– Si estuviésemos en los antiguos días en que los militares se quedaban con el botín de guerra, usted sería ahora el hombre más rico del mundo.
Patton sonrió significativamente.
Más tarde, durante la comida que tuvo lugar en el puesto de mando del XII Cuerpo, Patton manifestó que no se había incomodado en absoluto por las protestas de los corresponsales, cuando trató de ocultarles el asunto de la mina de sal.
– Sé que tenía razón, al proceder de esa forma -agregó Patton.
– Hasta que dijo eso, pensé que estaría acertado, en efecto -declaró Eisenhower-, pero si tan seguro está, me temo que se haya equivocado.
Patton guiñó un ojo hacia el otro extremo de la mesa, en donde estaba Bradley, el cual se echó a reír y dijo:
– Pero, ¿por qué mantenerlo en secreto, George?¿Qué iba usted a hacer con tanto dinero?
Una amplia sonrisa apareció en el rostro de Patton, el cual hizo notar que el Tercer Ejército se hallaba al respecto dividido en dos grupos que pensaban de distinto modo. La mitad quería que con el oro se hicieran medallones.
– Uno para cada bergante del Tercer Ejército -añadió Patton.
El resto quería que se escondiese el tesoro hasta que el Congreso decidiese la devolución de las propiedades particulares. Entonces el Tercer Ejército podría sacar el dinero de su escondite para comprar nuevas armas.
Eisenhower movió significativamente la cabeza, al tiempo que se volvía hacia Bradley y le decía:
– ¡Siempre tiene usted respuesta para todo!
Después de la comida el grupo salió hacia el cuartel general del XX Cuerpo, situado en Gotha, en las proximidades de Erfurt. El comandante, general de división Walton H. Walker, les informó acerca de la situación y sugirió que efectuasen una visita al campo de concentración de Ohrdruf Nord.
– Nunca llegarán a imaginar lo despreciables que son estos Fritzs -manifestó Patton-, si antes no echan una mirada a ese agujero de pesadilla.
El hedor a carne corrompida resultaba insoportable antes de que los americanos hubiesen traspuesto la empalizada del campamento. Dentro había unos 3.200 cuerpos desnudos, esqueléticos, amontonados en fosas de escasa profundidad. Los supervivientes, cubiertos de parásitos, aparecían dispersos por las callejas del recinto. Eisenhower palideció ante aquel espectáculo. Hasta entonces sólo había oído hablar de tales horrores. Sin poder disimular su impresión, manifestó:
– Esto está fuera de la comprensión de la mentalidad norteamericana.
Bradley se hallaba demasiado conmovido para hablar, y en cuanto a Patton, se dirigió a un rincón y se puso a vomitar. Eisenhower, sin embargo, consideraba que tenía la obligación de visitar todas las secciones del campamento. Cuando el grupo se hallaba esperando los automóviles a la entrada, para regresar, un soldado americano tropezó accidentalmente con un guardia alemán, y le sonrió con gesto de disculpa.
Eisenhower miró al joven soldado y le dijo secamente:
– Le resulta difícil odiarles, ¿verdad?
A continuación se volvió hacia los demás generales y les dijo:
– Quiero que cada uno de los soldados americanos que no se encuentre en la línea de fuego, vea este sitio. Se dice que el soldado americano no sabe por lo que lucha. Ahora, al fin, sabrán contra lo que están luchando.
Ya en el cuartel general del Tercer Ejército, Eisenhower envió una serie de telegramas a Washington y Londres exhortando a ambos Gobiernos a que enviasen al campamento grupos de legisladores, así como periodistas. Manifestó que había que revelar inmediatamente a los pueblos americano y británico la barbarie del nazismo.
Después de la cena, Patton convidó a Eisenhower a tomar unas bebidas.
– No alcanzo a comprender la clase de mentalidad que tienen que tener estos alemanes para verse impulsados a hacer semejantes cosas -observó Eisenhower, que todavía no había recobrado su color normal-. Nuestros soldados jamás podrían mutilar los cadáveres como lo han hecho los alemanes.
– No todos los Fritzs tienen estómago para eso -dijo el ayudante de Patton-. En uno de los campamentos hicimos que la población alemana echase un vistazo, y cuando el alcalde y su mujer volvieron a su casa se cortaron las venas.
– Bueno, eso es lo más esperanzador que he oído hasta el momento -contestó Eisenhower-. Indica que algunos de ellos todavía tienen algo de sensibilidad.
Cuando Eisenhower quedó a solas con Patton, le refirió confidencialmente que el Noveno Ejército y el Primero tendrían que detenerse dentro de poco, pero que las fuerzas de Patton podrían continuar avanzando hacia el Sur. Luego reveló espontáneamente algo que no había contado a ningún otro comandante.
– Desde el punto de vista táctico -declaró-, no resulta nada aconsejable que el ejército americano tome Berlín, y espero que las influencias políticas no me obliguen a apoderarme de la ciudad. Esta carece de valor táctico, y arrojaría sobre los americanos la carga de centenares de miles de alemanes, de prisioneros de guerra aliados, y de personas desplazadas.
Patton se mostró sumamente afligido y contestó:
– Ike, no sé cómo puede pensar de esa forma. Es conveniente que tomemos Berlín, cuanto antes mejor, y que luego sigamos avanzando hacia el Oder. [49]
5
En las primeras horas de la tarde de aquel 12 de abril, Goebbels, junto con su ayudante y el doctor Werner Naumann, se encaminaron hacia el cuartel general del Noveno Ejército, situado cerca del río Oder. Allí Goebbels contó a Busse y a sus oficiales la anécdota relacionada con Federico el Grande que ya había contado a Schwerin von Krosigk. Uno de los presentes inquirió con tono escéptico:
– Bien, ¿y cuál es la zarina que va a morir esta vez?
– No lo sé -contestó Goebbels-, pero para los Hados todo es posible.
En ese momento, en Warm Springs, Georgia, sólo eran las once de la mañana. En la casa de campo de seis habitaciones apodada «La pequeña Casa Blanca», situada a tres kilómetros de la Fundación Warm Springs, el presidente Roosevelt estaba tratando de descansar. El mal tiempo había hecho desviar al avión correo de Washington, y la correspondencia de la mañana no llegaría hasta el mediodía. Sin nada apremiante que hacer, Roosevelt decidió quedarse en cama, y se puso a leer la Constitución de Atlanta.
– No me siento nada bien esta mañana -dijo Roosevelt a Lizzie McDuffie, una anciana criada negra, y dejó el tomo de la Constitución sobre la novela de misterio que estaba leyendo.
Esta era The Punch and Judy Murders, y se hallaba abierta en un capítulo titulado «Dos metros de tierra».
Una hora más tarde Roosevelt se encontraba sentado en su sillón de cuero, charlando con dos sobrinas, Margaret Suckley y Laura Delano, y con una antigua amiga, la señora Winthrop Rutherfurd. El presidente vestía traje gris oscuro, chaleco y una corbata roja de Harvard. Le disgustaba usar chaleco, pero lo llevaba porque iban a hacerle un retrato. Su secretario, William Hasset, le llevó en ese momento la correspondencia para la firma, y Roosevelt comenzó a firmar las cartas. Una de ellas, redactada por el Departamento de Estado, le obligó a hacer un comentario.
– Una carta típica del Departamento de Estado -dijo a Hassett-. No dice nada de nada.
Una dama alta, de digno porte, comenzó a colocar un caballete cerca de la ventana. Era Elizabeth Shoumanoff, la cual había pintado ya una acuarela del presidente. En esos momentos estaba pintando otra, que Roosevelt tenía intenciones de regalar a la hija de la señora Rutherfurd.
La artista colocó una capa azul alrededor de los hombros del presidente, y comenzó a pintar. A la una de la tarde Roosevelt echó una ojeada a su reloj y dijo:
– Aún nos quedan quince minutos.
Mientras la señorita Suckley proseguía haciendo punto, y Laura Delano se dedicaba a colocar flores en los jarrones, Roosevelt encendió un cigarrillo. De pronto se tocó la sien con la mano izquierda, y en seguida su brazo cayó inerte.
[49] Más tarde, en el puesto de mando del Tercer Ejército, Patton, en presencia del general Clay, volvió a pedir a Eisenhower que tomase Berlín. Afirmó que podía hacerse en cuarenta y ocho horas. "¿Y a quién le interesa eso?", inquirió Eisenhower. Patton hizo una pausa, colocó ambas manos en los hombros de Eisenhower y dijo: "Creo que la Historia contestará esa pregunta por usted."