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– ¿Le parece que debo ir?-volvió a preguntar a Bernard Baruch.

Este le contestó que resultaba más aconsejable que permaneciese en Inglaterra. El, por su parte, regresaría en el avión presidencial, con el juez Rosenman y los demás. Era mediodía cuando el aparato despegó para realizar su largo y triste viaje hasta Washington. Ninguno de los pasajeros tenía ganas de hablar, pues se hallaban demasiado embebidos en sus propios pensamientos.

Baruch recordó el día que conoció a Roosevelt en Albany, cuando éste era un joven y altivo senador. Luego vino a su memoria el gran momento de la Convención Democrática de 1924, en que, ya gobernador de Nueva York, Roosevelt se acercó con muletas al estrado para hablar en favor de Al Smith. Pese a sus errores y defectos -y ambos habían disentido en numerosas ocasiones-, Roosevelt «creía intensamente en los ideales de la democracia» y «consideraba la libertad, la justicia y la igualdad no como términos abstractos, sino en su relación con los seres humanos».

Al tener conocimiento el conde Schwerin von Krosigk de la muerte de Roosevelt sintió «el aleteo del ángel de la Historia en la habitación», y se preguntó si sería aquél el «cambio de fortuna tan largamente deseado». Llamó entonces a Goebbels y le felicitó por su reciente predicción, aconsejándole que cuidase de la Prensa en seguida. No debía calumniarse al presidente ni elogiarle, y sobre todo, había que procurar no mencionar la querella entre Roosevelt y Goebbels.

– Es posible que surjan nuevas oportunidades -aseguró Schewerin-, y hay que evitar que la Prensa las destruya con su torpeza.

Goebbels se mostró de acuerdo, y declaró:

– Esta noticia provocará un cambio total en la moral del pueblo germano, ya que se puede considerar este acontecimiento como una manifestación providencial de justicia.

El conde se hallaba tan animado, que después de la conversación telefónica se sentó y escribió además una carta a Goebbels, la cual decía, entre otras cosas:

«…Personalmente veo en la muerte de Roosevelt la mano divina, pero es un don de Dios del que tendremos que hacernos acreedores. [50] Esta muerte elimina el obstáculo que impedía entrar en contacto con Estados Unidos. Ahora habrá que explotar esta ocasión providencial, procurando todo lo necesario para iniciar las negociaciones. La única forma que esto tiene valor para mí, es a través del Papa. Como los católicos norteamericanos constituyen un bloque fuerte y unido, a diferencia de los protestantes, que se hallan divididos en numerosas sectas, la voz del Papa podría tener un peso considerable en Estados Unidos. Considerando la gravedad de la situación militar, no debemos dudar…»

En una conferencia que sostuvo a última hora de aquella mañana del viernes 13, Goebbels aconsejó a los periodistas que escribiesen objetivamente y sin apasionamiento acerca de Truman, sin decir nada ofensivo para el nuevo presidente. También les dijo que procurasen ocultar su júbilo ante la muerte de Roosevelt. Pero por la tarde, la alegría del ministro de Propaganda comenzaba ya a desvanecerse, pues cuando el general Busse le llamó preguntándole si la muerte de Roosevelt era el hecho al que se había referido el día anterior, Goebbels replicó con escaso entusiasmo:

– No lo sabemos; habrá que esperar para comprobarlo.

Lo cierto es que los primeros informes del frente indicaban que el cambio de presidente no había afectado en absoluto las operaciones del enemigo, y en las últimas horas del día, Goebbels declaró a Semmler y a otros componentes de su personaclass="underline"

– Tal vez el destino se muestre de nuevo cruel con nosotros y quiera engañarnos. Quizá hayamos vendido la leche antes de ordeñar la vaca.

No todos los alemanes, sin embargo, se habían mostrado jubilosos ante el fallecimiento de Roosevelt. Así, Edward W. Beattie Jr. -un corresponsal de guerra americano recluido en Stalag IIIA de Luckenwalde, unos cincuenta y seis kilómetros al sur de Berlín-, observó que algunos guardias del campamento parecían sinceramente entristecidos. Beattie no había llegado a comprender hasta entonces lo que Roosevelt significaba para el oprimido pueblo de Europa. Durante todo el día, los polacos, noruegos y franceses recluidos en el campo de concentración, estrecharon la mano de sus compañeros americanos, en señal de pésame.

El general de división Otto Ruge, antiguo comandante en jefe de las fuerzas noruegas, escribió al oficial americano de mayor graduación, teniente coronel Roy Herte, manifestando que «el mundo ha perdido un gran hombre, y mi país, un gran amigo». El oficial inglés de más alto grado, comandante de ala Smith, escribió por su parte: «Nosotros, los súbditos del Imperio Británico, hemos perdido un ardiente y leal amigo… Nuestros deseos habrían sido que hubiese vivido lo suficiente para recoger los frutos de una labor que llevó a cabo con toda dedicación y valentía.»

En los barracones de los americanos, el coronel Herte ordenó que se leyera el anuncio de la infausta noticia. Mientras los prisioneros guardaban un minuto de silencio, en actitud de firmes, muchos de ellos lloraban sin poder disimularlo.

Para Truman fue aquel un día muy atareado. Cuando se dirigía hacia la Casa Blanca, llevó consigo en su automóvil a Tony Vaccaro, de Associated Press.

– Pocos hombres han igualado en la historia -declaró el presidente- a aquel cuyos pasos estoy siguiendo. Ruego en silencio a Dios que me permita ponerme a la altura de mi tarea.

Luego Truman mandó llamar a Stettinius y le pidió que preparase una reseña de las principales dificultades que había con la Unión Soviética. Se trasladó a continuación al Capitolio y preguntó a un grupo de dirigentes del Congreso si podrían concertar una reunión conjunta del Senado y la Cámara de Representantes, a fin de poder dirigirse a ellos personalmente el 16 de abril.

– Harry, usted ya estaba decidido a llevar a cabo eso -dijo uno de los senadores-, nos gustase o no.

– En efecto -contestó Truman, con su característico acento del Oeste Medio americano-, pero preferiría hacerlo con el pleno apoyo de ustedes.

Los periodistas se alinearon en la parte exterior de la oficina del Senado, y el presidente les fue estrechando la mano uno por uno.

– Muchachos -dijo Truman-, si alguno de ustedes reza, hágalo ahora por mí. No sé si se les habrá caído encima un fardo de heno, en alguna oportunidad, pero cuando ayer me dijeron lo que había ocurrido, me sentí como si la luna, las estrellas y todos los planetas hubieran caído sobre mí, pues me veía ante la tarea de mayor responsabilidad que puede tener un hombre.

– Buena suerte, señor presidente -dijo un periodista.

– Habría preferido que no me hubiese tenido usted que llamar así.

Durante todo el día Truman recibió telegramas de condolencia y aliento. El de Stalin decía así:

«El pueblo americano y las Naciones Unidas han perdido en la persona de Franklin Roosevelt un gran estadista de talla universal y un adalid de la paz y la seguridad de posguerra…»

En Moscú, la muerte de Roosevelt causó sincera pena, y también un evidente temor por lo que pudiera acontecer en el futuro. Las primeras páginas de los periódicos aparecieron orladas de luto, se izaron banderas con crespones negros, y el Soviet Supremo guardó un minuto de silencio. Hasta un enemigo, el nuevo jefe del Gobierno japonés, almirante Kantaro Suzuki, expresó su «profundo sentimiento» hacia el pueblo americano, por la pérdida del hombre que podía considerarse como el responsable «de la ventajosa situación de que los americanos gozaban en la actualidad». Algunos propagandistas japoneses, sin embargo, difundieron la especie de que Roosevelt había muerto en medio de grandes padecimientos morales, y cambiaron sus últimas palabras: en lugar de «tengo un tremendo dolor de cabeza», manifestaron que Roosevelt había dicho: «He cometido un tremendo error.»

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[50] Alude a la frase de Goethe "Was du ererbt von deinen Vätern hast, erwirb es um es zu besitzen". (Antes de poseer lo que has heredado de tus antepasados, debes saber ganarlo.)