El Noveno Ejército del general Simpson avanzaba rápidamente hacia el Elba y Berlín, y el general no tenía la menor idea de que la capital alemana no era ya el objetivo final de los Aliados, y por consiguiente no sintió recelo alguno cuando Bradley le ordenó detener su avance «para tomar un respiro». Varios días más tarde, Bradley llamó de nuevo por teléfono y manifestó:
– Adelante.
Simpson dijo a sus comandantes que avanzasen «a toda marcha» hacia Berlín, y decidió realizar el ataque final sobre la autopista de Magdeburgo, con la 2.ª División Acorazada del general Isaac White, y la 30.ª o la 83.ª División de Infantería. Simpson disponía de suministros en abundancia, tenía muchos camiones de diez toneladas, y sus hombres se hallaban en perfectas condiciones.
2
Los frentes de batalla de Hitler se iban derrumbando por todas partes, pero a pesar de ello millares de prisioneros aliados se encaminaban hacia la zona del Reducto Nacional, situada en el sur de Baviera. En hora temprana del 5 de abril, los componentes del grupo que procedía de Hammelburg entraron mojados y ateridos a causa de la fría lluvia, en la cuna espiritual del Nacional Socialismo: la ciudad de Nuremberg.
Causó gran impresión en los cautivos el tremendo destrozo que las incursiones aéreas aliadas habían provocado en la ciudad. Las fábricas de la I. G. Farben se hallaban casi en ruinas, pero aún seguían produciendo. Las calles aparecían obstaculizadas por innumerables vehículos inservibles, y la gente se trasladaba de un lado a otro a pie o en bicicleta. No se veían niños por ninguna parte. Cuando la columna de prisioneros llegaba al otro extremo de la ciudad, el cielo se despejó. Se ordenó a los prisioneros que se detuvieran y les concedieron una hora para comer. El grupo del padre Cavanaugh tomó asiento en un prado, al calor de los rayos solares, y sus componentes procedieron a consumir los alimentos de la Cruz Roja. A continuación se desperdigaron para dormir un poco. Minutos antes del mediodía alcanzaron a oír las sirenas de alarma antiaérea de la ciudad. Se oyeron fuertes detonaciones en la lejanía. A un kilómetro escaso de distancia, más allá de una franja arenosa, se hallaban las vías del ferrocarril, y al lado se divisaban diversas fábricas, almacenes y depósitos de combustible.
En ese momento, una muchedumbre de alemanes, muchos de ellos soldados, comenzaron a saltar sobre el terraplén de las vías, dirigiéndose hacia donde estaban los prisioneros.
– ¡Mirad cómo corren esos Fritz! -exclamó uno de los norteamericanos.
El padre Cavanaugh advirtió una serie de puntos oscuros en el cielo, a gran altura. Eran dos grupos de catorce bombarderos. Luego aparecieron otras dos escuadrillas. Conforme se aproximaban, pudo observar una serie de nubecillas blancas entre los aparatos: eran las granadas antiaéreas.
– ¡Dios santo, estamos en blanco! -gritó de pronto uno de los prisioneros.
El sacerdote se puso de pie y con voz serena exclamó:
– ¡Haced acto de Contrición, hijos míos!
Y mientras las bombas comenzaban a estallar en las cercanías, principalmente en las fábricas, anunció la breve fórmula de la absolución general. El padre Cavanaugh se cubrió la cabeza con una manta y siguió orando. La tierra se estremecía bajo sus pies. Por fin hubo un momento de calma y miró hacia las factorías, de las que surgían grandes llamaradas y una densa humareda. Unas figurillas como muñecos diminutos huían de allí para ponerse a salvo de la hecatombe.
– ¡Al suelo otra vez! -exclamó una voz.
Otras escuadrillas se aproximaban. Se percibió el silbido de las bombas al caer, seguido de atronadoras explosiones. Los depósitos de municiones estaban siendo alcanzados por las bombas. El estruendo de las paredes al desmoronarse ahogó el rumor de la tercera oleada de aviones, cuando ésta pasó sobre los prisioneros y dejó caer algo más allá su mortífera carga.
– Creo que esto se ha terminado -dijo el padre Cavanaugh, mirando por debajo de su manta. El polvo y el humo oscurecían extrañamente el cielo, y los hombres parecían aferrarse a la tierra, que se estremecía violentamente. Pero aún no había llegado el final. Después de la tercera oleada de aviones vino la cuarta, y luego la quinta. Una serie de columnas de tierra y arena se levantaban cada vez más cerca. El estruendo era aterrador.
– ¡Un médico, un médico! -comenzaron a gritar numerosas voces lastimeras.
El sacerdote se levantó y comenzó a distribuir rápidamente la extremaunción a cada figura inanimada que descubría, corriendo desesperadamente de un grupo a otro, hasta que llegó a la cabeza de la columna.
– Debo de haber omitido a alguno -murmuró algo más sereno, y se dirigió de nuevo hacia atrás.
– Padre, ayúdenos a sacar a ese hombre de ahí -exclamó un oficial, mirando fijamente a un herido que se hallaba en el interior del cráter producido por una bomba.
Otros cinco oficiales miraban también, como si estuviesen hipnotizados. El padre Cavanaugh sacudió a un par de ellos con violencia.
– ¡Vamos, de prisa! -les gritó-. ¡Ayúdenme, tengo otras cosas que hacer!
Luego el padre Cavanaugh se aproximó a Johnny Losh, que yacía tendido boca abajo.
– Hola, padre -dijo Losh, sonriendo forzadamente, a causa del dolor-. Me alegra que no le hayan dado a usted.
– A Johnny le han herido en el vientre, padre -explicó Keough, un amigo de Losh.
El sacerdote observó la camisa manchada de sangre, que habían colocado alrededor del abdomen del herido para evitar la salida de los intestinos, y se dio cuenta de que el hombre estaba agonizando. Le dio la absolución, y trató de animarle.
– ¿Cree usted que todo saldrá bien, padre?
– Eso espero, Johnny. Pronto llegará un médico para atenderte.
El padre Cavanaugh encontró después a Douglas O'Dell sentado en el agujero abierto por una bomba. Dos hombres le estaban atando un torniquete -una camisa sucia y desgarrada- alrededor de lo que quedaba de una de sus piernas.
– Bueno, padre, me parece que esto ya no tiene remedio -dijo O'Dell, tristemente, señalando hacia una destrozada pierna, que se hallaba algunos metros más allá-. Ahí queda una parte de mi cuerpo.
Luego dijo que estaba tranquilo y que no culpaba al Señor.
Se acercó entonces el capitán John Madden, el cual dijo al sacerdote:
– Padre, uno de los capellanes protestantes ha muerto, y los hombres quieren que vaya usted.
El padre Cavanaugh se dirigió con Madden hacia otro grupo, y vio el cuerpo exánime del capellán Koskamp. Al inclinarse para ungir al muerto, el sacerdote advirtió que en la frente de éste ya aparecía trazada una aceitosa señal de la cruz.
El número de víctimas era elevado. Veinticuatro hombres habían muerto, y muchos más eran los heridos. Los guardias alemanes se congregaron alrededor de los que podían andar, unos cuatrocientos prisioneros, y con ellos siguieron la marcha hacia el Sur. Los cuatro capellanes sobrevivientes, así como tres médicos y siete oficiales, se quedaron atrás para cuidar de los heridos. Luego alinearon en filas a los muertos, y por fin se sentaron en el suelo, agotados.
El sargento de los guardias alemanes preguntó el padre Cavanaugh si tenía un cigarrillo. El sacerdote extrajo un paquete, y de pronto sintió que todo giraba violentamente a su alrededor. Cuando recuperó el conocimiento, se dio cuenta de que alguien le estaba dando de beber en un vaso. Era el sargento alemán, que se hallaba sentado junto a él, en la hierba. Los dos hombres contemplaron la escena dantesca que se ofrecía ante sus ojos, pero no pudieron decir una sola palabra.
Los compañeros de campamento que el padre Cavanaugh había dejado en Oflag XIIIB estaban a punto de ser liberados por la 14.ª División de Estados Unidos, que avanzaba rápidamente hacia Hammelburg. A las once de la mañana del día siguiente, 6 de abril, el comandante del campo, general Von Goeckel, dijo el médico americano, comandante Berndt, [46] que sus compatriotas se aproximaban cada vez más y que no tardarían en tomar el campamento.