir que la entrevista de Berna [45] tuvo por único fin entrar en contacto con competentes oficiales militares germanos, y no para llevar a cabo negociaciones de ninguna especie… Todo este asunto se debió a la iniciativa de un oficial alemán al que se considera allegado a Himmler, y existe desde luego la posibilidad de que su único objetivo sea el de crear sospechas y desconfianza entre los Aliados. No hay razón alguna para permitir que logren un éxito en tal sentido. Confío en que la categórica exposición de la situación actual, y de mis intenciones, contribuirá a disipar los temores que usted expresó en su mensaje del 29 de marzo.»
Los temores de Stalin sobre lo que ocurriría con las aspiraciones comunistas en el norte de Italia, si los alemanes se rendían en corto plazo, se hallaban bien fundados. Confundido evidentemente por los erróneos informes de sus agentes en Suiza, Stalin envió otro telegrama a Roosevelt el 3 de abril. Era un mensaje que para proceder de un aliado era asombroso y en él se acusaba abiertamente a los Aliados Occidentales de actuar con engaño.
«Afirma usted que hasta el momento no se han llevado a cabo negociaciones. Según parece, no está usted bien informado. Por lo que se refiere a mis colegas militares, que se basan en los informes que poseen, están seguros de que las negociaciones ya han tenido lugar, y que terminaron en un acuerdo con los alemanes, por el cual el comandante germano del Frente Occidental, mariscal Kesselring, abrirá el frente a las tropas angloamericanas, permitiendo que avancen hacia el Este, mientras que los británicos y americanos prometieron, a su vez, atenuar las condiciones del armisticio para los alemanes.
»Creo que mis colegas no andan muy errados. En caso contrario, la exclusión de los representantes del comando soviético, de la conferencia de Berna (Ascona), resultaría inexplicable.
»Tampoco puedo confiar en la reserva de los británicos, que han dejado que usted intercambiase conmigo una correspondencia acerca de un asunto tan desagradable, mientras ellos guardan silencio, cuando es sabido que la iniciativa en el asunto de las negociaciones de Berna pertenece a los ingleses…»
El conciliador telegrama que Eisenhower enviara poco antes acerca de Berlín, pudo incluso haber suscitado las sospechas de Stalin, el cual proseguía diciendo que las «negociaciones» de Suiza permitían a los Aliados occidentales avanzar «casi sin resistencia» por el centro de Alemania, mientras que en el Este la lucha seguía con toda ferocidad.
Uno de los norteamericanos que consideraba improcedentes las exigencias rusas en ése ni en ningún otro asunto, era Averell Harriman. En cuanto el telegrama de Stalin pasó por sus manos, envió otro mensaje al Departamento de Estado manifestando que los soviéticos trataban todos los asuntos únicamente desde el punto de vista de sus egoístas intereses.
«…Han divulgado, en beneficio de su propia política, la especie de que reina una penosa situación alimenticia en los países liberados por nuestras tropas, como Francia, Bélgica e Italia, en tanto que las condiciones son muy satisfactorias en las zonas que el Ejército Rojo ha salvado de la cautividad… Por consiguiente, lamento llegar a la conclusión de que debemos cuidar primero de nuestros aliados occidentales y de otras zonas colocadas bajo nuestra responsabilidad, dejando a Rusia lo restante.»
[43] Varias semanas después Szokoll fue enviado a un campamento de prisioneros de guerra. Consiguió escaparse, pero fue detenido nuevamente, aunque después de tres meses lo soltaron definitivamente. Hoy es productor de cine y su figura sigue suscitando controversias en Viena. Para unos es un héroe y para otros un traidor que vendió la ciudad a los comunistas.