Pero allí la situación parecía ser aún más confusa que en Buchenwald. Sin darle otras explicaciones, Müller fue devuelto a su celda, y casi al momento le volvieron a llevar al cadalso, donde le hicieron permanecer de pie. Por fin, alguien declaró:
– Por hoy vamos a olvidarnos de usted.
Y volvieron a llevarle a su celda. Esa misma noche un oficial de la Gestapo, evidentemente desconcertado, se presentó en la celda de Schlabrendorff y le preguntó si era Dietrich Bonhoeffer. Contestó que no, y el oficial se marchó, pero al cabo de unos minutos el miembro de la Gestapo regresó y volvió a preguntar lo mismo. También le hicieron igual pregunta a Müller. Este se dispuso a dormir, pero alrededor de las cuatro le despertó la voz de un niño. Creyó estar soñando o delirando. Pero ocurría que la esposa del doctor Schuschnigg y su hijito, junto con el doctor Schacht y los generales Halder y Thomas, eran introducidos en esos momentos en una camioneta para trasladarlos a Dachau.
Un par de horas más tarde alguien anunció en voz alta algunos números de celda, y luego Müller oyó que Canaris solicitaba que le permitieran escribir algunas líneas a su mujer. Dos horas después entró un guardia que declaró desconcertado:
– No sé lo que ocurre. Me dijeron que era usted el principal de los criminales, y ahora no saben qué hacer con usted.
Müller se dirigió hacia la pequeña ventana de su celda. Fuera vio a dos oficiales extranjeros (uno era un agente secreto británico, Peter Churchill, detenido en 1943) que se hallaban en el patio de ejercicios.
– ¿Es usted uno de los funcionarios importantes que van a ser colgados?-preguntó a Müller desde abajo el compañero de Churchill.
– Eso creo.
– Ya han ahorcado a sus compañeros, y ahora los están incinerando detrás del edificio.
Algunos tenues residuos carbonizados penetraron a través de los barrotes de la celda de Müller, flotando en el aire. Pasaron unos minutos antes de que Müller se diera cuenta, horrorizado, de que aquello podía ser lo que quedaba de Canaris o de Oster.
3
En Berlín, el ministro de Finanzas de Hitler, conde Lutz Schwerin von Krosigk, se dio cuenta a esas alturas de que la guerra estaba inevitablemente perdida, y quiso salvar al pueblo alemán de ulteriores padecimientos. El conde era un ferviente católico, y habiendo estudiado en la Universidad de Oxford, se sentía fuertemente vinculado a Inglaterra. En consecuencia, decidió hacer partícipe a Goebbels de sus preocupaciones acerca del sino que esperaba a Alemania. Tal vez el ministro de propaganda fuese capaz de convencer a Hitler para que negociase la paz con Occidente.
Goebbels también se mostró preocupado, pero manifestó que existían más posibilidades de lograr la victoria de lo que la gente creía. La escisión entre los bolcheviques y los angloamericanos era cada día más acentuada.
– Lo único importante que podemos hacer, es permanecer alerta, a la expectativa de la ruptura que va a producirse -declaró Goebbels. Eso ocurriría, según él, tres o cuatro meses más tarde.
– Yo también creo que va a ocurrir esa ruptura -replicó el conde, si bien manifestó que para entonces ya sería demasiado tarde, por lo que era necesario no perder un solo momento. Prosiguió diciendo que la situación militar era desesperada, y que había que enviar al extranjero, con carácter oficioso, a varios representantes de reconocida competencia, los cuales podrían negociar con algún intermediario, como el doctor Burkhardt o el Papa.
Ante la sorpresa de Schwerin, Goebbels no sólo se mostró de acuerdo con la idea, sino que reveló los pasos que secretamente había dado en tal sentido. Lo único que sabía hasta el momento era que a los norteamericanos y los soviéticos no parecían desagradarles la propuesta, pero los británicos, en cambio, mostraban una actitud totalmente negativa. [47]
– Las negociaciones, por nuestra parte, cuentan con la oposición de Von Ribbentrop -añadió Goebbels, y puso de manifiesto que por desgracia no podía criticar abiertamente, ante el Führer, la actitud del ministro de Asuntos Exteriores, ya que corrían rumores de que el mismo Hitler quería hacerse cargo de dicha cartera.
– Tiene usted que comprender -prosiguió diciendo el ministro de Propaganda- que el Führer no va a escuchar consejos de personas extrañas. Por otra parte, lo del 20 de julio le afectó psíquicamente más que físicamente. Esa traición fue para él un terrible golpe, que le ha hecho aún más receloso y solitario. Pero sé bien lo mucho que el Führer aprecia la honradez y la sinceridad de que usted hace gala, y en cuánto estima sus consejos, pues sabe que nunca ha querido nada para sí mismo.
Goebbels hizo una breve pausa, y luego inquirió:
– ¿No le importaría que concertase una entrevista entre usted y el Führer?
Sin dar al atónito conde una oportunidad de contestarle, Goebbels agregó:
– Podrá usted iniciar la conversación dándole un informe acerca de su departamento. El Führer comenzará a hablar de la situación general, y ello le dará ocasión para tratar del tema que nos interesa. Pero recuerde usted que el Führer no puede soportar a los derrotistas. Tendrá usted que elegir cuidadosamente sus palabras.
– Puede usted pedir al Führer que me reciba -dijo el conde. [48]
De pronto, Goebbels pareció recobrar su antiguo entusiasmo. Describió cómo había leído recientemente a Hitler el relato de Carlyle acerca de los penosos días de la Guerra de los Siete Años, en la que Federico el Grande, abrumado por su evidente derrota en Prusia, declaró que si no se producía un cambio antes del 15 de febrero, se envenenaría. «Valeroso rey -escribió Carlyle-, espera un poco, pues se acerca el fin de tus sufrimientos. El sol de tu fortuna está escondido tras las nubes, y no tardará en aparecer ante ti.» El 12 de febrero moría la zarina, y se producía un cambio milagroso en la suerte de Federico el Grande. Al terminar la lectura, aseguró Goebbels, el Führer tenía los ojos llenos de lágrimas.
Luego reveló que el horóscopo de Hitler del 30 de enero de 1933, había pronosticado victorias hasta 1941, y luego una serie de reveses que culminaban en un desastre en la primera quincena de abril de 1945. Pero luego habría un éxito temporal en la segunda quincena de ese mismo mes, seguido de un período de calma, hasta producirse la paz en el mes de agosto. Alemania pasaría tres años de grandes privaciones, pero en 1948 comenzaría a levantarse de nuevo.
Al día siguiente Goebbels envió al conde el horóscopo, y si bien las predicciones no parecían del todo exactas, Schwerin se sintió intrigado por lo que podría ocurrir durante la segunda quincena de abril.
4
Si era verdad que iba a producirse algún cambio increíble en la fortuna de Alemania, éste no parecía probable que fuera a producirse en el Frente Occidental. En la mañana del 11 de abril, una avanzada del Primer Ejército de Hodges, el comando de combate B, de la 3.ª División Acorazada, convergía rápidamente hacia Nordhausen, localidad del centro de Alemania donde se hallaban las instalaciones en que se construía una de las principales armas secretas de Hitler, los proyectiles dirigidos de Wernher Von Braun.
Von Braun, que estaba recuperándose de un serio accidente automovilístico, al punto que aún tenía el pecho y el brazo izquierdo enyesados, escuchó el Domingo de Resurrección la noticia de que los tanques de Estados Unidos se hallaban a pocos kilómetros al sur de donde 61 se encontraba. Temió que los SS siguieran la táctica de «tierra arrasada», preconizada por Hitler, y destruyesen la enorme cantidad de planos y documentos relativos a la «V-2». Decidió que aquello debería ser puesto a salvo. En consecuencia, Von Braun dio instrucciones a su ayudante personal, Dieter Huzel, así como a Berhard Tessmann, jefe de proyectistas de las instalaciones de pruebas de Peenemünde, para que ocultasen los documentos en lugar seguro.